Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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El trato con el rey
El rey guardó silencio durante unos instantes.
Luego habló, como si cada palabra pesara monedas de oro.
—He considerado tu situación.
Serás reconocida… de manera legal y pública como miembro de la familia real.
Por primera vez en mi vida, el palacio iba a pronunciar mi nombre.
—Acepto —respondí—.
Pero tengo condiciones.
Sus cejas se alzaron.
—No seré encadenada a un matrimonio que no deseo —continué—.
Quiero que el matrimonio tenga un límite. Unos años. No toda una vida.
El rey apretó los labios.
—Lo discutiré con los Ancianos del Trono.
—En segundo lugar —proseguí—, una vez concluido dicho vínculo, reclamaré tierras, un título propio y una dote suficiente para sostener mi posición.
Usted sabe mejor que nadie… que esta sociedad no tiene clemencia a una mujer repudiada.
El rey me observó largo rato, como si midiera el peso exacto de cada una de mis palabras.
Quizá había esperado gratitud.
Tal vez imaginó que bastaría con ofrecerme un apellido, algunos vestidos costosos y un lugar tardío dentro de una familia que había pasado toda mi vida fingiendo que yo no existía.
Pero ambos conocíamos la verdad.
Él no me estaba concediendo un lugar por afecto.
Me necesitaba.
Y por primera vez, aquella necesidad colocaba algo de poder en mis manos.
—Pides demasiado para alguien que hasta ayer no poseía nada —dijo finalmente.
No bajé la mirada.
—Precisamente por eso, majestad. Sé perfectamente cuánto cuesta no poseer nada. Y si voy a entregar varios años de mi vida para solucionar un problema que yo no provoqué, no considero excesivo asegurarme de que, cuando todo termine, jamás vuelva a depender de la voluntad de nadie.
Su expresión se endureció.
—Hablas como si estuvieras negociando una propiedad.
—¿No es eso lo que estamos haciendo?
El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar mi propia respiración.
El conde Alaric permaneció inmóvil a mi lado, pero sentí su mirada sobre mí.
El rey entrecerró los ojos.
Por un instante pensé que había ido demasiado lejos.
Entonces comprendí algo: no podía permitirse rechazarme.
Y él sabía que yo acababa de comprenderlo.
—Hecho —dijo al fin—.
Mañana se anunciará tu existencia al reino.
Y así… sin ceremonia ni bendición alguna…
fui vendida de manera oficial.
Abandonamos el salón.
El conde caminó a mi lado en silencio hasta que su voz grave rompió la quietud.
—¿Estás segura de este acuerdo, Emilia? El emperador no es un hombre común. Y tras un divorcio… la sociedad puede ser cruel.
Lo miré, permitiéndome apenas una leve curva en los labios.
—Conde… —respondí con suavidad—, ante esa misma sociedad yo ya no soy nada.
Me consideran servidumbre. Jamás habría aspirado a un matrimonio digno.
Me detuve.
—Esto no es un sacrificio.
Es… una inversión.
El conde me sostuvo la mirada durante un largo instante.
Y supe, sin necesidad de palabras, que comprendía.
Porque por primera vez… no me veía como una niña.
Sino como una jugadora.
El anuncio se realizó al día siguiente.
Las campanas de Liria repicaron al alba.
Los heraldos recorrieron plazas, mercados y patios nobles.
La vida se detuvo… como si el reino entero contuviese el aliento.
Porque el rey estaba a punto de revelar una existencia que jamás había sido reconocida.
El gran salón fue llenándose de nobles, consejeros y clérigos.
Cuando el rey hizo su entrada, el murmullo se extinguió al instante.
—Hoy —anunció— se reconoce oficialmente a Emilia de Liria, hija de la sangre real, como parte legítima de la familia del trono.
Un susurro recorrió la sala.
Entonces avancé.
Vestía tonos marfil y plata.
No como servidumbre.
No como noble.
Sino como algo distinto…
algo que aún no sabían nombrar.
—Desde hoy —continuó el rey—, se le concede el título de
Dama Emilia de Ardenthal, Señora del Linaje Menor de la Corona.
Un título creado para mí.
Un nombre que nadie había portado.
Una existencia… que ya no podían negar.
Sentí sus miradas recorrerme.
Algunas cargadas de desprecio.
Otras, de cálculo.
Pero ninguna… de indiferencia.
Y eso era suficiente.