Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 16
Capítulo 16: El General llega
Al día siguiente, el Estrella del Caribe amaneció con mar tranquilo y sol perfecto.
Ximena amaneció con una decisión peligrosa.
No se puso ninguno de sus vestidos claros.
Su maleta correcta estaba en el vestidor, ordenada, limpia, llena de opciones prudentes. Pero después de la cena anterior, después de escuchar a Renata decir que ese estilo también podía ser suyo, la prudencia le pareció de pronto una habitación demasiado pequeña.
Eligió otro conjunto prestado por Valeria: pantalón amplio color crema, blusa verde oscuro con hombros descubiertos y aretes dorados que le rozaban el cuello.
Se miró al espejo.
*No estoy haciendo nada malo. Solo tengo hombros. Los hombros existen. Cristian también tiene hombros y nadie lo encierra en una torre por andar provocando tragedias visuales.*
Cristian, desde la puerta del vestidor, la observó en silencio.
—¿Otra vez ropa de Valeria?
Ximena se giró con calma.
—Me la prestó.
—Ya recuperaste tu maleta.
—Sí.
—Entonces.
*Entonces me gustó. Entonces quiero saber si me vuelves a mirar como ayer. Entonces tal vez me cansé de vestirme como una disculpa ambulante. Pero dilo tú, genio, que yo tengo que conservar mi imagen de esposa dócil.*
Cristian se ajustó el reloj.
—Te queda bien.
La sorpresa le iluminó la cara antes de que pudiera esconderla.
—Gracias.
*Dos elogios en dos días. Voy a necesitar un contador oficial.*
Él no respondió. Si seguía alimentando esa estadística, ella iba a empezar a cobrarle intereses.
Por la tarde, Valeria y Renata la llevaron al salón de té del barco. Joaquín había desaparecido en una actividad de cata que, según Renata, era "el lugar donde los hombres fingían entender uvas para justificar que bebían temprano". Cristian, por su parte, había salido a una reunión breve con el capitán y un proveedor.
El salón de té tenía ventanales redondos, sillones bajos y un piano que tocaba piezas suaves sin que nadie pareciera tocarlo. Ximena pidió té de jazmín. Renata pidió café con doble carga. Valeria pidió agua mineral y observó a todos como si cada pasajero fuera un expediente potencial.
—Hoy caminas mejor —dijo Renata.
Ximena casi derramó el té.
—Renata.
—Es observación médica.
—No eres doctora.
—Soy mujer casada. Tengo certificación empírica.
Valeria soltó una risa baja.
Ximena quiso reclamar, pero su celular vibró.
Cristian.
"Ven al comedor privado de la cubierta seis. Ahora."
Ella miró el mensaje.
*¿Ahora? ¿Con ese tono? Si quiere repetir lo de anteanoche, debería usar palabras más bonitas. Aunque, para ser justos, las órdenes le salen demasiado bien.*
Otro mensaje llegó.
"Es urgente. Mi tío está aquí."
Ximena levantó la vista.
—Cristian necesita que vaya.
Renata parpadeó.
—¿Problema?
—Su tío.
Valeria guardó el celular.
—Eso suena a problema familiar. Vamos.
—Dijo que fuera yo.
—Por eso vamos cerca y fingimos no escuchar.
Renata ya estaba de pie.
—Me encantan los problemas familiares ajenos. Son como teatro con mejor vestuario.
En el comedor privado, Cristian estaba de pie junto a la entrada, más rígido que de costumbre. Frente a él se encontraba un hombre alto, de cabello cano, postura militar y mirada capaz de ordenar silencio sin levantar la voz. A su lado, una mujer elegante, de ojos serenos, observaba la escena con una paciencia acostumbrada.
Cristian se volvió apenas vio a Ximena.
—Ximara.
Su alivio fue tan breve que casi nadie lo habría notado.
Ximena sí.
*Mira nada más. El lobo de Grupo Montalvo pidiendo auxilio con los ojos. Qué ternura. Qué ganas de cobrarle caro el rescate.*
Cristian sintió un escalofrío preventivo.
—Tío Ignacio, tía Cecilia —dijo—, ella es mi esposa.
Ignacio Solís la estudió de arriba abajo.
No con deseo. Con juicio.
Luego su expresión se transformó.
—Así que tú eres la muchacha que logró que este necio dejara de parecer una estatua funeraria.
Ximena no supo si reír.
Cecilia le tomó las manos con calidez.
—Mucho gusto, querida. Adriana habla maravillas de ti.
—El gusto es mío, tía Cecilia. Tío Ignacio.
