En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 11 DANZA, SOMBRAS Y PROMESAS +18
Mia
El bochorno aún me quemaba las mejillas cuando regresé al Gran Salón de los Candelabros. Mi pulso era un tambor frenético desbocado contra mis costillas. Podía sentir el rastro del toque de Aelion impregnado en mi piel, la humedad entre mis muslos y el recuerdo abrasador de sus labios susurrándome promesas dominantes en la penumbra de la galería.
Caminé con la cabeza erguida, buscando mantener la compostura mientras la seda verde de mi vestido me rozaba las piernas. Mi tío Dorian, ajeno por completo al torbellino de pasión y vergüenza que casi me consume a metros de allí, me sonrió con calidez al verme reincorporar a su lado.
—Mia, querida, no te alejes demasiado —murmuró Dorian en un tono bajo y lleno de admiración—. La reina nos ha presentado ya ante varias eminencias. Este lugar es un hervidero de seres de todo el continente.
Apenas me reubiqué a su lado, la Reina Elora se acercó con su andar majestuoso, luciendo una sonrisa serena que me hizo temer que supiera exactamente dónde y con quién había estado.
—Mia, Dorian, quiero presentarlos a un par de invitados de honor —dijo la soberana elfa, guiándonos con un gesto grácil hacia un círculo de figuras imponentes.
A la izquierda se encontraban los Reyes Hadas del Reino de Illyria. La reina lucía alas translúcidas que destellaban como polvo de diamantes bajo los candelabros, y su esposo portaba una corona de espinas de plata y orquídeas vivas. A la derecha, la atmósfera se volvía densa, salvaje y sobrecogedora: los Reyes Cambiaformas de la estirpe Licántropa.
El rey era un hombre colosal de cabello oscuro, hombros anchos como montañas y ojos dorados que escudriñaban el salón con el instinto de un alfa predador; a su lado, la reina emanaba una belleza feral y magnética, envuelta en telas de terciopelo borgoña.
—Es un honor, majestades —articulé, haciendo una reverencia impecable junto a mi tío.
—El honor es nuestro, jovencita —respondió la Reina Licántropa, fijando sus ojos dorados en mí con una agudeza que me hizo contener el aliento. Por un instante, pareció olfatear el aire a mi alrededor, frunciendo levemente el ceño como si percibiera el aura inconfundible de Aelion gravitando sobre mi cuerpo—. Tienes un aroma fascinante... una mezcla de naturaleza pura y poder dormido.
Me limité a sonreír con timidez, agradeciendo que la atención del salón se desviara de inmediato cuando las trompetas de plata anunciaron el hito principal de la velada: la apertura del baile oficial del Solsticio.
La música cambió a un vals majestuoso y lento. La multitud de nobles abrió un círculo amplio en el centro de la pista de mármol pulido.
Mi corazón dio un vuelco doloroso cuando vi a Aelion avanzar al centro. Lucía imponente, impecable, pero su mirada azul buscó la mía a través de la multitud con una fijeza que me heló la sangre. Sin embargo, para mi absoluta desgracia y pesar, el protocolo real no perdonaba. Lady Isolda —la hermosa, altiva y perfecta dama elfa que el Consejo anhelaba como su prometida— dio un paso al frente con una sonrisa de victoria ensayada.
Aelion le ofreció la mano con una frialdad contenida, casi mecánica, y la tomó por la cintura para comenzar el baile.
Verlos girar juntos bajo las luces mágicas me clavó un puñal en el pecho. Ella vestía en oro y rojo, encajando a la perfección en el cuadro de la realeza elfa, mientras yo observaba desde la periferia como una simple espectadora. A pesar de que los ojos de Aelion no se despegaban de los míos ni un solo segundo mientras hacía girar a Isolda por la pista, el dolor y la duda comenzaron a corroerme por dentro. ¿Qué era yo para él? ¿Solo una aventura nocturna, uncapricho pasajero antes de asumir su trono y casarse con una dama de su alta alcurnia?
El baile terminó entre aplausos ensordecedores. La velada transcurrió durante las dos horas siguientes en una calma aparente, aunque para mí fue una tortura silenciosa. Aelion fue rodeado por señores feudales y diplomáticos, impidiéndole acercarse de nuevo, mientras yo me limitaba a beber pequeños sorbos de vino dulce al lado de mi tío.
Cerca de la medianoche, cuando el ambiente del gran salón se volvía más relajado y la multitud comenzaba a dispersarse hacia los jardines, un guardia de la guardia privada real —un elfo alto de rostro impasible y capa gris— se plantó frente a mí.
