A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 18
Capítulo 18: El Refugio
El Refugio era exactamente lo que su nombre prometía: un lugar donde esconderse.
Estaba en una calle del centro de Santa Lucía que olía a tacos de canasta y a tubo de escape. La fachada era un portón de metal pintado de negro con un letrero de neón que decía "EL REFUGIO" en letras rojas, de las cuales la "G" y la "O" estaban fundidas, así que en realidad decía "EL REFU I". La puerta principal tenía un tipo gordo con los brazos cruzados que pedía credencial. La puerta de atrás, como Catalina prometió, no tenía nada.
Entré por ahí.
El interior era un rectángulo largo con barra de madera, luces bajas y una rockola que tocaba cumbia a un volumen que hacía vibrar los vasos. Había mesas pequeñas, sillas de plástico y un olor a cerveza derramada que se pegaba a la ropa como un perfume barato. El tipo de lugar que a los diecisiete parece emocionante y a los veintisiete parece triste.
Me senté en la barra. Pedí un vodka con jugo de naranja.
El barman —un señor de bigote que parecía haber visto todo en la vida y ya nada le sorprendía— me miró un segundo. Debió calcular mi edad. Debió concluir que no tenía dieciocho. Y debió decidir que no le importaba, porque puso el vaso frente a mí sin preguntar.
Dios bendiga la falta de regulación en los bares de barrio.
El primer trago quemó. El vodka bajó por mi garganta como fuego líquido y me calentó el estómago desde dentro. El jugo de naranja suavizó el golpe, pero no lo suficiente. Hice una mueca.
"No tengo interés en relaciones sentimentales. Con nadie. No pierdas tu tiempo."
Segundo trago. Más largo que el primero.
La cortina cerrada.
Tercer trago.
Nadie. Con nadie. No pierdas tu tiempo.
El vaso se vació. Pedí otro.
Catalina me escribió a las nueve y veintitrés: "¿Estás bien?"
"Sí. Tomando jugo de naranja."
"Jugo de naranja CON QUÉ."
"Con vitamina C."
"SOL."
Le mandé un emoji de pulgar arriba. El único emoji que uso. Lo odio pero funciona como respuesta universal cuando no quieres dar explicaciones.
El segundo vodka bajó más fácil que el primero. El dolor en el pecho se volvió algo distante, como una radio que suena en el cuarto de al lado. Seguía ahí pero ya no dominaba la frecuencia.
Esto es lo que haces, me dije. Tienes veintisiete años de experiencia emocional y tu solución para un corazón roto es beber sola en un bar de mala muerte un viernes por la noche. Brillante. Absolutamente brillante.
La Solana de la vida anterior también bebió después del primer rechazo de Lisandro. Pero fue en su departamento, con una botella de vino barato y una película mala en la tele. No en un bar del centro de Santa Lucía donde el tipo de al lado le clavaba los ojos al escote.
Me moví al otro extremo de la barra. Pedí un tercero.
A las diez de la noche, Santa Lucía empezó a cambiar de cara. Las familias que cenaban en los restaurantes del centro se fueron a casa. Los grupos de amigos llegaron. La música subió. Las voces se volvieron más ruidosas, más sueltas, lubricadas por el alcohol.
Yo estaba en mi tercer vodka y el mundo tenía los bordes suaves. No estaba borracha, todavía podía pensar con claridad, todavía podía caminar en línea recta, todavía sabía mi nombre y la razón por la que estaba aquí, pero la claridad tenía una cualidad borrosa, como mirar a través de un cristal empañado.
El celular vibró. Catalina: "Son las diez. ¿Sigues ahí?"
"Sigo."
"¿Cuánto llevas?"
"Tres."
"TRES QUÉ."
"Vasos de vitamina C."
"SOLANA MARISOL."
"Estoy bien, Cat. De verdad."
"Si no me contestas a las diez y media, llamo a tu mamá. No es broma."
"Diez y media. Hecho."
Guardé el celular. Me tomé el resto del tercer vodka de un trago. El barman me miró con una ceja levantada.
—¿Otro?
—No. ¿Dónde está el baño?
—Segundo piso. Al fondo.
