Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.
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CAPÍTULO 5 Días de sol y risas
La mañana después de salvar a Chispa amaneció tan clara, tan dorada, que parecía que el sol mismo había decidido quedarse un rato más sobre el pueblo de San Pedro.
En la cocina de la casita de madera, todo olía a pan recién horneado y a hierbabuena. La abuela Rosa había dejado la masa lista sobre la mesa antes de irse a hablar con la curandera del pueblo, y había escrito una nota con letras grandes para Julián: *Hagan galletas. No dejen que Lucía acerque la estufa. Con cariño, abuela.*
Julián leyó la nota y sonrió, negando con la cabeza. Se giró hacia Lucía, que estaba de pie en medio de la cocina con Mota dormido sobre un hombro y Chispa —todavía con la venda azul en la pata— sentado a sus pies, mirándola con los ojitos brillantes. Ella llevaba el delantal de cuadros rojos de la abuela, que le llegaba hasta los tobillos, y se lo había ajustado con un nudo enorme a la cintura.
—Vamos a hacer… galletas —anunció ella, muy seria, como si fuera la cosa más importante del mundo entero.
Julián se subió las mangas de la camisa.
—Sí, vamos. Pero primero: regla número uno. Tú no te acercas a la estufa para nada. Regla número dos: la harina se queda dentro del bol. Regla número tres…
Se detuvo. Lucía ya no lo estaba escuchando. Había clavado toda su atención en el bol grande de cerámica llena de harina blanca y suave. Metió una mano despacio, hasta la muñeca, la sacó llena de polvo blanco, y la miró con una fascinación inmensa, como si hubiera encontrado oro.
—Suave —dijo, y frotó los dedos entre sí, haciendo que una nube pequeña de harina flotara en el aire.
Julián se rió suave. Olvidó las reglas.
—Sí, muy suave. Ahora ven, te enseño a romper un huevo.
Lo que siguió fue el desastre más hermoso y divertido que Julián había vivido en toda su vida.
Lucía intentó agarrar el huevo con ambas manos, lo apretó un poquito demasiado fuerte, y la clara y la yema se derramaron por mitad sobre la mesa y mitad sobre su delantal. Ella se quedó mirando el líquido amarillo corriendo por la madera, sin entender muy bien qué había pasado, y luego levantó la vista hacia Julián con una expresión de culpa tan grande que él no pudo evitar reírse a carcajadas, de verdad, de esas que duelen un poco la panza.
—No pasa nada —dijo entre risas, limpiándole un poco de yema de la mejilla con el dorso de la mano—. Lo arreglamos. Cogemos otro.
El segundo huevo salió mejor. El tercero, mitad adentro mitad afuera. La harina terminó esparcida por toda la mesa, por el suelo, por el pelo de ambos, y hasta en el lomo de Mota, que se despertó de su siesta, miró su pelaje blanco y se lamió una pata con indiferencia. Chispa intentó lamer un poco de azúcar que se había caído, y Lucía, en un intento heroico de salvarlo, se agachó de golpe y golpeó la frente contra la pata de la mesa. No le dolió mucho, pero se quedó sentada en el suelo un segundo, sorprendida, y luego soltó una risa tan clara, tan larga y tan sincera que Julián se sentó a su lado y se rió con ella hasta que le dolieron los costados.
Cuando terminaron, tenían una bandeja con doce galletas de formas irregulares: unas eran como soles, otras como estrellas rotas, una parecía un gato, otra no parecía nada de nada. Las metieron al horno con mucho cuidado, y mientras se cocinaban, se sentaron en el suelo a limpiar el desastre, Lucía pasando un trapo muy despacio por el mismo punto una y otra vez, hasta que Julián le dijo que ya estaba limpio, de verdad.
—Hicimos… bien —dijo ella, muy orgullosa, limpiándose una mancha de harina de la nariz con el dorso de la mano y consiguiendo solo esparcirla más.
