Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 6
Nueva York
—¡Papá!
Dante apenas había cruzado la puerta cuando escuchó los pasos.
Luca apareció al final del pasillo y corrió hacia él.
Dante dejó el bolso junto a la entrada.
—No corras.
El niño no le hizo caso.
Se lanzó contra él y rodeó su cintura con los brazos.
Dante permaneció quieto un instante.
Después apoyó una mano sobre su cabeza.
—Hola, Luca.
—Tardaste mucho.
—El vuelo salió tarde.
—Te esperé.
—Ya veo.
Luca levantó la cabeza.
—¿Me extrañaste?
Dante lo observó.
Nunca había entendido por qué los niños necesitaban hacer preguntas cuya respuesta consideraban evidente.
—Estoy acá.
Matteo frunció el ceño.
—Eso no responde.
Dante casi sonrió.
Casi.
—Sí.
El niño pareció satisfecho.
Volvió a abrazarlo.
Esta vez Dante apoyó una mano sobre su espalda.
No era un hombre particularmente afectuoso.
Nunca lo había sido.
Ni siquiera con su hijo.
Pero había aprendido que Luca necesitaba cosas que a él jamás le habían enseñado a necesitar.
Un abrazo.
Una palabra.
La certeza de que su padre regresaría.
Dante no siempre sabía cómo dárselas.
Pero lo intentaba.
—¿Cuánto te quedás? —preguntó Luca.
—Varios días.
—¿Cuántos?
—No sé.
—¿Diez?
—Puede ser.
—¿Veinte?
—No negocies conmigo.
Luca sonrió.
—El abuelo dice que vos negociás todo.
—Tu abuelo habla demasiado.
—Mamá también dice eso.
Dante levantó la mirada.
Carmen estaba al otro lado del salón.
No la había escuchado llegar.
Llevaba un vestido oscuro demasiado ajustado para estar simplemente en casa y una copa en la mano.
—Hola, Dante.
—Carmen.
Ella se acercó.
Luca seguía aferrado a él.
—Matteo —dijo Carmen—, dejá respirar a tu padre.
El niño no se movió.
—Matteo.
Esta vez sí.
Se apartó inmediatamente.
Dante lo notó.
—Tengo un dibujo para vos —dijo el niño.
—Después me lo mostrás.
—¿Después cuándo?
—Después de cenar.
—Pero...
—Luca.
El niño cerró la boca.
Dante tomó su bolso.
—Andá a dejar esto en mi habitación.
Los ojos del pequeño se iluminaron.
—¿Puedo?
—No lo abras.
—No lo voy a abrir.
—Matteo.
—No lo voy a abrir.
Tomó el bolso con ambas manos.
Era demasiado pesado.
Dante lo observó arrastrarlo durante dos segundos.
—Dejalo.
—Puedo.
—No dije que no pudieras. Dije que lo dejaras.
Matteo soltó el bolso.
Dante lo levantó con una mano.
—Vamos.
El niño lo siguió escaleras arriba.
Carmen permaneció abajo.
Observándolos.
—Ese soy yo.
Dante miró el dibujo.
Dos figuras tomadas de la mano.
Una pequeña.
Otra desproporcionadamente grande.
—Ya me había dado cuenta.
Matteo señaló la más grande.
—Te hice el traje.
—Parezco una heladera.
El niño soltó una carcajada.
Dante arqueó una ceja.
—No era un chiste.
Matteo rio todavía más.
Dante volvió a mirar el papel.
—¿Y eso?
—Tu reloj.
—Es más grande que mi cabeza.
—Porque es caro.
Dante levantó lentamente la mirada.
—¿Quién te enseñó eso?
Matteo se encogió de hombros.
—Mamá.
Por supuesto.
Dante dejó el dibujo sobre la mesa.
—Las cosas no son importantes porque sean caras.
Matteo lo miró.
—¿Entonces por qué tenés un reloj caro?
Dante permaneció callado.
El niño sonrió.
—Te gané.
—No estamos compitiendo.