—Dama Mia —dijo el guardia con una reverencia rígida—. El Príncipe Heredero solicita su presencia en los aposentos privados de la torre este. Me ha ordenado escoltarla de inmediato.
—¿Ahora? —murmuré, sintiendo que el pulso se me aceleraba—. Dile que no puedo... mi tío y yo ya nos retirábamos.
El guardia no se movió un solo centímetro. Su mirada era inflexible.
—El príncipe fue muy enfático, mi dama. No aceptará un "no" por respuesta. Por favor, sígame.
Miré a Dorian, quien conversaba animadamente con un erudito elfo sobre botánica medicinal y no notó la interacción. Sabiendo que causar una escena atragantaría la paz de la fiesta, tragué saliva, me arreglé la falda y asentí lentamente.
—Está bien. Guíeme.
Caminamos por pasillos interminables de piedra tallada, dejando atrás el murmullo distante de la música y la multitud. Subimos por una escalinata de caracol iluminada por antorchas de fuego azul hasta llegar a una majestuosa puerta de nogal oscuro con incrustaciones de plata. El guardia abrió la puerta, hizo una reverencia y se retiró, dejándome sola en el umbral.
Entré con pasos vacilantes.
La habitación era colosal y de un lujo sobrio. Una chimenea encendida creaba un juego de sombras cálidas sobre la alfombra de pieles, y un ventanal gigantesco mostraba la luna llena sobre las montañas. La gran cama de dos plazas de madera tallada y dosel de seda azul dominaba el centro.
Miré a mi alrededor. No había nadie.
—¿Aelion? —llamé en un hilo de voz, dando dos pasos hacia el centro de la estancia.
El silencio fue la única respuesta. Pensé por un segundo que se trataba de una equivocación o una broma de mal gusto. Estaba a punto de dar media vuelta para marcharme cuando dos brazos fuertes y cálidos me rodearon la cintura desde atrás, pegando mi espalda contra un pecho ancho y firme como la roca.
Un ahogo de sorpresa se me escapó de la garganta.
—Te dije que no me harías esperar... y que no dejaría que te me escaparas —susurró Aelion contra mi oído, su aliento caliente erizándome cada vello del cuerpo.
—Aelion... me asustaste —protesté con la voz temblorosa, aunque mi cuerpo se traicionó a sí mismo, relajándose de inmediato contra su abrazo.
—Cumplo mis promesas, Mia —murmuró con una voz grave, rasposa y cargada de un deseo peligroso que hizo que mis rodillas flaquearan.
Giró mi cuerpo con lentitud hasta tenerme de frente. Sus ojos azules brillaban en la penumbra con un fuego devorador, despojado de cualquier máscara de príncipe o protocolo. Éramos solo él y yo.
Sin romper el contacto visual, las manos de Aelion subieron hasta mis hombros. Sus dedos largos se deslizaron con una delicadeza tortuosa sobre la seda verde de mi vestido. Desató los finos cordones de la espalda uno a uno, disfrutando del sonido del chasquido de las cintas al ceder. Con un movimiento pausado, despojó la prenda de mis hombros, dejándola caer a mis pies en un susurro de tela.
Quedé expuesta ante él solo en mi ropa íntima de lino fino. La mirada de Aelion recorrió cada centímetro de mi piel expuesta con un hambre voraz que me hizo jadear.
—Eres perfecta... un milagro —siseó, tomándome en brazos sin el menor esfuerzo y llevándome hacia la gran cama.
Me depositó sobre las sábanas de seda con una suavidad extrema. Se despojó de su pesada chaqueta ceremonial, tirándola al suelo sin darle importancia, y luego se posicionó sobre mí, acorralándome entre sus brazos.
Su boca encontró la mía en un beso profundo, hambriento y posesivo. Su lengua exploró la mía con una maestría que me hizo perder el sentido del tiempo y del espacio. Mis manos subieron instintivamente a su cabello negro, enredando mis dedos en sus mechones mientras le devolvía el beso con una desesperación compartida.
Aelion bajó sus besos por mi mandíbula, siguiendo la línea curva de mi cuello hasta llegar al escote de mi prenda íntima. Con sus dedos expertos, desabrochó la tela y la retiró, dejando mis pechos completamente al descubierto bajo la luz de la luna.
Un gemido agudo se me escapó cuando su boca rodeó uno de mis pezones, atrapándolo con firmeza y chupando con una lentitud erótica que hizo que mi pelvis se arqueara hacia arriba por puro instinto. Su lengua jugaba con la punta erguida, saboreándome mientras su mano libre amasaba mi otro pecho con una presión justa y deliciosa.
—Aelion... oh, dioses... —gimoteé, aferrándome a sus hombros desnudos mientras un calor líquido se extendía por la parte baja de mi vientre.
