Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 3: Algo ha cambiado en el bosque
El alba apenas teñía de gris claro las cimas más altas cuando Choi Woo-jin salió de su casa. Llevaba su arco al hombro, un carcaj con flechas bien afiladas en la cadera y una pequeña bolsa de lona para recolectar lo que la tierra pudiera ofrecerle ese día. Se ajustó la trenza en la que recogía su largo cabello negro para que no le estorbara entre las ramas, respiró hondo el aire fresco y comenzó a caminar por el sendero que su padre le había enseñado a recorrer siempre con mucha atención.
Cada paso lo daba con cuidado, observando cuanto le rodeaba: la forma en que las hierbas estaban dobladas, las huellas que quedaban marcadas en la tierra húmeda después de la lluvia de la noche anterior, el sonido de los pájaros y los movimientos de los pequeños animales entre los arbustos. Su padre le había repetido mil veces: *“El bosque siempre te avisa antes de que llegue el peligro, solo tienes que aprender a escucharlo y a mirar bien lo que tienes delante”*. Y esa mañana, el bosque no sonaba como siempre.
Al principio no supo decir exactamente qué era lo que fallaba. Los sonidos habituales parecían apagados, como si todo el mundo animal hubiera huido hacia lugares mucho más altos o escondites más profundos. No había ardillas saltando por las ramas, ni conejos asomándose tímidamente entre la hierba, ni siquiera el canto de los pájaros que solían recibir el sol al amanecer. Un silencio pesado y extraño flotaba entre los árboles, y cuanto más avanzaba, más se acrecentaba esa sensación de inquietud que ya había sentido el día anterior.
Se detuvo junto al arroyo que cruzaba el límite más alejado de sus tierras. El agua solía ser cristalina y correr con suavidad, pero esa mañana tenía un tono un poco turbio y desprendía un olor metálico y desagradable que nunca antes había percibido. Se agachó despacio, sin tocar el agua, y observó con tristeza varios peces muertos que flotaban arrastrados por la corriente. No parecían heridos, solo habían dejado de vivir de repente. Su corazón dio un vuelco: ese arroyo nacía en lo alto de la montaña y bajaba directamente hasta su pozo de abastecimiento. Si el agua estaba contaminada, su seguridad corría peligro desde la raíz.
Siguió caminando unos metros más adelante y encontró algo que le heló la sangre: las huellas de un ciervo, pero no eran como las de los animales sanos. Las marcas en el suelo eran torpes, irregulares, como si el animal no tuviera control sobre sus propias patas, y a su lado había manchas de sangre seca y restos de vegetación arrancada con violencia. Siguió ese rastro con el arco ya preparado en sus manos, con la precaución máxima que su padre le había enseñado para situaciones de riesgo.
Al salir a un pequeño claro entre los pinos, lo vio. Era el mismo ciervo cuyas huellas había seguido, pero ya no se movía con la elegancia propia de su especie. Caminaba dando bandazos, se golpeaba contra los tronos sin parecer que le doliera, tenía los ojos vidriosos y de su boca caía constantemente una especie de baba espesa y grisácea. Al notar la presencia de Woo-jin, no huyó ni se alejó como siempre hacían, sino que se giró bruscamente y se lanzó hacia él con una furia que jamás se hubiera podido esperar de un animal herbívoro.
Woo-jin no tuvo tiempo de pensar, solo actuó según lo que había practicado durante toda su vida: dio un salto hacia un lado, se colocó detrás de un árbol grueso y esperó el momento justo. Cuando el animal volvió a lanzarse contra él, disparó una sola flecha certera que lo detuvo antes de que pudiera hacerle daño. Se quedó unos minutos inmóvil, con el corazón latiéndole muy fuerte, asegurándose de que ya no hubiera peligro antes de acercarse con mucha cautela. Al examinarlo, vio que su cuerpo tenía manchas oscuras que parecían extenderse por debajo de la piel y que sus venas resaltaban de un tono anormal. No era una enfermedad que conociera, ni un envenenamiento por plantas: era algo totalmente distinto y desconocido.
Recogió su flecha con mucho cuidado, evitando tocar cualquier parte del animal, y regresó a casa mucho más rápido de lo habitual. En cuanto cruzó el umbral de su puerta, cerró y atrancó con todas las barras de seguridad. Fue directo a su cuaderno de notas y escribió con letra clara y firme todo cuanto había visto: el agua turbia, el silencio extraño, el comportamiento del ciervo y las marcas en su cuerpo. Luego se dirigió a su almacén de suministros y revisó todos los recipientes que tenía guardados, agradeciendo que siempre reservara agua de lluvia y de manantiales más altos por si llegaba a ocurrir algún problema como este.
Pasó el resto de la tarde recorriendo solo los límites más cercanos de su propiedad, revisando trampas, asegurando cercas y buscando cualquier otra señal que pudiera explicar qué estaba pasando. Encontró más animales muertos, huellas de seres que se movían sin rumbo y restos de ramas y arbustos rotos con una fuerza excesiva. Nada encajaba con lo que sabía de la naturaleza, ni con lo que su padre le había enseñado a lo largo de todos estos años.
Al caer la tarde, volvió a sentarse frente al mapa que su padre le había dibujado y miró fijamente la línea roja que marcaba los límites que nunca debía cruzar. Algo muy grave estaba ocurriendo al otro lado de esa línea, algo que ya empezaba a traspasar sus fronteras. Quería bajar hasta el pueblo más cercano para saber qué sucedía, pero las reglas que le había prometido cumplir lo retenían allí mismo. Se pasó la mano por su largo cabello y sintió por primera vez ese miedo que su padre le había advertido tantas veces: el de enfrentarse a algo que no conoce y contra lo que quizás ni todas sus habilidades fueran suficientes.
Apagó el fuego, revisó una vez más todas las cerraduras y se sentó junto a la ventana con el arco siempre a su alcance. Esa noche no durmió profundamente, permaneció alerta ante cualquier ruido, con la certeza absoluta de que el mundo tranquilo en el que había vivido hasta ahora ya nunca volvería a ser el mismo.
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