Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 5
San Petersburgo olía a lluvia fría, gasolina limpia y piedra antigua.
Valentina lo pensó apenas salió del aeropuerto Púlkovo, arrastrando una maleta que hacía un ruido horrible cada vez que una rueda se atoraba. El cielo estaba bajo, gris perla, y el aire le mordió la nariz con una delicadeza engañosa.
—No siento la cara —dijo Dani, envolviéndose mejor la bufanda.
—Estamos en septiembre.
—Exacto. Si esto es septiembre, en diciembre me muero como personaje secundario.
Valentina soltó una risa y buscó con la mirada el letrero de taxis autorizados. Llevaba el pasaporte pegado al cuerpo en una cangurera bajo el suéter, una copia plastificada en la mochila y el número del consulado mexicano guardado en tres lugares. Abuelita Carmen había llorado en el aeropuerto de la Ciudad de México como si la mandaran a Marte, no a una beca.
"No confíes en desconocidos", le había repetido.
Valentina no le dijo que el problema era peor: a veces los desconocidos ya sabían tu nombre.
Sacó el teléfono y mandó un mensaje al grupo de WhatsApp.
Valentina: Ya llegamos. No morí congelada.
Lupita respondió casi de inmediato.
Lupita: Todavía. Mándame foto de rusos guapos por investigación cultural.
Abuelita Carmen tardó un minuto más.
Abuelita Carmen: Gracias a Dios. Abrígate, Tina. Y come algo caliente.
Valentina sonrió con el pecho apretado.
Dani se inclinó para leer.
—Tu abuela me va a culpar si no te alimento.
—Mi abuela te culpa de cosas aunque no estés.
—Tiene buen instinto.
El taxi los dejó frente a una residencia estudiantil de fachada sobria, ventanas altas y una recepción donde una mujer de cabello rojo les habló en ruso durante veinte segundos antes de darse cuenta de que Valentina no entendía casi nada.
—¿Estudiante? —preguntó la mujer.
—Sí. Estudiante. Valentina Solís Herrera.
La recepcionista revisó una lista, le entregó una llave y señaló un pasillo. Dani cargó las maletas hasta el cuarto sin que ella se lo pidiera.
La habitación era pequeña, limpia, con una cama individual, un escritorio, un clóset estrecho y una ventana que daba a árboles amarillos.
Valentina tocó el marco de la ventana.
—Estoy aquí.
Lo dijo en voz baja, pero Dani la oyó.
—Estás aquí —confirmó.
Durante un segundo, la alegría fue simple. No había hombres armados, no había cuerdas, no había rosas. Solo una chica mexicana de diecinueve años en una habitación de estudiante al otro lado del mundo, con una beca que se había ganado sola.
Valentina dejó la maleta en el piso y se permitió sonreír.
—Mañana empieza mi vida culta.
—Hoy empieza tu vida turística —corrigió Dani—. Tengo veintiséis horas antes de regresarme a México y no pienso pasarlas viendo cómo acomodas calcetines.
—Qué dictador.
—Tu dictador con mapa del celular.
El primer día en San Petersburgo fue una colección de cosas que Valentina quería pintar y no sabía cómo: fachadas pastel reflejadas en canales, puentes con barandales negros, cúpulas doradas que aparecían entre edificios como si alguien hubiera escondido sol en una ciudad fría.
Dani compró café demasiado amargo y fingió que le gustaba. Valentina probó un pan relleno que no pudo pronunciar y mandó foto a Lupita. Caminaron hasta que los pies le dolieron, entraron a una tienda de materiales de arte donde ella tocó pinceles como si fueran joyas, y al final terminaron frente a la Catedral de San Isaac.
Valentina se quedó quieta.
La cúpula dorada brillaba contra el cielo gris. Era enorme, solemne, con columnas que parecían sostener algo más pesado que piedra.
—Mis papás estuvieron aquí —dijo.
Dani guardó el teléfono.
—¿Tienes la foto?
Valentina la buscó en el celular. Arturo Solís y Lucía Herrera aparecían jóvenes, despeinados por el viento, abrazados frente a la catedral. Su papá sostenía una libreta de bocetos. Su mamá tenía una bufanda roja y una sonrisa que a Valentina todavía le dolía mirar.
—Mi mamá escribió detrás: "Aquí entendimos que el mundo era demasiado grande para tenerle miedo."
Dani la miró con cuidado.
—Tenía razón.
Valentina guardó el teléfono antes de quebrarse.
—Subamos.