Bajé del taburete. El suelo se movió un poco, o yo me moví un poco, difícil saber. Me estabilicé con una mano en la barra. Caminé hacia la escalera.
El segundo piso de El Refugio era diferente del primero. Más oscuro. Más ruidoso pero de otra forma: la música venía de detrás de puertas cerradas, amortiguada, con ese eco de las salas de karaoke privadas. Un pasillo largo con puertas numeradas a cada lado, como un hotel barato, y al fondo un letrero de "BAÑOS" con una flecha.
Caminé por el pasillo.
A mitad de camino, me di cuenta de que no recordaba cuál puerta era el baño. La flecha señalaba a la derecha pero había tres puertas a la derecha y ninguna decía "baño". El vodka me había desajustado el sentido de la orientación, no mucho, lo suficiente para hacer que tres puertas idénticas parecieran un laberinto.
Empujé la primera.
No era el baño.
Era una sala de karaoke. Pequeña. Cuatro metros por cuatro. Un sillón largo contra la pared, una mesa baja, una pantalla de televisión apagada, un micrófono tirado en el suelo. La luz era un tubo fluorescente que parpadeaba cada tres segundos.
Y no estaba vacía.
Kevin Ramos estaba sentado en el sillón con los pies sobre la mesa.
A su lado, el flaco de la gorra. A su otro lado, el moreno de los brazos cruzados. Un cuarto que no reconocí, de pie junto a la puerta. Un quinto sentado en el piso, con una cerveza en la mano.
Cinco.
Kevin me vio al mismo tiempo que yo lo vi a él. Y la sonrisa que se le dibujó en la cara fue lo peor que he visto en dos vidas.
No fue una sonrisa de sorpresa. Fue una sonrisa de confirmación. La sonrisa de alguien que estaba esperando exactamente esto.
—Miren quién llegó —dijo. Se levantó del sillón. Despacio. Con la calma estudiada de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde correr—. La princesita de las bofetadas.
El cuarto tipo cerró la puerta detrás de mí.
El sonido del cerrojo fue el sonido más feo del mundo.
Trampa.
La palabra me llegó a través del vodka como una alarma de incendio a través del humo. Mi cerebro, que un minuto antes estaba suave y borroso, se afiló de golpe. La adrenalina le ganó al alcohol. Los sentidos se encendieron como si alguien hubiera conectado un generador de emergencia.
No fue casualidad. Sabían que venías. Sabían dónde estabas.
Fernanda.
Fernanda tenía dinero. Fernanda tenía conexiones. Fernanda tenía el tipo de rencor que no se apaga con un rechazo ni con el tiempo sino que se alimenta de ambos y crece hasta volverse algo que ya es cacería.
Me avisó a Kevin. Kevin me siguió. O me esperó. O ambas cosas.
—Me debes tres. —Kevin se tocó la mejilla donde lo abofeteé. La marca ya no estaba, pero la humillación sí—. ¿Te acuerdas? Tres. Una por tu amiguita. Otra por las agujas. Y otra "para que me quedara claro". —Imitó mi voz con un falsete cruel—. ¿Así fue?
No respondí. Estaba calculando. Distancias: la puerta estaba a cuatro metros, detrás de mí, con un tipo recargado contra ella. La ventana estaba cerrada y probablemente trabada. El sillón bloqueaba la mitad del cuarto. Eran cinco. Yo estaba sola, ligeramente borracha y pesaba cincuenta y cinco kilos.
Estúpido, pensó mi yo de diecisiete.
Piensa, pensó mi yo de veintisiete.
—No quieres hacer esto, Kevin —dije. Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
—¿No? ¿Y por qué no?
—Porque la última vez que me tocaste, te abofeteé frente a tus amigos y no pudiste hacer nada. Y esta vez hay testigos en todo el edificio. Un grito y bajan veinte personas.
Kevin se rio. El flaco de la gorra se rio. El moreno se rio. Las risas rebotaron en las paredes de la sala de karaoke como piedras dentro de una lata.
—Grita —dijo Kevin—. Es un karaoke. La gente grita todo el tiempo. Nadie va a notar la diferencia.
