Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Sangre y el Firmamento
La dinastía Vaelor no reinaba únicamente sobre las colinas fértiles y las vertientes de mármol del reino de Eldamar; gobernaba, a través de la misteriosa biología de sus monarcas, la bóveda celeste. Durante siglos, la estirpe real llevó consigo una singularidad mística llamada El Firmamento Vivo. No era un don mágico que pudiese invocarse a través de báculos o rituales, sino un lazo indisoluble entre la psique del soberano y la atmósfera. Cada oscilación afectiva del rey se traducía con implacable exactitud en el clima de Eldamar.
—El cielo no responde a la voluntad de las estrellas, novicio, sino a los latidos del pecho que viste la corona —solía explicar el Archmaestre Elion mientras caminaba por la gran biblioteca del bastión, iluminada apenas por gruesos velones.
En los pergaminos de la corte figuraban los anales de tiempos remotos: un acceso de melancolía de un antiguo soberano cubría las provincias con nieblas tan espesas que el sol no se veía durante semanas; la pena profunda sepultaba las cosechas bajo heladas extemporáneas; el entusiasmo desenfrenado desataba primaveras de una exuberancia casi sofocante; mientras que la ira desbocada provocaba tormentas de fuego azul sobre las fortalezas.
Para proteger al reino del colapso, la Casa Vaelor ideó el Culto al Vacío. Desde la infancia, cada heredero al trono era arrancado del contacto afectivo. Se les recluía en las catacumbas del palacio, en salas de aislamiento acústico construidas con piedra volcánica. Allí, eruditos de rostro severo los adiestraban en ritmos respiratorios severos y en la neutralización voluntaria del pensamiento.
El rey Theron, padre de Manuel, fue la cumbre de este adiestramiento. Durante veinticinco años de reinado, Eldamar gozó de un clima de monótona estabilidad: un cielo plomizo, brisas templadas y una llovizna predecible. No había desastres, pero jamás brillaba el sol con plenitud.
En una ocasión, en la Gran Sala del Consejo, el canciller real inclinó la cabeza ante el monarca:
—Majestad —dijo mostrando un mapa de los cantones del sur—. Los campesinos suplican apenas dos días de sol radiante para secar el trigo. ¿Podríais intentar evocar un pensamiento de tibia alegría?
Theron Vaelor, erguido sobre el trono de granito, ni siquiera parpadeó. Sus ojos grises parecían cuentas de vidrio helado.
—El entusiasmo produce expectativas, y la expectativa es el origen del desengaño —respondió con una voz plana, desprovista de matices—. Un día de sol incita a la imprudencia. El gris es predecible; el gris mantendrá a Eldamar a salvo.
Theron jamás sonrió, no alzó la voz ni estrechó la mano de consejero alguno. El reino prosperaba en la abundancia de sus cosechas uniformes, pero la Fortaleza de la Cumbre se convirtió en una vasta catedral de silencio donde todo vestigio de calidez humana quedaba proscrito.
En aquel ambiente de piedra pulida creció el príncipe Manuel. Desde pequeño comprendió que las paredes del castillo no solo transmitían frío al tacto, sino también una disciplina asfixiante. Si dejaba escapar una risa en el jardín o derramaba lágrimas al caer de un corcel de madera, la respuesta era inmediata.
—Un heredero de la Casa Vaelor no solloza —le reprendió el Archmaestre Elion, sujetándole la barbilla con dedos rígidos—. Mire a través del ventanal, Lord Manuel. ¿Ve esa bruma gélida que se adosa a las cristaleras? Es el resultado directo de su falta de contención. Si no domina su temple, arruinará el secado de la cebada en las granjas del rey.
Sin embargo, el único refugio frente a la represión era su madre, la reina Yvaine.
Originaria de las lejanas tierras de Solaria, Yvaine era una mujer de cabello cobrizo y voz melódica, educada entre arpas, poesía y abrazos cálidos. Cuando fue unida en matrimonio con Theron por razones de diplomacia fluvial, creyó ingenuamente que su afabilidad ablandaría el carácter del rey.
Durante años, Yvaine intentó romper la coraza de su esposo. Le organizaba veladas de música, le leía pasajes de antiguas epopeyas al atardecer y buscaba sus manos durante los banquetes. Theron la observaba con la misma apatía con que miraría una columna de mármol. No la aborrecía —el aborrecimiento habría desencadenado truenos sobre la capital—; simplemente la trataba con una cortesía mecánica e insoportable.
—¿No hay nada debajo de ese pecho, Theron? —gritó Yvaine una noche, encarándolo en la cámara real—. ¡Mírame! ¡Soy tu esposa! ¡Dame un reproche, un grito o una muestra de enfado, pero dame algo humano!
Theron continuó quitándose las insignias del jubón ante el espejo, con el rostro inmutable.
—La emoción es una falla biológica en nuestra línea de sangre, Yvaine. Si cedo a vuestros reclamos teatrales, las provincias del este sufrirán inundaciones. Id a descansar.
Vivir junto a Theron consumió la salud mental de la reina. La privación de afecto la empujó al aislamiento. Pasaba semanas encerrada en sus estancias, destruyendo jarrones de porcelana o susurrando lamentos a los tapices. Manuel, con solo ocho años, era el único testigo de aquella ruina. Por las noches, esquivando a la guardia, se colaba en la habitación de su madre. Yvaine lo estrechaba con desesperación, sofocándolo en abrazos temblorosos.
—Mi pequeño Manuel... mi dulce niño —le susurraba al oído mientras le acariciaba el cabello—. Prométeme que no te dejarás convertir en uno de ellos. Prométeme que no apagarán tu alma. Tu padre es una estatua de hielo. Prefiero ver arder esta fortaleza antes que verte convertido en una piedra.
Manuel creció dividido entre dos abismos: la helada frialdad que le exigían su padre y los tutores, y la pasión tormentosa de su madre, que se desmoronaba día a día ante sus ojos.