—Porque perdiste.
Dante entrecerró los ojos.
—Definitivamente pasás demasiado tiempo con tu abuelo.
Matteo rio.
—¿Te gusta?
Dante volvió a mirar el dibujo.
—Sí.
—¿Mucho?
—Sí.
—¿Lo vas a llevar a Italia?
Dante tardó un segundo en responder.
—Lo voy a guardar acá.
La sonrisa del niño disminuyó.
—Ah.
Dante lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Matteo .
El niño miró el dibujo.
—Pensé que lo ibas a llevar con vos.
Dante permaneció en silencio.
No era bueno con aquellas cosas.
Sabía resolver problemas que implicaban millones de dólares.
Sabía detectar una mentira antes de que alguien terminara de pronunciarla.
Sabía cuándo un hombre sentado frente a él estaba dispuesto a traicionarlo.
Pero un niño de cinco años decepcionado por un dibujo podía dejarlo sin una respuesta adecuada.
Dante tomó nuevamente la hoja.
—Lo llevo.
Matteo levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Sí.
—Pero no lo dobles.
—No pensaba hacerlo.
—La otra vez doblaste uno.
—Tenía que guardarlo.
—Lo arruinaste.
Dante lo miró.
—Todavía estás enojado por eso.
—Sí.
—Sos rencoroso.
—¿Qué es rencoroso?
Dante pensó un momento.
—Preguntale a tu abuelo.
Matteo sonrió.
La cena transcurrió con relativa tranquilidad.
Hasta que Luca dejó caer el tenedor.
El ruido contra el suelo fue pequeño.
La reacción de Carmen no.
—Matteo .
El niño se quedó quieto.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que prestes atención?
—Se me cayó.
—Ya sé que se te cayó.
Carmen dejó su copa.
—Siempre es lo mismo.
Matteo bajó la cabeza.
Dante siguió comiendo durante unos segundos.
—Levantalo.
El niño se agachó, recogió el tenedor y volvió a sentarse.
Dante llamó discretamente a uno de los empleados.
—Otro.
El hombre cambió el cubierto.
Carmen lo miró.
—¿Eso es todo?
Dante levantó los ojos.
—Se le cayó un tenedor.
—Porque nunca presta atención.
—Tiene cinco años.
—Y precisamente por eso tiene que aprender.
Dante dejó los cubiertos.
—Ya aprendió.
—¿Qué cosa?
—Que si se le cae, lo levanta.
Carmen soltó aire.
—Siempre hacés lo mismo cuando venís.
—¿Qué hago?
—Me desautorizás.
—No.
—Acabás de hacerlo.
—No voy a convertir un tenedor en un problema.
Carmen lo miró con fastidio.
—Claro. Vos venís unos días y todo es fácil.
Dante guardó silencio.
Matteo miraba alternativamente a ambos.
Eso bastó.
—Terminá de comer —le dijo Dante.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tenías hambre.
Matteo tomó nuevamente el tenedor.
Carmen sonrió apenas.
—¿Ves? Cuando querés también sabés poner límites.
Dante levantó los ojos.
—No delante de él.
La sonrisa desapareció.
Carmen entendió.
La conversación había terminado.
Más tarde, Dante salió de la habitación de Luca.
No había habido cuento.
Ni abrazos interminables.
Matteo se había metido en la cama y Dante había acomodado la manta.
—¿Mañana estás? —preguntó el niño.
—Sí.
—¿Cuando me despierte?
—Sí.
—¿Seguro?
Dante lo miró.
—Cuando digo algo, lo cumplo.
Matteo asintió.
Aquello parecía bastarle.
—Buenas noches, papá.
Dante apagó la lámpara.
—Dormí.
Cerró la puerta.
Carmen estaba esperándolo en el pasillo.
—Qué tierno.
Dante siguió caminando.
—¿Qué querés?
Carmen fue detrás de él.
—¿Siempre tengo que querer algo?
—Generalmente.
—Qué concepto tenés de mí.
