Valentina Morales está acostumbrada a que la gente juzgue su cuerpo antes de conocer su corazón.
Después de perder su empleo y descubrir que su hermano tiene una enorme deuda con un hombre peligroso, Valentina acepta trabajar para el único hombre capaz de ayudarlos: Damián Ferrer, el mafioso más poderoso y temido de la ciudad.
Damián está acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Las mujeres se acercan a él por su dinero, su poder y su apellido.
Pero Valentina es diferente.
Ella no se deja intimidar.
No intenta conquistarlo.
No acepta sus órdenes sin discutir.
Y, sobre todo, no permite que nadie vuelva a hacerla sentir menos por tener curvas.
Lo que comienza como una relación basada en una deuda terminará convirtiéndose en una historia de amor, celos, traiciones y secretos.
Damián juró que jamás se enamoraría.
Valentina juró que jamás permitiría que un hombre controlara su vida.
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la nueva empleada
Valentina permaneció inmóvil frente al teléfono.
El mensaje seguía en la pantalla.
“Si quieres proteger a tu hermano, aléjate de Damián Ferrer.”
Sintió un escalofrío.
Volvió a leerlo.
Después miró hacia el pasillo.
Damián seguía hablando con uno de sus hombres.
Parecía tranquilo.
Como si nada estuviera pasando.
Valentina bloqueó el teléfono rápidamente cuando él comenzó a caminar hacia ella.
—¿Todo bien? —preguntó Damián.
—Sí.
Él se detuvo frente a ella.
—¿Segura?
—Sí.
Damián la observó durante unos segundos.
—Mientes muy mal.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Estoy cansada.
—Entonces ve a descansar.
—Eso haré.
Damián se alejó.
Valentina esperó hasta que desapareció por el pasillo antes de volver a sacar el teléfono.
Quería responder al mensaje.
Pero antes de escribir, llegó otro.
“No confíes en él.”
Valentina apretó los labios.
¿Quién estaba detrás de esos mensajes?
¿Alguien que quería protegerla?
¿O alguien que quería utilizarla?
A la mañana siguiente, Valentina bajó temprano.
Encontró a Elena organizando unas flores en el comedor.
—Buenos días.
—Buenos días, señorita Morales.
Valentina tomó una taza de café.
—¿Puedo preguntarle algo?
Elena la miró.
—Claro.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para el señor Ferrer?
—Casi diez años.
Valentina abrió los ojos.
—¿Diez años?
—Sí.
—Entonces debe conocerlo muy bien.
Elena dejó las flores sobre la mesa.
—Quizás más de lo que debería.
—¿Es realmente tan peligroso como dicen?
Elena la miró con seriedad.
—El señor Ferrer ha hecho cosas de las que no estoy orgullosa.
Valentina bajó la mirada.
—Entonces los rumores son ciertos.
—Pero también ha protegido a muchas personas.
—¿Por qué?
Elena suspiró.
—Porque Damián no es un hombre sencillo.
Valentina levantó la mirada.
—¿Qué quiere decir?
—Tiene una parte que todos conocen.
Hizo una pausa.
—Y otra que casi nadie ha visto.
—¿Cuál es la verdadera?
Elena sonrió ligeramente.
—Eso tendrá que descubrirlo usted.
Antes de que Valentina pudiera preguntar algo más, una voz femenina apareció detrás de ellas.
—Qué conversación tan interesante.
Valentina se giró.
Isabella estaba parada en la entrada.
Vestía un elegante vestido blanco y llevaba el cabello perfectamente arreglado.
—Buenos días —dijo Valentina.
Isabella la miró de arriba abajo.
—Así que tú eres la famosa nueva empleada.
Valentina frunció el ceño.
—No sabía que fuera famosa.
—Aquí todo lo que ocurre alrededor de Damián se vuelve interesante.
Isabella caminó hacia la mesa.
—Soy Isabella.
—Valentina.
—Ya sé.
Aquella respuesta incomodó a Valentina.
Isabella sonrió.
—Damián me ha hablado de ti.
Valentina sintió una pequeña punzada de celos que no quiso reconocer.
—¿Ah, sí?
—Muy poco.
Isabella tomó una taza de café.
—Pero suficiente.
—¿Eres amiga de Damián?
Isabella soltó una pequeña risa.
—Fuimos mucho más que amigos.
Valentina se quedó callada.
Isabella disfrutó de su reacción.
—Pero supongo que eso ya lo sabes.
—No.
—Qué extraño.
Isabella se acercó.
—Pensé que Damián te había contado.
Valentina intentó mantener la calma.
—No hablamos de su vida privada.
—Claro.
Isabella sonrió.
—Quizás deberías preguntarle.
Damián apareció poco después.
Al ver a Isabella, su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
—Buenos días para ti también.