Julián la miró. Tenía el pelo lleno de polvo blanco, las mejillas rosadas por el calor de la cocina, los ojos brillantes de felicidad. Nunca la había visto tan bonita.
—Sí —dijo, sonriendo—. Lo hicimos perfecto.
Cuando las galletas estuvieron listas, doradas y calientes, se las llevaron al campo que había más allá del arroyo, donde el pasto era alto y suave y nadie los molestaba. Era la hora en que el sol está más alto, pero bajo la sombra de un árbol grande de eucalipto hacía fresco. Extendieron una manta vieja a rayas, sentaron a los dos animalitos con cuidado —Chispa todavía no podía correr mucho por su pata— y se echaron boca arriba, mirando el cielo.
Arriba, las nubes blancas pasaban despacio, muy despacio, movidas por un viento suave que olía a hierba seca y a flores silvestres.
—Mira —dijo Julián, señalando con un dedo—. Esa de allá parece un barco grande. ¿Lo ves? Con velas y todo.
Lucía entrecerró los ojos. Se quedó callada mucho rato. Minutos. Julián ya pensaba que no había entendido, que se había quedado dormida, cuando ella habló, muy bajito, muy despacio:
—No… todavía… no sale.
—¿Ah, no? Bueno, no importa —dijo él, encogiéndose de hombros—. A veces no se ve nada. Es normal.
Ella negó con la cabeza despacio, sin quitar los ojos del cielo.
—Sí sale… —corrigió, con una paciencia infinita—. Hay que… esperar… que salgan. No corren.
Julián se quedó callado.
Esas palabras, dichas tan sencillamente, como si fuera la verdad más obvia del mundo, le dieron vueltas en la cabeza como un caracol. Claro. Por supuesto. Las nubes no tenían prisa. Él sí la tenía. Él siempre tenía prisa por ver, por entender, por terminar, por pasar a lo siguiente. Por eso no veía nada. Porque no esperaba.
Se acomodó mejor sobre la manta, cruzó las manos detrás de la cabeza y decidió hacer exactamente lo que ella le decía: nada. Solo esperar. Mirar. Sin prisa. Sin querer ver figuras de inmediato.
Pasaron cinco minutos. Diez.
Y entonces lo vio.
Una nube grande y redonda se fue transformando poco a poco, despacio, hasta parecerse perfectamente a un gato enorme con la cola levantada. Justo al lado, otra más pequeña parecía un perrito corriendo detrás de él.
—¡Oye! —exclamó Julián, sorprendido—. ¡Ahora sí! Veo un gato… y un perrito que lo persigue. ¿Lo ves?
Lucía sonrió, una sonrisa tan grande que le hicieron hoyuelos en las mejillas. Asintió tres veces, muy contenta.
—Te dije —dijo, sencilla—. Hay que… esperar.
Se quedaron ahí una hora más, señalando nubes: un dragón, una casa con chimenea, una flor enorme, una señora con sombrero. Julián no recordaba la última vez que se había divertido tanto sin hacer nada, sin correr, sin música, sin amigos, sin nada más que el cielo y una niña que le enseñaba a ver el mundo de otra forma.
Cuando el sol empezó a bajar, volvieron caminando despacio a casa. Lucía llevaba a Mota en brazos, Julián llevaba a Chispa y la manta doblada, y entre los dos iban comiendo las últimas galletas, que ya estaban frías pero seguían siendo las más ricas del mundo.
Al llegar, la abuela los esperaba en el porche con una sonrisa. Les dijo que, como habían trabajado tanto en la cocina, esa noche les tocaba bañar a los animales.
Julián y Lucía se miraron. Ambos supieron, al mismo tiempo, que eso sería otro desastre.
Y lo fue.
