Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*
Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.
Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.
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CAPÍTULO 4: La lengua, bien usada, desata más nudos de los que amarra.
La cabaña estaba tan metida en el bosque que ni el sol sabía llegar hasta ella. Baja, de troncos, con una sola ventana y un techo que había visto mejores inviernos. Pero en cuanto la sentaron junto al fuego, Cassidy notó lo que importaba: las armas colgadas en la pared con orden, los tres jergones alineados, cada cosa en su sitio. Eso no era una guarida de ladrones. Los ladrones son un desastre. Esto tenía disciplina, y la disciplina siempre tiene dueño.
Bandoleros ordenados. Eso no existe. O estos no son lo que dicen, o son lo peor que hay: gente lista con un motivo.
Tobías le amarró las muñecas a la espalda con una cuerda que no apretaba de más ni de menos. Ni floja para soltarse, ni dura para cortar la sangre. Un nudo hecho por alguien que no quería lastimarla, solo asegurarla.
El del cuchillo me amarra con cuidado. A la carne que piensas tirar no le cuidas las muñecas. Buena señal.
Y fue ahí, ya sentada y quieta, cuando cometió el error de mirarlos bien.
Porque una cosa era estar secuestrada —eso ya lo había vivido— y otra muy distinta era estar secuestrada y darse cuenta, con este cuerpo traidor, de que los tres hombres que la habían arrancado del caballo estaban, para decirlo fino, muy lejos de ser feos.
Eran tres veces la misma cara. Pero debajo de la cara había tres cuerpos que quince años de bosque, de hacha y de espada habían forjado a lo bruto. Brazos de partir troncos, hombros anchos, manos grandes. Tobías afilaba el cuchillo con los antebrazos marcados a la luz del fuego; Damián se movía con la soltura del que sabe que es guapo; y Adriano, de espaldas, tenía la clase de espalda por la que una mujer sensata se distrae y una tonta se muere. Parecían leñadores del Oeste, de los rudos, de los que huelen a río y a leña porque se lavan en el río y parten la leña, y no a perfume podrido como el principito.
Y el cuerpo de Aurora, que llevaba Dios sabe cuánto sin que nadie lo tocara, reaccionó como un idiota.
Boone. Te van a degollar en cualquier momento y estás mirando antebrazos. Un poco de dignidad.
Se regañó. Le duró poco.
Aunque… vaya mierda. Hagamos balance del día. Resucité, otra vez, como la cenicienta gorda que nadie quiere, en un castillo que apesta, con una madrastra que me quiere muerta y un prometido que ya me mató una vez. Pero el dios, entre tanta desgracia, me sentó enfrente a estos tres. Idénticos. Por si uno se rompe. En la otra vida me tocó mi Daniel de salvavidas; en esta, por lo visto, me tocan tres mosqueteros para sacudirle las telarañas a este cuerpo.
Ahí se puso seria consigo misma, porque en eso no se equivocaba nunca.
Mirar, sí. Usar, también, si se da. Pero enamorarme, ni de chiste. Ese fue el error de la dueña de este cuerpo, que amó al principito idiota y se dejó pisotear hasta que la mataron por buena. Y el de la gorda del otro cuerpo, antes de que yo llegara. Las dos débiles, las dos entregadas, las dos muertas. Yo aprendí en el Oeste lo que cuesta querer a un hombre: cuesta la piel entera. Los hombres son bultos de carne; unos sirven, otros no. Estos, por suerte, sirven para varias cosas, y ni la más entretenida es la venganza. Pero el corazón se queda cerrado, Boone. Como siempre.
Damián le acercó un cuenco de caldo, y como ella tenía las manos atadas, se lo fue dando él mismo, a regañadientes.
—No te acostumbres —dijo—. Es que si te mueres de hambre antes de contarnos algo útil, Adriano me culpa a mí.
—Qué caballero. —Cassidy sopló la cuchara—. Me secuestran, me amarran, me amenazan, y ahora me dan la sopa en la boca. En mi tierra a esto le decían una cita.
Damián se rió antes de poder evitarlo. Adriano, desde el rincón, no.
Y así empezó la noche más larga y más útil que Cassidy llevaba en ese cuerpo.
Porque una cosa tenía clara: a un hombre no se le saca la verdad a la fuerza. A la fuerza solo suelta lo que cree que quieres oír. La verdad se saca con paciencia, con humor, aflojándole la lengua sin que note que la está aflojando. Y para eso tenía tres bocas distintas y una noche entera.
