Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Eres una egoísta..
La mansión Montenegro estaba completamente en silencio.
Ya era de noche.
La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto por nubes oscuras.
En la sala principal, solo una lámpara permanecía encendida.
Su luz cálida iluminaba el amplio sofá de cuero negro donde Adrián permanecía sentado.
Aún estaba pálido.
Después de la donación de sangre, el médico le había recomendado descansar durante el resto del día, beber abundante agua y evitar esfuerzos.
Sin embargo, en cuanto recibió el alta, regresó directamente a casa.
No tenía apetito.
No tenía fuerzas.
Solo quería un poco de tranquilidad.
Sobre la mesa de centro descansaba una taza de té que una de las empleadas le había preparado.
Seguía intacta.
Adrián sostenía entre las manos una fotografía de su boda.
En ella, Valeria sonreía.
Era una sonrisa hermosa.
Tan hermosa que, durante tres años, él había intentado verla de nuevo.
Pero jamás había vuelto a ser para él.
Escuchó el sonido de un automóvil entrando en la propiedad.
Unos segundos después...
La puerta principal se abrió.
Valeria entró con paso firme.
Llevaba el bolso colgado del hombro y el abrigo doblado sobre el brazo.
En cuanto levantó la vista y encontró a Adrián sentado en el sofá...
Su expresión se endureció.
No había preocupación.
No había culpa.
Solo molestia.
Dejó las llaves sobre la consola con un golpe seco.
—Así que ya llegaste.
Adrián dejó lentamente la fotografía sobre la mesa.
—Sí.
Su voz sonaba cansada.
Valeria caminó hasta quedar frente a él.
Lo observó unos segundos.
No preguntó si seguía mareado.
No preguntó cómo se sentía después de la donación.
No preguntó si había comido.
Lo primero que dijo fue...
—No puedo creer lo egoísta que fuiste hoy.
Adrián levantó lentamente la mirada.
Había imaginado esa conversación durante todo el camino de regreso.
Pero aun así...
Escucharlo dolía.
—¿Egoísta?
Valeria cruzó los brazos.
—Sí.
Muy egoísta.
Adrián guardó silencio.
Ella comenzó a caminar de un lado a otro por la sala.
Cada paso reflejaba el enojo que llevaba acumulando desde el hospital.
—Damián fue a darte las gracias.
Solo quería agradecerte por haberlo ayudado.
Y tú...
Lo trataste como si fuera un delincuente.
Adrián sintió un nudo en la garganta.
—Eso no fue lo que pasó.
Valeria soltó una risa amarga.
—¿Ah, no?
Entonces explícame por qué lo encontré en el suelo.
Él respiró profundamente.
—Porque él...
Pero nuevamente ella lo interrumpió.
—¡Siempre tienes una excusa!
El silencio volvió a llenar la habitación.
Adrián la observó.
Aquella mujer que amaba...
Ni siquiera estaba interesada en escuchar su versión.
Ya había decidido quién tenía la razón.
Como siempre.
Valeria dio un paso hacia él.
—¿Sabes cómo estaba Damián cuando salimos del hospital?
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Se sentía culpable por haberte molestado.
¡Incluso seguía defendiéndote!
Adrián bajó la mirada.
Le costaba creer que aquellas palabras salieran de la mujer con la que compartía su vida.
—Valeria...
—No.
Déjame hablar.
Su voz se volvió todavía más dura.
—Eres un hombre exitoso.
Todo el mundo te admira.
Tienes dinero, poder, una empresa enorme...
¿Y aun así sientes celos de alguien que apenas intenta salir adelante?
Qué decepción.
Cada palabra caía sobre Adrián como una piedra.
No respondió.
Simplemente la escuchó.
—¿Sabes qué pienso?
Que eres incapaz de soportar que alguien reciba un poco de atención.
Necesitas ser el centro de todo.
Incluso en un hospital.
Incluso cuando una persona acaba de sufrir un accidente.
Eso es egoísmo.
Un profundo egoísmo.
Adrián cerró lentamente los ojos.
No porque estuviera enojado.
Sino porque sentía que el pecho comenzaba a dolerle.
No por la donación.
Por las palabras de Valeria.
Ella continuó.
—Damián jamás habla mal de ti.
Siempre intenta comprenderte.
Siempre encuentra una forma de justificar tus actitudes.
En cambio tú...
No puedes soportar verlo cerca de mí.
Adrián levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban cansados.
—¿Terminaste?
Valeria frunció el ceño.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
Él permaneció unos segundos en silencio.
Luego habló con una tranquilidad que incluso a él mismo le sorprendió.
—¿En algún momento pensaste en preguntarme qué ocurrió?
Valeria respondió de inmediato.
—No hace falta.
Yo vi suficiente.
Adrián sonrió.
Pero aquella sonrisa no tenía alegría.
Era una sonrisa rota.
—Claro...
Bastó un segundo para decidir que yo era el culpable.
Valeria sintió un leve pinchazo en el pecho.
Pero desapareció tan rápido como había llegado.
—No intentes hacerte la víctima.
La verdadera víctima es Damián.
Adrián soltó una pequeña risa.
Una risa llena de cansancio.
Valeria nunca lo había escuchado reír así.
Vacío.
Sin ilusión.
—¿Te parece gracioso?
Él negó lentamente.
—No.
Me parece triste.
Ella frunció aún más el ceño.
—¿Qué es lo triste?
Adrián la miró directamente a los ojos.
—Que llevo tres años siendo tu esposo...
Hizo una breve pausa.
Su voz seguía siendo serena.
—...y todavía no confías en mí.
Valeria sintió que aquellas palabras la incomodaban.
Pero su orgullo fue más fuerte.
—La confianza se gana.
Adrián bajó la mirada.
Aquella frase terminó de romper algo dentro de él.
Porque él llevaba tres años intentando ganarse un lugar en el corazón de su esposa.
Y, al parecer...
Ni siquiera había conseguido que creyera en una sola de sus palabras.
Valeria tomó su bolso.
—Espero que reflexiones sobre lo que hiciste.
Y cuando vuelvas a ver a Damián...
Le pedirás disculpas.
Adrián no respondió.
Simplemente permaneció sentado.
Observando cómo la mujer que amaba subía las escaleras sin mirar atrás.
Cuando el sonido de sus pasos desapareció...
La sala volvió a quedar en silencio.
Una de las empleadas apareció tímidamente desde la cocina.
—Señor... la cena está lista.
Adrián miró la mesa preparada para dos.
Solo habría un plato ocupado.
Como casi todas las noches.
Esbozó una sonrisa cansada.
—Gracias...
Pero hoy tampoco tengo hambre.
La empleada bajó la cabeza con tristeza.
Desde hacía tres años veía a su señor esperar, perdonar y amar a una mujer que nunca parecía verlo.
Y esa noche...
Por primera vez...
Adrián sintió que el silencio de aquella enorme casa pesaba más que nunca.