Dante bajó las escaleras.
—Después de cinco años, creo que nos conocemos bastante.
Carmen sonrió.
—No tanto como pensás.
Dante entró al despacho.
Ella entró detrás.
Cerró la puerta.
Dante la miró.
—¿Qué hacés?
—Quiero hablar con vos.
—Hablá.
Carmen se acercó.
Demasiado.
Dante no retrocedió.
—Hace meses que no venís a Nueva York.
—Estuve hace seis semanas.
—Tres días.
—Tenía trabajo.
—Siempre tenés trabajo.
Carmen apoyó una mano sobre su pecho.
Dante bajó la mirada hacia ella.
Después hacia su mano.
No hubo absolutamente nada en su expresión.
—Carmen.
—¿Qué?
Sus dedos recorrieron lentamente la solapa de su saco.
—Matteo está durmiendo.
Dante tomó su muñeca.
No con violencia.
Simplemente apartó su mano.
—Precisamente.
Ella sonrió.
—No me digas que nunca lo pensaste.
—No.
La sonrisa vaciló.
—Dante...
—No.
—Pasamos una noche juntos.
—Sí.
—Y tenemos un hijo.
—También.
Carmen se acercó nuevamente.
—Entonces no fue tan insignificante.
Dante la observó.
—Matteo no es insignificante.
—No estoy hablando de Luca.
—Yo sí.
Carmen endureció la expresión.
—¿De verdad no significó nada para vos?
Dante no necesitó pensarlo.
—No.
El golpe fue evidente.
—Qué hijo de puta.
—Me hiciste una pregunta.
—Podrías tener un poco de tacto.
—Después de cinco años, mentirte sería peor.
Carmen cruzó los brazos.
—Solo fue una noche para vos.
—Sí.
—Mentira.
—No.
Dante caminó hasta el mueble y se sirvió agua.
—Nos acostamos una vez. Después nació Matteo . Son dos hechos relacionados, Carmen. No los conviertas en una historia que nunca existió.
Ella se quedó mirándolo.
—Podríamos haber sido una familia.
Dante bebió un sorbo.
—Somos una familia.
Carmen pareció sorprendida.
Él continuó:
—Vos sos la madre de MAtteo . Yo soy su padre. Eso nos va a unir durante el resto de nuestras vidas.
Dejó el vaso.
—Pero nunca fuimos una pareja.
—Porque vos no quisiste.
—Porque nunca estuvimos enamorados.
—Yo podría haber...
—Carmen.
Su tono bastó.
—No hagas esto.
Ella apretó los labios.
—¿Esto qué?
—Esperar algo que no va a pasar.
Silencio.
Carmen apartó la mirada.
—¿Hay otra mujer?
—No.
—Entonces no entiendo.
—Ese es el problema. Seguís creyendo que tiene que haber otra mujer para que yo no te quiera.
Carmen volvió a mirarlo.
Dante sostuvo sus ojos.
—No la hay.
No todavía.
La puerta del despacho se abrió cerca de una hora después.
El padre de Dante entró sin anunciarse.
Dante levantó los ojos de unos documentos.
—Podrías tocar.
—Podría.
Tomó asiento.
Dante cerró la carpeta.
—¿Qué pasó?
—Los Kuroda confirmaron la reunión.
Dante se recostó.
—¿Cuándo?
—Una semana.
—¿Nueva York?
—Acá.
Dante guardó silencio.
—Takeshi vendrá personalmente.
—Entonces va en serio.
—Siempre fue en serio.
Su padre hizo una pausa.
—Misaki viene con él.
Dante apoyó un brazo sobre el sillón.
—¿Aceptó?
—Aceptaron venir.
—No pregunté eso.
Su padre sonrió ligeramente.
—No sé si una mujer como Misaki Kuroda “acepta” que decidan con quién va a casarse.
—Entonces vamos a tener una reunión interesante.
—Probablemente.
Dante miró hacia la ventana.
—¿Mi madre lo sabe?
El silencio de su padre respondió antes que él.