Adriano era piedra: preguntaba poco y escuchaba todo. A ese lo ganaría con números, no con chistes, y todavía no era el momento. Tobías no hablaba, pero cuando ella hacía reír a Damián, la comisura del callado se movía un milímetro; el del cuchillo tenía humor enterrado bajo la cicatriz, y eso era una puerta. Y después estaba Damián.
Damián, bendito seas. Todo grupo de hombres peligrosos tiene uno así: el guapo que habla de más porque le encanta oírse. Por ese entro.
Empezó por lo fácil: lo dejó hablar de él. De lo bien que peleaba, de las patrullas del rey que habían burlado, de cómo tenían medio bosque mapeado. Cassidy asentía, abría los ojos en el momento justo, soltaba un "no puede ser" con la dosis exacta de admiración para que él se creciera y siguiera.
—Para ser unos simples bandoleros —dejó caer, como al pasar—, se mueven demasiado bien. Los ladrones roban y huyen. Ustedes esperan. Planean. Eso no es hambre. Eso es rencor con horario.
Vio a Adriano tensar la mandíbula. Vio a Damián inflar el pecho, muerto de ganas de que le preguntaran.
Así que no le preguntó. Ese era el truco. A un fanfarrón no se le pregunta; se le da la espalda y se espera a que corra a contártelo, para que no te vayas sin saber lo importante que es.
—Bah —dijo, encogiéndose de hombros como pudo—. Da igual. Un bandolero es un bandolero.
—No somos bandoleros. —Damián lo soltó como quien tira una carta que se venía muriendo por jugar.
—Damián. —La voz de Adriano cayó seca.
—¿Qué? Igual mañana va a estar muerta o de nuestro lado. Qué más da.
Y ahí, entre el orgullo herido de uno y la frialdad del otro, Cassidy se quedó muy quieta, con cara de no querer saber, mientras por dentro afilaba las orejas.
Salió a pedazos, entre lo que Damián soltaba por orgullo y lo que Adriano terminaba diciendo con voz cansada, porque a veces callar duele más que hablar.
No eran ladrones. Eran los hijos de un rey.
De otro reino, del otro lado de las montañas, uno que quince años atrás tenía trono, corona y paz, hasta que el rey del Oeste —el padre del principito, el suegro que a Aurora le habían conseguido— cruzó la frontera con un ejército, quemó lo que había que quemar, y se sentó en un trono ajeno después de matar a los que sí eran dueños.
Mataron al rey. Mataron a la reina. Y dieron la orden de matar a los herederos: tres niños idénticos de seis años, para que no quedara sangre que reclamara nada.
Pero alguien los sacó. Una nodriza, un guardia leal; la historia se perdía justo en esa parte, la que ni Damián contaba con gracia. Los sacaron de noche, envueltos, y los criaron escondidos del otro lado hasta que fueron hombres. Y volvieron. Volvieron al bosque de su propia tierra robada a vivir como fantasmas, a golpear las patrullas del usurpador, esperando el único día que les importaba: meterle una espada en el pecho al rey que les quitó todo y sentarse otra vez donde nacieron.
Cuando Damián terminó, la cabaña estaba en silencio. Hasta Tobías había dejado de afilar.
Y Cassidy, atada a una silla en medio de tres huérfanos armados, entendió que el tablero era mucho más grande de lo que había creído.
No agarré tres bandoleros. Agarré tres reyes sin corona, con quince años de odio bien guardado, apuntando al mismo hombre que me casó a la fuerza con su hijo asesino. Dios, viejo tramposo, empiezo a entender para qué me trajiste.
—Ahora entiendo por qué me querían muerta tan rápido —dijo, rompiendo el silencio—. Soy la prometida del hijo del hombre que mató a sus padres. Para ustedes soy la usurpación con vestido. —Los miró uno por uno—. Y tienen razón. Si yo fuera ustedes, también me cortaría el cuello.
—Qué bueno que estamos de acuerdo —dijo Adriano.
—Pero se equivocan en una cosa. —Cassidy se inclinó hacia adelante todo lo que la cuerda permitió—. Yo no elegí a ese príncipe. Me vendieron a él como se vende una vaca. Y él, para no cargar conmigo, me mandó matar en un caballo antes de la boda. Ese hombre no es mi familia. Es mi verdugo, igual que el padre es el de ustedes. Ustedes quieren al rey. Yo quiero al hijo. Es el mismo árbol. Solo que yo puedo llegar a las ramas por dentro, y ustedes llevan quince años tratando de talarlo desde afuera.
