Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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La Tormenta de los Celos
La noche caía serena sobre Cima Blanca, pero dentro de los aposentos ducales la atmósfera estaba cargada de una electricidad pesada. Julian caminaba por los pasillos contiguos sosteniendo una bandeja con aceites de masaje cuando, al acercarse a la puerta del vestidor privado, escuchó voces contenidas pero llenas de una furia apasionada.
Julian se congeló al reconocer los matices. Era el Duque hablando consigo mismo frente al espejo de plata, pero las dos voces se turnaban con una velocidad e intensidad nunca antes vista.
—¡Estás siendo demasiado brusco con él! —exclamaba la voz suave y ahogada de Alistair—. Anoche en el pabellón casi no le diste tierno descanso. Él es delicado, Vane. No puedes reclamarlo como si fuera un trofeo de guerra cada vez que pierdes la paciencia.
—¡No me vengas con discursos de poeta, Alistair! —rugió la voz grave y posesiva de Vane, haciendo que los ojos en el espejo cambiaran de gris a dorado—. Julian es un hombre fuerte, no una flor de cristal. Le encanta cuando lo tomo con firmeza, cuando le hago gritar de placer. Tú te pasas horas acariciándolo y susurrándole versos mientras él se muere por sentir fuego real.
—¡Yo le doy el amor que trasciende la carne! —replicó Alistair, apretando los puños contra el marco del espejo—. A veces siento que te aprovechas de su devoción... que quieres que te desee más a ti que a mí.
—¿Y tú no? —siseó Vane con una sonrisa amarga—. Te consume la envidia cada vez que él clama mi nombre en el clímax. Admtelo, Alistair: tienes miedo de que mi pasión apague tus flores.
Julian, escuchando tras la puerta, sintió que el corazón se le oprimía de emoción y angustia. Ambos hombres, en su afán por amarlo, estaban sufriendo por el celo y el miedo de no ser suficientes para él.
Sin dudarlo un segundo, Julian empujó las puertas dobles y entró en la estancia.
El Duque se giró bruscamente. En sus ojos, la pupila izquierda brillaba con el dorado sangriento de Vane, mientras la derecha mantenía el gris tormentoso de Alistair. La lucha interna era físicamente visible en la tensión de sus hombros y su respiración agitada.
—Julian... —dijeron ambas voces a la vez, sorprendidas.
Julian dejó la bandeja sobre la mesa y caminó a paso firme pero manso hacia su señor. Se colocó frente al noble y, con infinita delicadeza, acunó el rostro aristocrático entre sus manos.
—Los escuché... —susurró Julian con voz dulce, mirando alternadamente a cada ojo—. Y no puedo permitir que se hagan esto el uno al otro.
—Julian, él... —empezó Alistair.
—Escúchenme a los dos —interrumpió Julian con ternura firme, pegando su frente a la del noble—. Alistair... amo tus versos, amo la lentitud de tus manos, la seguridad de tus abrazos y la paz que solo tú le das a mi alma. Sin tu dulzura, me sentiría perdido en este palacio.
Los ojos grises de Alistair se suavizaron, anegados en una emoción sincera.
—Y tú, Vane... —continuó Julian, deslizando una mano hasta la nuca del noble, apretando suavemente—. Amo tu fuego. Amo la forma en que me reclamas, tu posesividad, la salvaje libertad que me haces sentir cuando destruyes todas mis inhibiciones. Sin tu fuerza, mi cuerpo no conocería la verdadera pasión.
Julian se separó apenas unos milímetros y los miró a ambos con lágrimas de devoción brillando en sus ojos verdes.
—No hay competición. No hay un favorito. No amo a dos hombres distintos; amo al hombre completo que forman juntos. Si uno de los dos me faltara, mi corazón se rompería en mil pedazos.
El impacto de las palabras de Julian resonó en la mente compartida del Duque. La tensión en los músculos del noble se disipó al instante. El destello de celos en la mirada de Vane se transformó en un hambre devota, mientras la culpa de Alistair se disolvió en un amor absoluto.
—Julian... mi pequeño sanador... —murmuró la voz unificada del Duque.
Alistair/Vane abrazó a Julian con un ímpetu necesitado, sepultando el rostro en su cuello, inhalando su aroma a tierra y flores de nieve.
—Perdónanos... —susurró Alistair contra su piel.
—Nunca dudaré de ti de nuevo, pajarillo —prometió Vane con tono ronco.
El noble cargó a Julian en brazos y lo llevó hacia el amplio diván del vestidor. Esta vez, el encuentro íntimo no fue un terreno de dominación o demostración, sino un acto de reconciliación sagrada.
El Duque desnudó a Julian con una mezcla perfecta de ambas facetas: besos lentos y poéticos de Alistair que hacían llorar a Julian de felicidad, seguidos por caricias arrolladoras y agarres firmes de Vane que encendían la sangre del sanador. Cuando el miembro del noble se hundió en su interior, fue una estocada profunda, pausada pero llena de una potencia que hizo retumbar los gemidos de Julian en la estancia.
—Alistair... Vane... ah... los amo tanto —suplicaba Julian, abrazándose a la espalda musculosa del noble mientras sus caderas se amoldaban en un ritmo divino.
—Te amamos, Julian. Por siempre y para siempre —respondieron a una sola voz, entregándose juntos a una marejada de placer curativo que selló para siempre la paz en la mente del Duque.
es mentira