Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.
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La última leyenda
El silbato de Marcus resonó por todo el campo sintético, pero lo que siguió no fue fútbol.
Fue un desastre.
No porque los jugadores fueran malos. Eran prodigios, cada uno forjado en el yunque de su propio infierno personal. El problema era que nunca habían jugado juntos. Cada uno venía de un planeta distinto, con una comprensión diferente del espacio, del tiempo y del balón, y con siglos de esclavitud pesando más que cualquier gravedad artificial.
Maldek recibió un pase hacia atrás. En lugar de controlarlo, su instinto de minero de Tártaro se apoderó de él. Despejó el balón con una fuerza devastadora. La esfera salió disparada como un meteorito, cruzando el campo en un segundo y pasando a milímetros de la cabeza de Cholo Solís, que tuvo que lanzarse al suelo para evitar ser noqueado.
—¡Casi me matas, pedrusco! —gritó Cholo, escupiendo césped sintético.
En el otro extremo, Vex recibió un pase. En dos segundos, ya estaba solo en el lado opuesto del campo. Se detuvo, miró hacia atrás. Nadie. Ni Maldek, ni Beckor, ni Cholo. Todos estaban a cuarenta metros. Vex suspiró, frustrado, y tuvo que volver conduciendo el balón él mismo, haciendo regates innecesarios contra conos imaginarios solo para sentir que estaba jugando.
En el centro del campo, Tsubasa Cané intentó una hermosa pared, un toque de primera digno de las antiguas artes marciales de la Tierra. Pero Kendall no se movió. El uraniano estaba calculando una trayectoria probabilística que Tsubasa no había ejecutado. El pase de Tsubasa golpeó el aire vacío.
Beckor, mientras tanto, retrocedió para cubrir la banda izquierda. Se plantó, listo para interceptar. Esperó. Y esperó. Pero el ataque nunca llegó por ahí porque Vex ya había perdido el balón por exceso de confianza. Beckor se quedó solo, paralizado, acostumbrado a obedecer órdenes directas en lugar de leer el juego caótico.
Xaren estaba en el círculo central. No corría. Solo observaba a todos, abrumado. Sin el contexto visual de los once mil partidos históricos, no sabía cómo leer a *estos* jugadores específicos. Su mente, capaz de predecir el futuro en una pantalla, se congeló ante el presente desordenado.
Marcus hizo sonar el silbato. El sonido agudo cortó el aire.
Los siete se detuvieron, jadeando, mirándose con frustración. No habían tocado el balón con coherencia ni una sola vez. Había talento, sí. Pero no había equipo. Marcus sintió el peso de todo el sistema solar aplastándolo. Caminó hacia la banda, pasándose las manos por el cabello, derrotado.
Fue entonces cuando vio la figura.
En el borde del campo sintético, bajo la sombra de una de las cúpulas de cristal, estaba el anciano saturnino. El del bastón. El que les había enseñado en Tártaro que la esperanza era lo último que moría.
Marcus se quedó inmóvil.
—¿Qué hace él aquí?
Regal apareció a su lado, impasible, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Siempre hay que mirar más allá, Marcus. Mientras usted buscaba jugadores... yo buscaba a alguien que pudiera enseñarles.
Y sin añadir otra palabra, Regal se dio la vuelta y se alejó, dejándole la decisión a él.
Marcus respiró hondo, irguió la espalda y caminó hacia el anciano. Le tomó del brazo con suavidad, intentando ser amable pero práctico.
—Le hemos preparado una habitación en el ala este. Cótese el pelo. Aféitese. Con todos mis respetos, anciano... parece un vagabundo.
El anciano se soltó el brazo. Miró a Marcus de arriba abajo con una mezcla de burla y desafío.
—¿Y usted parece un entrenador?
Antes de que Marcus pudiera responder, el bastón cayó.
*¡ZAS!*
Un golpe seco, preciso, directamente en la espinilla.
—¡Ay! —Marcus saltó, frotándose la pierna.
—¡Irreverente! —rugió el anciano, apoyándose en el bastón como si fuera un cetro—. ¡Respete las canas de quien sabe más de fútbol que usted!
Marcus lo miró, adolorido pero con una sonrisa tirándole de la comisura de los labios. La tensión se rompió. Por primera vez en días, sintió algo parecido a la normalidad. Este hombre no temía ni a las instalaciones de Omega, ni a la tecnología de Omicron, y desde luego no a él.
Mientras el anciano se alejaba cojeando hacia los vestuarios, inspeccionando el césped sintético con ojo crítico, uno de los jóvenes esclavos saturninos que los habían acompañado desde Tártaro se acercó a Marcus. Su rostro era serio, cargado de una reverencia antigua.
—¿Lo trajo usted? —preguntó en voz baja.
Marcus asintió, aún frotándose la espinilla.
—Sí.
El saturnino exhaló, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años.
—Entonces todavía tenemos una oportunidad.
Marcus frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué? Es un anciano con un bastón y un temperamento terrible.
El saturnino miró hacia los vestuarios, donde la figura encorvada del anciano desaparecía tras la puerta automática. Luego volvió a mirar a Marcus.
—Porque ese anciano... ya ha estado donde usted quiere llegar.
Marcus sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del complejo.
—¿Qué quieres decir?
El joven saturnino bajó la voz, como si las paredes de cristal pudieran escucharlos.
—La única vez que un planeta del Sistema Solar estuvo cerca de disputar la final de este maldito torneo... Johann Platiné era nuestro capitán.
Marcus guardó silencio. El nombre resonó en su mente, pesado, histórico.
—Era nuestro mediocampista —continuó el saturnino, con los ojos brillando por una emoción contenida—. El mejor jugador que Saturno ha producido jamás. Pero se lesionó en la semifinal. Si Johann Platiné hubiera terminado ese partido... Saturno habría jugado la final. Y tal vez... la historia del Sistema Solar habría sido diferente.
Marcus no dijo nada. Se giró lentamente y miró a través de la ventana de la sala de control. Vio al anciano caminando despacio por el pasillo interior, apoyándose en su bastón, encorvado pero digno. Un hombre que había visto caer su mundo, que había sobrevivido a las minas de Tártaro, y que ahora llevaba en sus huesos rotos la memoria de lo que el Sistema Solar podría haber sido.
*«Tal vez...»*, pensó Marcus, observando la figura que se alejaba.
*«Para derrotar a Omega...»*
*«No bastaba con jugadores extraordinarios.»*
*«También necesitábamos...»*
*«Alguien que recordara cómo llegar a una final.»*
Marcus sabía cómo reunir piezas rotas. Sabía cómo encender un fuego en la oscuridad. Pero Johann Platiné sabía cómo ganar torneos.
Y esas dos cosas, comprendió Marcus mientras el anciano se desvanecía en la penumbra del pasillo, no eran en absoluto lo mismo.