Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 10
La pequeña alcoba recuperó una calma precaria cuando Lin y Meili regresaron con dos tazones de gachas de arroz diluido y un trozo de pan seco que habían conseguido racionar en las cocinas del servicio. Cerraron la puerta con cerrojo y se sentaron alrededor del catre de madera. El vapor tenue del alimento caliente subía en la penumbra, mientras Daniel, incorporado a medias y apoyando la espalda contra la pared, observaba el tazón con una mezcla de fastidio y fría evaluación metabólica.
Mientras comían en silencio, masticando con la cautela propia de quienes sabían racionar cada bocado en el infierno de Hanyang, la mente analítica del niño volvió a ponerse en marcha. Su mirada oscura se posó primero en Lin y luego en Meili, repasando mentalmente la información sobre la anatomía de su clan.
—Oigan —dijo Daniel con voz seca, rompiendo el silencio mientras sostenía la cuchara de madera—. Tengo una duda más. ¿Qué tipo de cultivo o habilidades tienen exactamente? O sea, ¿cómo funciona su cuerpo para producir veneno? Según entiendo, no es que lleven bolsitas o frascos colgados; es un proceso biológico heredado desde el vientre materno, ¿verdad? Como parte de su sistema inmunológico desde que eran fetos.
Meili detuvo el movimiento de su cuchara y miró al niño con auténtica sorpresa. A pesar de tener seis años, las preguntas de Daniel siempre apuntaban al núcleo de la mecánica más compleja.
—Así es, pequeño —respondió Meili, bajando la mirada hacia su propia mano—. La sangre de la línea principal del Clan Dok-Gag no aprende a usar el veneno; nace con él. Desde antes de nacer, nuestros órganos se desarrollaron metabolizando toxinas refinadas. Nuestros tejidos, nuestra sangre y el flujo de nuestro Qi actúan como un laboratorio orgánico. No necesitamos elementos externos; nuestro cuerpo es el arma y, al mismo tiempo, el contenedor.
—Y no solo eso —intervino Lin con una sonrisa ligera, tomando un sorbo de su tazón—. Como el veneno y la cura molecularmente operan bajo la misma estructura, si modulamos la concentración exacta, nuestra sangre o nuestras secreciones pueden usarse para sanar un tejido destrozado o purificar otra toxina. Aunque el margen de error es mínimo.
Daniel entrecerró los ojos, analizando la información con la frialdad de un ingeniero evaluando especificaciones de diseño.
—Ya veo —murmuró el niño, cruzando los brazos con fastidio—. Entonces, si ustedes pueden modular a voluntad qué afecta y qué no, significa que alguien sin control absoluto sobre su propio sistema puede envenenar tanto a aliados como a enemigos sin distinción, ¿no? La precisión depende exclusivamente de su dominio mental. Si la concentración falla o pierden la calma, el veneno interno actúa a ciegas y devora todo lo que toca, incluso a los suyos.
Lin y Meili se quedaron en absoluto silencio. La precisión quirúrgica con la que el niño había deducido el mayor peligro y el talón de Aquiles de su linaje las dejó heladas. Era exactamente como él decía: un maestro del veneno sin disciplina mental era una bomba biológica incontrolable.
Antes de que alguna pudiera formular una respuesta ante semejante nivel de deducción, el rostro de Daniel cambió de golpe.
Una punzada brutal, fría y fulminante recorrió la base de su cráneo. Daniel soltó el tazón de madera, que cayó sobre la cama derramando parte de las gachas, y se llevó ambas manos a las sienes, apretando con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La cicatriz en el dorso de su mano derecha pareció palpitar al ritmo de un tambor invisible.
—Mierda... —siseó entre dientes, encogiéndose de hombros mientras su respiración se volvía errática.
—¡Daniel! —exclamaron ambas al unísono, abalanzándose hacia él. Lin le sostuvo los hombros mientras Meili trataba de apartar sus manos de su cabeza para revisar la herida.
El cuerpo entero del niño comenzó a temblar con una violencia descontrolada. Sentía que los huesos se le fracturaban por dentro y que cada órgano vital colapsaba bajo una presión de miles de kilogramos, un eco persistente de los siete días de void-calibration en el espacio profundo. Sin embargo, en una contradicción neurológica y física totalmente absurda, al mismo tiempo no sentía dolor físico real; era una disonancia absoluta entre lo que sus terminidades nerviosas reportaban y lo que su estructura atómica vacía experimentaba.
Con el rostro perlado de sudor frío y la piel canela completamente pálida, Daniel abrió los ojos con dificultad, mirando a las dos asustadas herederas del veneno con una mueca de absoluta irritación.
—Siento... siento que voy a colapsar... —murmuró el niño entre dientes, respirando con dificultad mientras apretaba los puños—. Me duelen los huesos... los órganos... me duele todo... Y al mismo tiempo... no tengo dolor. O sea, estoy bien, pero siento que me estoy desintegrando por dentro. Qué porquería de biología temporal.
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