El General asintió, satisfecho por el trato.
—Educada. Mira eso, Cristian. Tu madre no exageraba.
Cristian respiró por la nariz.
—Mi madre rara vez exagera.
—Tu madre exagera todos los días, pero esta vez tuvo razón.
Ximena bajó la mirada para esconder la sonrisa.
*Me cae bien. Tiene cara de poder fusilar a Cristian con una ceja. Necesito palomitas.*
Cristian le dirigió una mirada lateral.
El General la notó.
—¿Qué? ¿Ya la estás regañando?
—No.
—Ese "no" lo conozco. Tu padre lo usaba antes de meterse en problemas.
Cecilia intervino con suavidad.
—Ignacio, déjalo respirar.
—Respira demasiado. Por eso piensa tonterías.
Ximena decidió que aquel hombre era peligroso, pero entretenido.
El General volvió a mirarla. Sus ojos se detuvieron en la blusa verde, los aretes, el conjunto claramente ajeno al estilo recatado que Adriana seguramente le había descrito.
—Bonita ropa.
—Gracias.
—¿Nueva?
Cristian se adelantó:
—Tío...
Ximena sonrió, dulce como miel recién servida.
—Prestada.
El comedor se quedó quieto.
Cristian cerró los ojos un instante.
*Uy. Se puso tenso. Qué rápido. Si fuera tan rápido para quitarse la camisa, otra historia tendríamos.*
—¿Prestada? —repitió Ignacio.
Ximena bajó la voz.
—Hubo un pequeño problema con mi equipaje.
—¿Y Cristian no te compró ropa?
—No quise molestarlo.
Cristian abrió los ojos.
—Eso no fue...
—Cristian siempre está muy ocupado —continuó Ximena, con una mirada impecablemente inocente—. Yo puedo arreglármelas.
El General giró lentamente hacia su sobrino.
—¿Tu esposa tiene que arreglárselas con ropa prestada en un crucero que tú organizaste?
—El equipaje ya fue devuelto —dijo Cristian.
—Entonces ¿por qué trae ropa prestada?
Ximena levantó la mano con delicadeza.
—Porque me gustó.
Ignacio volvió a mirarla.
—¿Te gustó?
—Sí.
—Entonces Cristian debió comprarte diez iguales.
Cristian apretó la mandíbula.
Cecilia tosió para disimular una risa.
*Este señor entiende el matrimonio mejor que su sobrino. Compren al tío. No, no se compra gente. Pero si se pudiera, lo pondría en la sala para entrenar a Cristian.*
Cristian le lanzó otra mirada.
Ximena abrió los ojos con falsa inocencia.
—¿Dije algo malo?
—No —respondió él.
Ignacio golpeó la mesa con dos dedos.
—Cristian, tu padre tenía defectos, muchos, pero jamás dejó que Adriana se sintiera como invitada en su propia vida. Una esposa no debe pedir permiso para existir.
La frase cambió el aire.
Ximena sintió que la broma le bajaba un poco de la garganta al pecho.
Cristian también.
—Lo sé —dijo él, más bajo.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—Entonces actúa como si lo supieras.
Cristian miró a Ximena. Había algo incómodo en esa escena: el General estaba defendiendo a una mujer por razones equivocadas, pero tocaba una verdad que Cristian no podía esquivar. Ximena había vivido demasiado tiempo acomodándose al espacio que otros le dejaban.
Y él, incluso sin saberlo todo, había participado en ese espacio estrecho.
—Le compraré lo que quiera —dijo.
Ximena levantó las cejas.
*¿Lo que quiera? Cuidado, señor. Mi imaginación tiene presupuesto de desastre nacional.*
El General asintió.
—Bien.
Pero no parecía satisfecho.
—Y si ella quiere usar ropa prestada porque le gusta, también está bien. No se trata solo de comprar. Se trata de escuchar.
Cristian no pudo evitar una risa seca, mínima.
Escuchar. Si el General supiera.
Ignacio entrecerró los ojos.
—¿Te causa gracia?
—No, tío.
—Entonces responde claro. ¿Tu esposa puede vestir como quiera o no?
La trampa se cerró perfecta.
Cristian miró a Ximena. Ella sabía que él esperaba que aclarara el malentendido, que dijera que no le faltaba nada, que todo había sido un accidente absurdo.
Ximena inclinó la cabeza con una dulzura mortal.
—Lo que Cristian diga, eso hago yo.
Ignacio giró lentamente hacia él.
Cecilia bajó la vista para esconder otra sonrisa.
Cristian sintió que el barco entero se detenía.
*A ver, esposo. Brilla.*
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