Dante cerró los ojos un instante.
—No.
—Tiene derecho a estar presente.
—Tiene derecho a recuperar a su hijo. No a provocar una guerra dentro de mi casa.
—También es mi casa.
Dante lo miró.
—Entonces asegurate de que se comporte.
Su padre arqueó una ceja.
—¿Y quién va a asegurarse de que Misaki se comporte?
—Takeshi.
—¿Confiás en eso?
—No.
Su padre casi sonrió.
—La cabeza será devuelta durante el encuentro.
Dante dejó de moverse.
—¿Aceptaron?
—Takeshi sí.
—¿Misaki?
—No lo sé.
Dante pensó unos segundos.
—Entonces no aceptaron.
—Takeshi es el jefe de la familia.
—Y fue Misaki quien le cortó la cabeza.
Silencio.
Su padre sabía que tenía razón.
—Hay algo más —continuó—. Si el acuerdo avanza, vas a instalarte en Nueva York.
Dante levantó la mirada.
—¿Instalarme?
—La unión tiene que verse. No sirve un matrimonio con vos viviendo en Italia y ella en Japón. El conflicto está acá. Los negocios que necesitan estabilidad están acá.
Dante pensó inmediatamente en Luca.
Su padre lo notó.
—Eso no parece disgustarte.
—No.
—Imaginé que no.
Dante miró hacia el techo.
En algún lugar del piso superior dormía su hijo.
Nueva York.
Por primera vez, una parte del acuerdo tenía sentido para él.
—¿Cuánto sabe Carmen? —preguntó su padre.
Dante volvió la mirada.
—Nada.
—Va a enterarse.
—No es asunto suyo.
Su padre soltó una risa baja.
—Tenés un hijo con ella. Si otra mujer viene a vivir a esta casa convertida en tu esposa, te aseguro que Carmen va a considerarlo asunto suyo.
Dante endureció la mandíbula.
—Entonces tendrá que aprender que no lo es.
—Eso quiero verlo.
—No viniste para hablar de Carmen.
—No.
Su padre se puso de pie.
—Dentro de una semana vas a conocer a Misaki Kuroda.
Dante permaneció sentado.
—Ya sé quién es.
—No. Sabés lo que dicen de ella.
Su padre caminó hacia la puerta.
—No es lo mismo.
Cuando salió, Dante quedó solo.
Sobre el escritorio estaba la carpeta que había llevado desde Italia.
La tomó.
MISAKI KURODA.
Abrió la primera página.
La fotografía de Misaki apareció frente a él.
Cabello negro.
Rostro inexpresivo.
Ojos oscuros.
La mujer que había matado a su hermano.
La mujer a la que su madre odiaba.
La mujer que dentro de una semana estaría bajo aquel techo.
Dante observó la fotografía durante varios segundos.
Después cerró la carpeta.
Desde el piso superior llegó un ruido.
Algo cayó.
Dante levantó inmediatamente la cabeza.
Esperó.
Silencio.
Segundos después escuchó unos pasos pequeños.
La puerta se abrió apenas.
Luca apareció en pijama.
—Papá.
—¿Qué pasó?
—No puedo dormir.
Dante miró el reloj.
Después al niño.
—Deberías estar en la cama.
—Ya sé.
—Entonces volvé.
Matteo no se movió.
Dante suspiró.
Se levantó.
—Vamos.
El niño caminó a su lado.
No le tomó la mano.
Dante tampoco se la ofreció.
Pero cuando llegaron a la habitación y Matteo volvió a meterse en la cama, Dante tomó asiento en el sillón junto a la ventana.
—Dormí.
Matteo lo miró.
—¿Te quedás?
—Hasta que te duermas.
El niño cerró los ojos.
Dante permaneció allí.
Quieto.
En silencio.
No lo abrazó.
No le acarició el cabello.
No le dijo que lo quería.
Simplemente se quedó.
Y para un hombre como Dante De Luca, quedarse era probablemente la forma más sincera que conocía de amar.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/