Brooklyn, 1986. Dante Rizzuto tiene doce años cuando presencia el funeral de su padre, Enzo, un capo de la mafia asesinado en un callejón. Su tío Salvatore, el nuevo jefe de la familia, lo cría bajo el código de la Cosa Nostra: el respeto se gana con poder, el poder se mantiene con miedo. Bajo la tutela de su tío, Dante se convierte en "Il Fantasma", un asesino frío y calculador que se mueve entre las sombras del bajo mundo de Nueva York.
Pero el pasado nunca muere del todo. Cuando Dante conoce a Elisa, una fotógrafa de arte que ve más allá de su fachada de hombre de negocios, comienza a cuestionar todo lo que ha aprendido. El amor se convierte en su primer acto de rebeldía, y la traición de su tío desencadena una guerra que lo enfrentará a su propia sangre.
En una carrera contrarreloj entre la venganza y la redención, Dante deberá infiltrarse en la fortaleza de su tío durante la Noche de las Máscaras, una velada veneciana donde los capos de las cinco familias celebran una tregua fic
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LA NOCHE DE LAS MÁSCARAS
Capítulo 5
La Noche de las Máscaras, el gran baile de la Cosa Nostra, era el escenario perfecto para el plan de Dante. Una velada de carnaval veneciano en la mansión de los Rizzuto, en Long Island, donde los capos de las cinco familias se reunían para celebrar una tregua que todos sabían que era un espejismo, un pacto de paz que solo enmascarada el caos subyacente.
La mansión de los Rizzuto era una construcción imponente de estilo renacentista, con torres almenadas, jardines cuidados y una fachada de piedra arenisca que había resistido el paso de los años. Dentro, los salones estaban decorados con tapices florentinos, candelabros de cristal de Murano y muebles de ébano tallado. La fiesta era un derroche de opulencia, un recordatorio del poder y la riqueza de las familias criminales que controlaban la ciudad.
Era la oportunidad que Dante necesitaba para infiltrarse en la fortaleza de su tío. La mansión estaba decorada con candelabros de cristal, máscaras de Venecia y flores exóticas. Los invitados, vestidos con trajes de época, bebían champán y bailaban al son de una orquesta de jazz. Dante se movía entre la multitud de trajes de época y vestidos de gala, una figura más entre la mascarada.
Disfrazado con una máscara de plata que le cubría la mitad del rostro, adornada con plumas de pavo real y piedras falsas, se mezcló con la multitud. El sonido de la orquesta en vivo, un grupo de músicos de jazz que tocaban melodías nostálgicas, los tintineos de las copas de champán y el murmullo de las conversaciones hipócritas creaban una burbuja de falsa seguridad. Su tío Salvatore, con una máscara de cuervo que ocultaba su rostro afilado, se pavoneaba entre los invitados, el anfitrión perfecto, brindando y riendo como si no hubiera una guerra a sus puertas.
Dante lo observaba desde la distancia, sintiendo una mezcla de desprecio y admiración por la habilidad de su tío para mantener las apariencias. Salvatore era un maestro del engaño, capaz de sonreír mientras planeaba la muerte de sus enemigos. Pero esa noche, el engaño sería su perdición.
Dante encontró a Marco en la biblioteca, un rincón oscuro apartado del bullicio, entre estanterías de libros de leyes y novelas de aventuras. "¿Todo listo?" preguntó, su voz apenas un murmullo.
"Sí, jefe. El informante ha desactivado la alarma de la caja fuerte. Pero no tendrá mucho tiempo. Salvatore tiene un guardaespaldas permanentemente en la puerta de su despacho, un hombre llamado Bruno, leal hasta la muerte."
"Déjamelo a mí," dijo Dante, con una frialdad que helaba la sangre. "Distrae a los guardias de la entrada principal, los de la fiesta. Crea un pequeño caos, una pelea, un incendio, lo que sea. Necesito que la atención de todos esté en otra parte."
Marco asintió y desapareció entre la multitud, su figura alta y delgada perdiéndose entre los trajes de época. Minutos después, se escuchó el ruido de una pelea en el jardín. Gritos, una botella rompiéndose, el sonido de una mujer chillando. La atención de todos se centró en el exterior, donde dos hombres se enfrentaban a puñetazos.
Dante se deslizó por el pasillo vacío hacia la oficina de su tío, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Cada paso era un eco de su determinación, cada respiración un recordatorio de lo que estaba en juego. No podía fallar. No esta noche.