Llenaron la tina grande de madera con agua tibia y jabón suave. Primero intentaron con Mota. El gato, que normalmente era el ser más tranquilo del universo, en el momento en que sintió el agua en las patas, se transformó en una furia de arañazos y maullidos. Se escapó tres veces, corrió por toda la sala, se subió encima del armario, y cuando por fin Julián logró agarrarlo, tenía la camisa toda rota y Lucía se reía tanto que tenía que sentarse en el suelo para no caerse.
Chispa, en cambio, amaba el agua. Movía la cola con tanta fuerza que salpicaba todo a su alrededor: las paredes, el suelo, Julián, Lucía, hasta la lámpara que colgaba del techo. Cuando terminaron, los dos chicos estaban tan mojados como los animales, el suelo de la cocina parecía un río, y había jabón por todas partes.
La abuela entró, vio el desastre, puso las manos en la cintura, y durante un segundo pensaron que se iba a enojar. Pero luego sus labios se curvaron en una sonrisa grande, y se rió también, tan fuerte como ellos.
—Dios mío —dijo, secándose una lágrima de la risa con el delantal—. Menos mal que mañana no llueve, porque si no nos ahogamos dentro de la propia casa.
Esa noche, después de cenar sopa caliente y pan tostado, se quedaron todos en el porche viendo cómo salían las primeras estrellas. Lucía estaba sentada entre Julián y la abuela, con la cabeza apoyada en el hombro de él, medio dormida, con Mota acurrucado en su falda y Chispa dormido a sus pies. Había comido tres galletas, se había reído todo el día, y ahora estaba tranquila, feliz, sin ninguna preocupación en su cabeza pequeña y dulce.
Julián la miraba de reojo. Pensó en cómo era él antes, en la ciudad: siempre corriendo, siempre enojado, siempre aburrido, pensando que nada valía la pena. Pensó en que, solo unas semanas atrás, haber pasado un día entero haciendo galletas desastrosas, mirando nubes y bañando gatos y perros le habría parecido el aburrimiento más grande del mundo.
Ahora, sin embargo, sentía que era el día más perfecto que había vivido en muchísimo tiempo.
No había habido nada especial. Ninguna aventura grande, ninguna sorpresa, nada que contar a sus amigos de la ciudad para que lo envidiaran. Solo había habido lentitud. Solo había habido esperar. Solo había habido Lucía, con su forma de ser, enseñándole que las cosas más bonitas de la vida nunca son las que pasan corriendo. Son las que se quedan. Las que te tomas el tiempo de ver, de saborear, de querer de verdad.
—Ju-lián —susurró Lucía, medio dormida, apretándole la mano con su manita pequeña.
—¿Sí, cielo?
Ella levantó un dedo despacio, señaló una estrella que brillaba más fuerte que todas las demás, y dijo, con una claridad que le partió el corazón de ternura:
—Hoy… feliz.
Julián apretó su mano con cuidado. Miró a la abuela, que lo miraba también, con los ojos húmedos y una sonrisa de agradecimiento que no necesitaba palabras. Miró el pueblo dormido, las luces chiquitas de las casas, el cielo inmenso arriba de ellos.
—Sí —dijo, muy bajito, para que solo ella lo oyera—. Hoy sí, Lucía. Hoy somos muy felices.
No sabían, claro está. No podían saberlo todavía. Que esos días de sol y risas, de galletas desastrosas y nubes que parecían animales, de abrazos y promesas silenciosas, eran los días más bonitos que les quedaban por vivir. Que el mundo, que siempre corre, que siempre tiene prisa, volvería pronto a meterse en sus vidas para romperles todo en pedazos.
Pero esa noche no importaba.
Esa noche, solo importaba el ahora. El calor del cuerpo de la niña contra su brazo. El ronroneo del gato. Los ladridos suaves del perrito mientras soñaba. La mirada tranquila de la abuela. El olor a hierbabuena y a pan dulce que siempre quedaba en la casita.
Esa noche, eran cuatro. Eran una familia. Y todo, por un rato muy largo, fue exactamente como debía ser.