Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
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9
Angie Rojas
Había funcionado. Cada uno de los archivos, audios y capturas de pantalla que envié de forma anónima a la prensa estaba sonando en todos los noticieros y portales de chismes financieros del país.
Sentada en la sala de mi casa con una taza de café caliente entre las manos, no podía evitar la sonrisa de satisfacción al ver la televisión. El titular era una belleza: «¿Amor o un macabro juego de azar? Salen a la luz los escandalosos audios y capturas que demuestran la apuesta de Sebastián Torres con la inocente heredera de los Rojas».
Las redes sociales estaban devorando vivo a Sebastián. En cuestión de dos horas, mi «amado» exnovio pasó de ser el cotizado y codiciado heredero a convertirse en el hombre más odiado, cancelado y ridiculizado del país. Verlo quedar como un patético manipulador ante los ojos de toda la élite era la revancha perfecta que llevaba años esperando. Había controlado la narrativa milimétricamente: yo no era una mujer calculadora buscando venganza; ante la opinión pública, yo era la víctima perfecta de una cruel jugada del destino. Mi venganza personal contra Sebastián estaba servida en bandeja de plata y completamente saldada.
Sin embargo, sabía perfectamente que el tsunami mediático que desaté no se detendría en él. Mi filtración iba a golpear directo al corazón de la empresa Torres, desplomando las acciones y poniendo en jaque el liderazgo de Leonardo. Pero no sentía ni una pizca de culpa. Leonardo y su hermano me habían usado como su peón corporativo; ahora me tocaba a mí jugar mis fichas. Si querían una prometida sufriendo en silencio por el escándalo, les daría exactamente la mejor actuación de sus vidas.
...Leonardo Torres...
La pantalla interactiva de la sala de juntas mostraba una curva roja cayendo en picada vertiginosa. Las acciones de la corporación Torres se desplomaban por minutos, víctimas de la tormenta moral que azotaba a la familia a causa de mi sobrino.
—¡Esto es un circo de lo más absurdo! —bramó mi hermano, estampando los periódicos matutinos sobre la mesa de caoba—. ¡Te lo advertí, Leonardo! ¡Esa muchacha es una bomba de tiempo que nos está arrastrando al fango y dejándonos en ridículo antes de la reunión del consejo!
Permanecí sentado en la cabecera, inmóvil como una estatua, aunque la rigidez en mis hombros delataba la furia contenida que me quemaba por dentro. Las imágenes de la universidad publicadas en primera plana exponían la ruindad de Sebastián, pero sobre todo, dejaban a Angie expuesta como una mujer utilizada y humillada. Detesto que la hagan ver tan vulnerable...
—Señor Torres —intervino uno de los accionistas principales, secándose el sudor de la frente con un pañuelo—, si la prometida del CEO fue víctima de semejante bajeza dentro de su propia familia... la junta directiva no podrá respaldar su gestión.
—Iré a la prensa de inmediato —dije con un tono helado que congeló el murmullo de la sala—. Emitiré un comunicado oficial desvinculando a Sebastián de cualquier filial y...
La puerta de la sala de juntas se abrió de par en par, cortando mis palabras. No era Angie. Era mi abuela Elena, quien avanzaba con paso firme apoyada en su bastón de plata.
—Cierren la boca todos —ordenó con una autoridad implacable que hizo retroceder hasta a mi propio hermano.
—Abuela, estamos en medio de una reunión de la junta —protestó mi hermano entre dientes.
—Silencio, Tomás —lo cortó ella sin mirarlo, caminando directo hacia mi lugar—. Sobrino y hermano imbécil es lo que tienes por familia, Leonardo. Esa pobre muchacha debe de estar destruida en su casa, llorando por el fantasma de esa humillación que volvió a salir a la luz pública. ¿Y ustedes solo pueden pensar en números?
La miré con una extraña mezcla de desconcierto y absoluto respeto.
—Abuela, esto está afectando la estabilidad financiera del grupo... —intenté explicarle, bajando el tono.
—Esa chiquilla no tiene la culpa de haberse cruzado con un sujeto tan ruin como Sebastián —me reprochó, dándome un firme apretón en el hombro—. Angie ha sido una víctima desde el primer día. Tu deber, si te dices ser su prometido y un hombre con un mínimo de honor, no es esconderte detrás de comunicados fríos de prensa. Tu deber es protegerla, limpiar su imagen y demostrarle al mundo que ahora tiene a su lado a un hombre de verdad.
Me quedé en silencio, apretando la mandíbula mientras las palabras de mi abuela resonaban en el aire. Miré fijamente la fotografía de Angie impresas en el diario —con los ojos hinchados y la mirada triste de su época universitaria— y sentí una punzada ajena e inusual en el pecho: compasión. Una extraña y desconocida necesidad de protegerla me invadió. Tenía que intervenir. Tenía que reparar el daño y limpiar la imagen de la mujer que, según mi abuela, estaba sufriendo nuevamente en silencio.
Lo que sé es que en este momento era que la "pobre víctima" no estaba sufriendo en absoluto... y que ya tenía montado el escenario para su próxima y descabellada jugada.
Yo le había enseñado. Ella era mi obra majestuosa. Y estaba orgulloso de ella.