Él no se detuvo. Descendió por mi abdomen con besos húmedos y ardientes hasta llegar al borde de mi última prenda. Con un tirón suave la retiró, dejándome completamente desnuda bajo su cuerpo.
Aelion abrió mis piernas con delicadeza, acomodándose entre mis muslos. Levantó la mirada y me observó mientras deslizaba dos de sus dedos en el corazón de mi centro. Estaba hirviendo, completamente empapada por el deseo que él provocaba en mí. Solté un grito sordo cuando sus dedos comenzaron a moverse dentro de mí, entrando y saliendo con un ritmo constante mientras su pulgar acariciaba mi punto más sensible con una presión tortuosa.
—Mira lo que me haces, Mia... cómo te abres para mí —murmuró con la voz enronquecida por la lujuria, observando mi rostro transfigurado por el placer.
El placer era demasiado intenso, una marea abrasadora que amenazaba con hacerme perder el conocimiento. Me retorcí sobre las sábanas, clavando mis uñas en la piel de sus espaldas mientras Aelion aumentaba el ritmo de sus dedos, probando la humedad de mi centro en sus propios labios antes de volver a besarme con fuerza.
No pude aguantar más. Aelion se deshizo de sus pantalones en un movimiento rápido y se posicionó entre mis piernas desnudas. La punta dura y ardiente de su miembro rozó mi entrada, haciéndome temblar de anticipación.
—Mírame, Mia —ordenó en un susurro dominante pero cargado de un cariño infinito.
Lo miré a los ojos, sintiendo que me ahogaba en la profundidad de sus pupilas azules.
Aelion se introdujo dentro de mí. Lo hizo con una lentitud calculada, tortuosa y profunda, permitiendo que mi cuerpo lo amoldara milímetro a milímetro. Un jadeo ahogado se nos escapó a ambos al mismo tiempo cuando estuvo completamente dentro de mí, llenándome por entero en una unión tan perfecta que hizo brotar lágrimas de mis ojos.
Se quedó inmóvil un segundo, apoyando su frente contra la mía, respirando con agitación mientras sus manos se entrelazaban con las mías sobre la almohada.
—Eres mía... solo mía —susurró con una devoción feroz.
Comenzó a moverse. Sus embestidas iniciales fueron lentas y profundas, buscando cada rincón de mi interior y sacando de mi garganta gemidos continuos que resonaban en la habitación silenciosa. Poco a poco, la pasión descontrolada volvió a tomar el mando. Aelion aumentó el ritmo, embistiéndome con una fuerza arrolladora, rápida y hambrienta que hacía gemir la estructura de la cama.
El sonido de nuestros cuerpos chocando, los jadeos entrecortados, el roce de la piel sudada y los besos desenfrenados convirtieron la habitación en un santuario de puro erotismo. Yo envolvía mis piernas alrededor de su cintura, empujando mi cadera al encuentro de la suya, buscando más y más de esa sensación de plenitud absoluta.
—Aelion... me voy a... no puedo más... —supliqué entre jadeos, sintiendo que las paredes de mi interior se contraían violentamente alrededor de su miembro.
—Llegemos juntos, mi amor... ven conmigo —pidió él contra mis labios, acelerando las estocadas finales con un frenesí salvaje.
El clímax nos alcanzó al mismo tiempo en una explosión devastadora de placer puro. Un espasmo eléctrico me recorrió de pies a cabeza mientras gritaba su nombre contra su cuello, sintiendo cómo mi centro se contraía convulsivamente. Aelion soltó un rugido sordo y profundo, hundiéndose hasta el fondo una última vez mientras su semen caliente llenaba mi interior, temblando sobre mi cuerpo exhausto.
Nos quedamos unidos durante varios minutos, escuchando únicamente el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el latir desbocado de nuestros corazones latiendo al mismo ritmo.
Aelion se dejó caer a mi lado sin salirse del todo de mí, rodeándome con sus brazos protectores y pegándome a su pecho desnudo. Pasó sus dedos con ternura por mi cabello despeinado, besando mi frente con una delicadeza que me conmovió el alma.
—Te amo, Mia... Eres mi vida entera —murmuró Aelion en la penumbra, pegando sus labios a mi oído con una convicción que me estremeció por completo.
Cerré los ojos, apoyando la mejilla contra su pecho firme, sintiendo el calor de su piel. Deseaba creerle con todas las fuerzas de mi corazón, pero mientras el cansancio me dominaba y me quedaba dormida en sus brazos, una sombra de duda seguía flotando en mi mente: ¿qué tan reales eran sus promesas de amor cuando al día siguiente el mundo real nos exigiría volver a nuestras vidas separadas?