Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
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Un genio en las manos
CAPÍTULO 5 —
camila
El sábado que Renata me pidió que la acompañara al club "por algo importante", no imaginé que esa tarde iba a cambiar, otra vez, el rumbo de mi vida y la de Thiago.
—Confía en mí —fue todo lo que me dijo por teléfono, con esa voz suya que siempre esconde más de lo que cuenta.
Cuando llegamos, había un hombre de unos treinta y pocos años apoyado contra la valla de la cancha, con una carpeta bajo el brazo y esa manera de mirar el juego que solo tienen las personas que llevan toda la vida analizando cuerpos en movimiento. Alto, elegante, con un cuaderno de notas que no dejaba de llenar mientras observaba a los chicos entrenar.
—Es Diego —me dijo Renata, tomándome del brazo—. Lo conozco desde que éramos niños, nuestros padres eran socios. Trabaja para la cantera del Real Madrid. Le hablé de Thiago hace dos semanas y no paró de insistir hasta que aceptó venir a verlo entrenar.
Sentí que el estómago se me apretaba. No sabía si estar agradecida o asustada.
Diego se acercó cuando terminó el entrenamiento, con una sonrisa fácil y una manera de hablar pausada, como si tuviera todo el tiempo del mundo aunque yo sabía que hombres como él no suelen tenerlo.
—Camila, ¿verdad? —me tendió la mano—. Tienes un genio en tus manos. Llevo quince años viendo entrenar a niños de todas las edades, y créeme que no digo esto a la ligera: nunca vi a nadie de tres años leer el juego así. No es solo técnica. Es instinto. Eso no se enseña.
Le agradecí el cumplido, aunque por dentro sentía una mezcla extraña de orgullo y vértigo. Vértigo porque sabía lo que venía después de esas palabras: la invitación a sumar a Thiago a algún programa de captación, la ilusión de un futuro que yo no podía costear, la exposición de mi hijo a un mundo que a mí me daba miedo desde hacía cuatro años, aunque nunca supe explicar bien por qué.
—Quiero que venga a hacer una prueba a la Ciudad Deportiva —siguió Diego, sin darse cuenta o quizás dándose cuenta perfectamente de que yo no estaba tan entusiasmada como debería—. Todos los gastos corren por parte del club si avanza en el proceso. Sé que es fútbol, y sé que ustedes lo tienen entrenando en baloncesto, pero un talento así no se puede desperdiciar, Camila.
Miré a Thiago, que en ese momento intentaba, sin éxito, hacerle un caño a un chico dos años mayor que él, riéndose a carcajadas cuando fallaba, sin ninguna presión, sin ninguna ambición más grande que divertirse un rato más antes de que lo llamáramos para volver a casa. Y en ese instante entendí exactamente qué era lo que más temía.
—Quiero que mi hijo sea, ante todo, un niño feliz —le dije a Diego, con una firmeza que a mí misma me sorprendió—. No quiero que cargue con expectativas que no eligió. Si algún día él quiere esto de verdad, con todas sus consecuencias, lo vamos a hablar. Pero no antes.
Diego asintió, con un respeto que no esperaba de alguien acostumbrado a convencer a madres desesperadas por que sus hijos "triunfaran". Fue quizás ese respeto, esa manera de no insistir más de lo necesario, lo que hizo que las semanas siguientes empezara a buscarme con más frecuencia de la que un simple interés profesional por Thiago podría justificar.
Me invitó a tomar un café después de un entrenamiento. Después a cenar, una excusa detrás de otra: hablar sobre el proceso de Thiago, sobre los próximos pasos, sobre nada en particular. Era agradable, atento, del tipo de hombre que cualquier mujer en mi lugar hubiera considerado una segunda oportunidad después de tantos años sola. Renata, por supuesto, no dejaba pasar oportunidad de recordármelo.
—Es buena persona, Camila. Lo conozco de toda la vida. Y está loco por ti, ¿no lo ves?
Lo veía. Claro que lo veía. Pero había algo en mí que no lograba responder a esa atención de la manera en que probablemente debería. Cada vez que Diego se acercaba demasiado, cada vez que su mano rozaba la mía sobre la mesa de algún café, sentía que mi cuerpo se tensaba de una manera que no tenía nada que ver con él en particular.
Porque la verdad, la que jamás le confesé del todo ni siquiera a Renata, es que no podía sacarme de la piel el recuerdo de otras manos. Cuatro años después, seguía sintiendo, en las noches más silenciosas, el peso de un cuerpo que no era el mío, la marca de unos labios que no había vuelto a sentir en ningún otro hombre desde entonces. No había tenido ningún otro encuentro desde esa noche. Ninguno. Y no era por falta de oportunidades, sino porque algo dentro de mí seguía atrapado ahí, en esa habitación borrosa, con un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre.
Mis complejos, mis miedos, seguían intactos, como si el tiempo no hubiera pasado del todo por esa parte de mí. Tenía veintidós años y el cuerpo de una mujer que había sido madre demasiado joven, las estrías que nadie más había visto, el peso de saber que mi primera vez había sido también, en cierto sentido, un robo. ¿Cómo explicarle a un hombre como Diego, exitoso, seguro de sí mismo, acostumbrado a que las mujeres cayeran rendidas a sus pies, que yo no tenía ni el tiempo ni las ganas ni la confianza para dejarlo entrar?
—No tengo tiempo para una relación, Diego —le dije una tarde, con la mayor honestidad que pude reunir, después de que él insistiera, otra vez, en llevarnos a Thiago y a mí a cenar a algún lugar "más lindo que el de siempre"—. Y para ser sincera, tampoco tengo las ganas. No es nada personal. Es que hay partes de mí que no sé si algún día voy a poder compartir con alguien.
Él no insistió esa vez. Pero tampoco se fue del todo. Siguió llevando a Thiago al club, siguió motivándolo, siguió apareciendo en nuestras vidas con esa paciencia silenciosa de quien espera algo sin apurarlo, mientras yo, por dentro, sabía perfectamente que todo lo que hacía era, en el fondo, un intento por llegar a mi corazón.
Un intento que, estaba segura, jamás iba a lograr su objetivo.
Lo que no sabía entonces es que ese mismo hombre, ese scout paciente y atento que Renata conocía desde niña, tenía en su teléfono el número personal de uno de los futbolistas más famosos del país. Un dato que, sin que ninguno de los tres lo supiera todavía, terminaría siendo la llave que abriría la puerta que el destino llevaba cuatro años tratando de forzar.