El pasillo estaba decorado con pinturas de paisajes italianos y fotografías en blanco y negro de la familia Rizzuto. Dante pasó junto a una foto de su padre, joven y sonriente, con el brazo alrededor de Salvatore. Sintió una punzada de dolor al ver la imagen de los dos hermanos, unidos antes de que la ambición los separara para siempre.
El guardaespaldas, un hombre corpulento con un tatuaje en el cuello que representaba una calavera, lo detuvo. "Señor Rizzuto, no puede pasar. El jefe dio órdenes estrictas. Nadie entra en su despacho esta noche."
"No me importa lo que el jefe haya dicho," dijo Dante, avanzando con paso firme. "Necesito un documento del despacho. Es urgente, un asunto de vida o muerte para la familia."
El guardaespaldas se interpuso, con la mano en el interior de su chaqueta, lista para desenfundar su pistola. "Lo siento, señor. No puedo permitirlo. Las órdenes son las órdenes."
Dante se detuvo y sus ojos se encontraron. El guardaespaldas era un hombre leal, pero solo a Salvatore, y sabía que no habría negociación posible. Dante se movió con una velocidad felina, una técnica de combate cuerpo a cuerpo que su padre le había enseñado años atrás. Su puño se estrelló contra la garganta del hombre, un golpe preciso que cortó su respiración. El guardaespaldas cayó al suelo, jadeando, sin poder emitir un sonido, sus ojos abiertos de par en par. Dante lo arrastró hacia un armario cercano y cerró la puerta. No quería dejar rastros.
Dentro del despacho, el olor a cuero y tabaco lo envolvió como una manta pesada. La caja fuerte estaba en la pared, detrás de un cuadro de un paisaje toscano que su padre había pintado en su juventud. Introdujo la combinación que Marco le había dado, sus dedos temblorosos, y abrió la pesada puerta de acero. Su interior contenía varios fajos de dinero en efectivo, algunas joyas de la familia, y una carpeta de cuero negro con el escudo de los Rizzuto grabado en oro.
Dante abrió la carpeta rápidamente. Dentro, había documentos contables de transacciones ilegales, cartas comprometedoras con otros capos, y un viejo casete de audio con una etiqueta que decía "Enzo - 1986". El corazón de Dante dio un vuelco. Metió la carpeta en su chaqueta, sintiendo el peso de la evidencia, y se dispuso a salir.
Pero al girarse, se encontró con la figura de su tío, aún con la máscara de cuervo, y dos de sus hombres, con las pistolas desenfundadas y apuntando a su pecho.
"Buscando algo, sobrino?" preguntó Salvatore, su voz cargada de sarcasmo y veneno. "¿Alguna prueba de la supuesta traición? ¿Alguna fantasía que te hayas inventado?"
Dante no dijo nada. Su mano se movió lentamente hacia su pistola, oculta bajo su chaqueta.
"No seas tonto," dijo Salvatore, con una risa grave y profunda, como el rugido de un animal. "Sé que has estado husmeando. Esa noche en el apartamento de la fotógrafa, la reunión con los Marchetti… todo. ¿Crees que soy estúpido? Te he vigilado cada segundo, cada movimiento. Tu leal Marco y su informante… ya están muertos. Los encontré hace una hora."
El corazón de Dante dio un vuelco, un golpe sordo en su pecho. Marco. Su único amigo, su hermano de armas, su confidente. Muerto por su culpa. La ira y el dolor se fundieron en un deseo de venganza tan puro que nubló su visión, tiñéndolo todo de rojo.
"Mataste a mi padre," escupió Dante, con la voz rota por la rabia, cada palabra un cuchillo. "Tu propio hermano. Y luego me criaste como un títere, para que fuera tu heredero, tu perro guardián. ¿Por qué? ¿Qué te hizo para merecer eso?"
"Porque era débil," dijo Salvatore, quitándose la máscara con un gesto teatral. "Enzo era débil. Quería negociar con los Marchetti, dividir el pastel. Los Rizzuto no comparten el pastel, sobrino. Lo toman todo. Eso es lo que yo hice. Y lo que haré contigo si no te apartas."
Dante sintió que la sangre hervía en sus venas. "Débil," repitió, con desprecio. "Mi padre era más hombre de lo que tú serás nunca. Tenía honor. Tenía principios. Tú solo tienes ambición."
"El honor no paga las cuentas," respondió Salvatore, con una sonrisa burlona. "El poder sí. Y yo tengo el poder. ¿Qué tienes tú?"
"Tengo la verdad," dijo Dante. "Y la verdad te va a destruir."
En ese momento, Dante supo que no había vuelta atrás. La noche de las máscaras se había convertido en la noche de la verdad, y solo uno de ellos saldría con vida.
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