Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— La máscara se agrieta
Kaelen decidió que ya no esperaría. Si no podía tener a Draven, entonces destruiría todo lo que él amaba. Y empezó a trabajar con una precisión quirúrgica.
Creó cuentas anónimas en redes sociales donde subía fragmentos de mensajes, fotos fuera de contexto, rumores sutiles sobre la conducta de Seraphina. «¿Es realmente tan dulce como parece?», «¿Por qué todos la evitan en la agencia?», «¿Qué le hizo a su hermana ?». No puso pruebas definitivas… aún. Solo sembró la duda. Y la duda creció como maleza.
Las marcas empezaron a cancelar contratos. Las amigas dejaron de responder sus mensajes. Los profesores la miraban raro. Incluso en su propia escuela, la gente empezó a susurrar cuando pasaba. Seraphina estaba desesperada. Lloraba, gritaba, exigía que su padre hiciera algo… pero Draven, por primera vez, no podía arreglarlo con dinero ni poder. Porque la gente ya no le creía.
—¡Alguien me está destruyendo! —gritaba en la mesa del comedor durante la cena, tirando los cubiertos al suelo—. ¡Papá, haz algo! ¡Destrúyelos a todos!
—No puedo destruir rumores, Seraphina —respondió Draven con cansancio—. Tienes que demostrar que no son ciertos.
—¡Pero son mentiras! —lloraba ella.
—Entonces demuéstralo —dijo Liora suavemente, desde su silla—. Sé amable. Sé humilde. Y la gente verá la verdad.
Seraphina la miró con odio puro.
—Tú… tú estás detrás de todo. ¡Quieres quitarme mi lugar!,¡No soportas lo que tengo!..
—No quiero tu lugar —respondió Liora con calma—. Solo quiero que dejes de odiarme por ocupar espacio que no te robé.
Jax vino a ver a Kaelen una última vez. Lo encontró en su habitación, revisando archivos en su computadora, con una expresión que le heló la sangre.
—Tú estás haciendo todo esto —dijo Jax, con voz quebrada—. Los rumores, los mensajes, todo.
Kaelen no lo negó.
—Ella mató a Mila. Y ahora va a pagar.
—¿Y Draven? —preguntó Jax, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Cuando él descubra que fuiste tú… qué harás? ¿Lo destruirás también?
Kaelen se quedó callado.
—Te amo, Kaelen —susurró Jax, con la voz quebrada como vidrio roto, sin atreverse a levantar la mirada del suelo porque sabía que si lo hacía, se derrumbaría por completo—. Y siempre te amaré, con cada pedazo de mi alma, incluso cuando me duela. Pero no puedo quedarme a ver cómo te conviertes en exactamente lo que juraste odiar. No puedo quedarme a observar cómo el veneno que te inyectaron te consume hasta dejarte sin corazón. Me voy.
—¿A dónde? —preguntó Kaelen, levantándose de golpe, los ojos desorbitados, las manos temblando como si el suelo mismo se estuviera abriendo bajo sus pies—. ¡Jax, espera! ¿A dónde vas?
—Lejos de aquí —respondió Jax, y por primera vez lo miró a los ojos —esos ojos que amaba desde que eran niños—, y en ellos no vio odio, sino tristeza infinita, compasión y miedo—. Lejos de esta ciudad que respira maldad, lejos de esta guerra que no es nuestra, Y espero… —hizo una pausa, tragó saliva con dificultad, como si las palabras le quemaran por dentro— espero que cuando termines de destruirlos a todos, uno por uno, cuando hayas logrado todo lo que te propones… no te encuentres solo. Porque entonces, será demasiado tarde para volver atrás.
Se marchó. Sin mirar atrás ni una vez, porque sabía que si lo hacía, se quedaría. Los pasos de Jax resonaron en el pasillo, cada uno más lejos, más débil, hasta desaparecer por completo.
Se quedó solo en la habitación. El silencio lo golpeó con más fuerza que cualquier puñetazo. Solo, como siempre. Solo, tal como quería Mila. Solo, tal como había planeado desde el principio. Pero por primera vez, no se sintió victorioso. No sintió el triunfo que había imaginado en mil noches de insomnio. Se sintió vacío. Tan vacío que el aire mismo parecía pesado a su alrededor. Se deslizó hasta el suelo, la espalda contra la pared fría, y abrazó sus rodillas contra el pecho. Las lágrimas le quemaban los ojos pero no caían, porque ya se le habían secado hacía mucho tiempo.
—Jax… Amigo—susurró al vacío, con una voz que apenas era un hilo de aire—. ahora estoy solo.