—Te pregunté qué haces aquí.
Isabella se levantó.
—Quería verte.
—No tienes nada que hacer aquí.
Valentina observó en silencio.
La tensión entre ellos era evidente.
Isabella se acercó a Damián.
—¿Ni siquiera vas a presentarnos formalmente?
Damián la miró con frialdad.
—Ya se conocen.
—Entonces no hay problema.
Isabella miró a Valentina.
—Aunque debo admitir que esperaba que tu asistente fuera diferente.
Damián endureció la mirada.
—Isabella.
—¿Qué?
—Basta.
Valentina decidió intervenir.
—No se preocupe. No me ofende.
Isabella sonrió.
—Eso es bueno.
Damián tomó a Valentina del brazo.
—Ven conmigo.
Ella lo siguió.
Cuando llegaron a su oficina, Damián cerró la puerta.
—No quiero que hables con Isabella.
Valentina lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque no es de fiar.
—¿Fue tu pareja?
Damián guardó silencio.
—¿Lo fue?
—Sí.
Valentina sintió algo extraño en el pecho.
—¿Todavía la quieres?
Damián levantó la mirada.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Entonces, ¿por qué sigue apareciendo?
—Porque ella no acepta que terminamos.
Valentina asintió lentamente.
—Entiendo.
Damián se acercó.
—¿Por qué preguntas?
—Por curiosidad.
—No pareces tener curiosidad.
Valentina desvió la mirada.
—No importa.
Damián sonrió ligeramente.
—Estás celosa.
Valentina abrió los ojos.
—¿Qué?
—Estás celosa de Isabella.
—No estoy celosa.
—Entonces mírame y dilo.
Valentina levantó la mirada.
—No estoy celosa.
Damián sonrió.
—Mentira.
—¡Usted es insoportable!
Valentina se dio la vuelta.
Damián soltó una pequeña risa.
Por primera vez en mucho tiempo, se estaba divirtiendo.
Al mediodía, Valentina salió al jardín para tomar aire.
Necesitaba estar sola.
Sacó su teléfono.
El número desconocido seguía allí.
Finalmente decidió responder.
“¿Quién eres?”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Alguien que conoce a Damián mejor que tú.”
Valentina escribió:
“¿Qué quieres?”
Pasaron unos segundos.
Después llegó otro mensaje.
“Quiero evitar que cometas el mismo error que cometió Isabella.”
Valentina sintió un escalofrío.
Antes de poder responder, escuchó una voz detrás de ella.
—¿Con quién hablas?
Valentina se giró rápidamente.
Damián.
—Con nadie.
Él extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—No.
Damián frunció el ceño.
—Valentina.
—Es privado.
—Mientras estés bajo mi protección, cualquier amenaza relacionada contigo es asunto mío.
Ella dudó.
Finalmente le entregó el teléfono.
Damián leyó los mensajes.
Su expresión cambió.
La mandíbula se le tensó.
—¿Desde cuándo recibes esto?
—Desde ayer.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque no sabía si podía confiar en ti.
Damián levantó la mirada.
Aquellas palabras parecieron golpearlo.
—¿No confías en mí?
Valentina negó lentamente.
—Todavía no.
Damián permaneció en silencio.
Después le devolvió el teléfono.
—A partir de ahora no estarás sola.
—No necesito una niñera.
—No estoy negociando.
Valentina suspiró.
—Damián...
Él se acercó.
—Alguien sabe que estás aquí.
—Eso ya lo sé.
—No.
Su voz se volvió más seria.
—Alguien sabe demasiado sobre ti.
Valentina sintió miedo.
—¿Crees que quieren hacerle daño a Mateo?
—No lo sé.
Damián miró hacia la entrada de la mansión.
—Pero voy a descubrirlo.
Esa misma noche, Damián reunió a sus hombres.
—Quiero saber quién está enviando esos mensajes.
—Sí, señor.
—Y quiero vigilancia alrededor de la casa.
—¿También dentro?
Damián permaneció unos segundos en silencio.
—Sí.
Uno de sus hombres dudó.
—¿Por la señorita Morales?
Damián lo miró.
—Por ella.
Mientras tanto, Valentina estaba en su habitación.
Intentaba dormir.
Pero no podía dejar de pensar en lo ocurrido.
Los mensajes.
Isabella.
Damián.
Y aquella extraña sensación que comenzaba a aparecer cada vez que él estaba cerca.
Valentina cerró los ojos.
—No —murmuró—. Esto es un trabajo. Nada más.
Pero en ese instante recibió un último mensaje.
“Mañana descubrirás quién es realmente Damián Ferrer.”
Valentina se incorporó de golpe.
Y por primera vez desde que había llegado a aquella mansión, sintió verdadero miedo.