La escalera hacia la cúpula le dejó las piernas ardiendo. Dani se quejó en cada tramo, cosa que ayudó bastante porque era imposible ponerse solemne con alguien diciendo "si sobrevivo a esto, me deben tacos".
Arriba, el viento los recibió con una bofetada helada.
La ciudad se extendía bajo ellos: ríos oscuros, avenidas rectas, tejados húmedos, agujas doradas. Valentina apoyó las manos en la baranda y respiró. Por primera vez desde Estambul, la distancia no se sintió como amenaza. Se sintió como posibilidad.
—Val.
La voz de Dani sonó distinta.
Ella volteó.
Él estaba demasiado serio.
—¿Qué?
Dani metió la mano en el bolsillo de su chamarra y sacó una cajita pequeña. No era de anillo. Valentina lo notó y aun así el estómago se le apretó.
—No hagas esa cara —dijo él rápido—. No te estoy pidiendo que te cases conmigo en una cúpula rusa como señor dramático.
—Dani...
—Déjame decirlo una vez. Solo una. Luego puedes hacer como que no pasó si quieres.
Valentina no se movió.
Él abrió la caja. Dentro había una cadena fina con un dije pequeño en forma de paleta de pintor. Plata sencilla. De esas cosas que no gritaban precio, pero sí intención.
—Te conozco desde que le pegabas chicles debajo de la banca a la maestra Alicia —dijo Dani—. Te vi pintar en servilletas, llorar por tus papás, pelear con tus tíos, fingir que no estabas rota cuando volviste de Estambul. Y sé que ahora estás empezando una vida enorme, lejos, tuya. No quiero estorbarte.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Entonces no digas más.
—Pero te amo.
El viento le heló los ojos antes de que las lágrimas pudieran caer.
Dani soltó una risa nerviosa.
—Ya. Lo dije. No explotó Rusia.
Valentina bajó la mirada al dije. Una parte de ella quiso quererlo de la forma correcta. Dani era casa. Era tamales recalentados, trámites acompañados, bromas tontas para no llorar. Era seguro.
Y quizá por eso no podía mentirle.
—Dani, yo...
Una mano enguantada le cubrió la boca.
El mundo se cortó.
Valentina no alcanzó a gritar. Otro brazo le atrapó la cintura y la arrancó de la baranda. La cajita cayó al suelo. Dani abrió los ojos, primero confundido, luego aterrado.
—¡Val!
Ella pataleó. El hombre que la sujetaba no dijo nada. Había otro a su derecha, bloqueando a Dani con el cuerpo. Turistas voltearon, pero todo ocurrió demasiado rápido, demasiado limpio.
Valentina mordió el guante.
El sabor a cuero le llenó la boca.
El hombre no aflojó.
La bajaron por una salida lateral que no había visto al subir. Sus talones golpearon escalones. El aire se volvió más frío, luego más húmedo, luego calle. Un Rolls-Royce Phantom negro esperaba junto a la acera, con las ventanas polarizadas.
No.
No.
No podía estar pasando otra vez.
La metieron dentro.
Valentina cayó sobre el asiento de cuero y se incorporó de golpe, buscando la manija, la otra puerta, cualquier salida.
La puerta opuesta se abrió.
Un zapato negro tocó el piso primero.
Después un traje gris oscuro, perfecto. Una mano sin prisa abrochó el botón del saco. Cabello oscuro peinado hacia atrás. Ojos grises que no habían cambiado nada en seis meses.
El cuerpo de Valentina lo reconoció antes que su mente.
Nikolái Vólkov entró al auto y cerró la puerta.
El seguro bajó con un sonido pequeño, definitivo.
—Hola, printsessa —dijo en español—. Bienvenida a mi mundo.
Valentina sintió que la sangre le abandonaba la cara.
—Usted...
—Yo.
Quiso pegarle. De verdad quiso. Pero dos hombres armados estaban afuera, Dani gritaba su nombre en algún lugar que parecía cada vez más lejos, y Nikolái sacó el teléfono como si tuviera todo el tiempo del planeta.
La pantalla se encendió.
Valentina vio su propia cara.
No una foto de ahora.
Una de sus quince años, con uniforme escolar y pintura amarilla en la mejilla. Deslizó el dedo. Otra foto: ella saliendo de terapia. Otra: su credencial universitaria. Otra: un expediente médico. Calificaciones. Dirección de Abuelita Carmen. Número de Lupita. Fotos de Dani entrando a su casa.
El pecho se le cerró.
Nikolái inclinó el teléfono para que viera mejor.
—Te he estado esperando.