Silencio. Uno distinto. El de tres hombres haciendo cuentas.
—¿Y qué propones? —preguntó Adriano. Y por primera vez no dijo "gorda" ni "princesa". Lo dijo casi como se le habla a un igual.
Ahí está. Ahí lo tengo.
—Lo obvio —dijo Cassidy—. Yo vuelvo a ese castillo. Sigo siendo la tonta, la gorda, la que no se entera de nada. Y desde adentro les abro puertas, les paso información, les preparo el terreno. Ustedes dejan de asaltar caminos como perros con hambre y empiezan a jugar como lo que son. Y cuando llegue el momento, el rey y su hijo no van a saber de dónde les llegó el golpe. —Sonrió—. No les pido que confíen en mí. Les pido que hagan la cuenta. Muerta, no les sirvo de nada. Viva y adentro, les sirvo de mucho.
Adriano la miró largo. Damián ya la miraba distinto. Tobías había vuelto a afilar, pero más lento.
Fue Damián quien rompió la tensión, porque los de lengua suelta no aguantan un silencio serio.
—Tengo que reconocerlo —dijo, apoyándose en la mesa—. Nunca vi a nadie negociar su propia vida atada a una silla y salir ganando. Eres peligrosa, princesa.
—Soy útil —corrigió ella—. Es distinto. Peligrosa te da miedo. Útil te da resultados. Aprende la diferencia y vas a llegar lejos, guapo.
—¿Guapo otra vez? —Damián se llevó la mano al pecho—. Vas a hacer que me sonroje.
—Con tres caras iguales en el cuarto, "guapo" es lo práctico. Así les hablo a los tres y no me equivoco.
Tobías soltó, por lo bajo, algo que en cualquier otra persona habría sido una risa. Damián se atragantó de indignación fingida. Y hasta Adriano dejó escapar, apenas, una curva en la comisura antes de borrarla como si le doliera.
Y esa curva —la media sonrisa arrancada a la fuerza en la cara del más duro de los tres— fue la que se le quedó pegada. No la de Damián, que se regala a cualquiera. La otra. La que costaba.
No. Esa no, Boone. Esa es peligrosa, y no por el cuchillo. Un hombre al que le cuesta sonreír es justo la clase de hombre por el que una idiota se deja arruinar. Miras a los tres. No te quedas con ninguno. Así se juega.
Hablaron casi hasta el amanecer. De la corte, del rey, de quién era leal a quién, de las patrullas. Ella dio lo justo y guardó lo demás, porque una no entrega toda la baraja la primera noche. Para cuando el cielo empezó a aclarar por la única ventana, había en esa cabaña algo impensable tres horas antes: no confianza —eso lleva años—, pero sí un pacto. Frágil, incómodo, hecho de conveniencia y de odios que apuntaban al mismo lado. Suficiente.
Adriano se levantó para cortarle por fin las cuerdas.
Y en ese momento Tobías —que no había dicho tres palabras en toda la noche, pero que oía como un lobo— levantó la cabeza de golpe.
—Caballos —dijo.
Una sola palabra, y la cabaña entera cambió. Damián apagó el fuego de un manotazo. Adriano tenía la espada en la mano antes de que Cassidy terminara de girar hacia la ventana. Tobías ya estaba pegado a la pared, junto a la puerta, con el cuchillo listo.
Afuera, entre los árboles, entre la niebla del amanecer, se movían sombras. Muchas. Cascos, metal, órdenes en voz baja. No eran dos. No eran cinco.
Cassidy reconoció, colgado del pecho de un jinete que asomó entre la bruma, el escudo del castillo. Los colores del duque. Los guardias.
—Los mandó Ágata —murmuró, atando cabos a toda velocidad—. No vinieron a rescatarme. Vinieron a confirmar que estoy muerta. Y si me encuentran viva, aquí, con ustedes…
No terminó la frase. No hacía falta.
Tres forajidos buscados, la princesa "muerta" bien viva en su guarida, y un anillo de espadas del castillo cerrándose alrededor de la cabaña en la niebla.
Adriano la miró. Cassidy le sostuvo la mirada.
—¿Y ahora, socia? —dijo él, bajo, con la espada en la mano—. ¿Tu labia también sirve contra veinte espadas?