Tenía razón. Y los dos lo sabíamos.
Avanzó un paso. Dos.
—¿Sabes lo que me costó lo que hiciste? —Su voz cambió. Ya no era burlona. Era algo más oscuro, más crudo, más real—. La chica Prado me pagó para un trabajo limpio. Unas agujas. Sin consecuencias. Y entonces llegas tú, me abofeteas frente a mis compas, me haces quedar como un pendejo, y ahora la Prado no me quiere pagar lo que me debe porque dice que hice un desmadre. Así que ahora tú me vas a pagar a mí.
—¿Cuánto? —pregunté.
La pregunta lo detuvo un segundo. No esperaba que fuera práctica.
—No con dinero, princesa.
—¿Entonces con qué?
—Con esto.
Me empujó.
Más fuerte que la vez del callejón. Esta vez usó las dos manos. Las palmas me golpearon los hombros y me mandaron hacia atrás. Mi espalda chocó contra la pared. El impacto me sacudió la columna y me rebotó la cabeza contra el concreto.
Vi puntos blancos. Luego rojo. Luego la cara de Kevin a treinta centímetros de la mía.
—¿Qué se siente? —dijo. Su aliento era una mezcla de cerveza y cigarro que me revolvió el estómago—. ¿Ya no eres tan valiente?
Le escupí en la cara.
No fue un acto de valentía. Fue un acto de rabia. La rabia de una mujer que ya vivió esto una vez —no con Kevin, con otro, en otro estacionamiento, en otra vida— y que juró que la próxima vez no iba a cerrar los ojos ni a quedarse callada ni a dejar que el miedo le ganara.
La saliva le cayó en la mejilla izquierda. La misma mejilla que abofeteé.
Kevin se limpió con el dorso de la mano. Despacio. Con la calma de alguien que acaba de recibir el permiso que necesitaba para soltar lo que tenía contenido.
—Bien —dijo—. Tú lo quisiste.
Me jaló del brazo. Tiró de mí hacia el centro de la sala. Tropecé con la mesa baja y caí de rodillas. Intenté levantarme. El de la gorra me puso el pie en la espalda y me empujó de vuelta al suelo.
La nariz —la misma nariz que Kevin ya me había lastimado en el callejón— golpeó contra la alfombra sucia. Sentí el crujido. Sentí el calor de la sangre brotando otra vez.
Otra vez.
Me volteé. Quedé boca arriba en el piso, mirando el tubo fluorescente que parpadeaba sobre mi cabeza. Kevin estaba de pie encima de mí. Sus secuaces formaban un semicírculo.
—¿Ya terminaste? —pregunté.
Las mismas palabras del callejón. Pero esta vez mi voz tembló. No mucho. Un poco. Lo suficiente para que Kevin lo notara y sonriera.
—Apenas estoy empezando.
Me agarró de la blusa. Tiró hacia arriba. La tela crujió.
Y en ese momento, ese preciso momento, con la mano de Kevin en mi ropa y la sangre en mi cara y el miedo trepándome por la garganta como un animal, tomé una decisión.
No me iba a quedar quieta.
Me retorcí. Le clavé las uñas en la muñeca. Arañé. Mordí. Pateé. No con técnica, no sabía pelear, no había aprendido en ninguna de mis dos vidas, sino con la ferocidad de alguien que sabe que si no lucha ahora, lo que viene después va a ser peor.
Kevin gritó. Le saqué sangre del brazo con las uñas. Me soltó. Rodé hacia la puerta. Me levanté.
El de la gorra me bloqueó. Me puse la mano sobre la boca. Le mordí los dedos. Él gritó y la apartó. Alcancé la puerta. Tiré de la manija.
Cerrada. Con llave. El quinto tipo tenía la llave y me miraba con una expresión de "ni lo intentes".
Me di la vuelta. Kevin venía hacia mí con la muñeca sangrando y los ojos inyectados de una furia que ya no era teatral.
—Ahora sí te la voy a cobrar, perra.
Me arrinconó contra la puerta. Su mano me agarró del pelo. Tiró. Mi cabeza se fue hacia atrás. El cuello me crujió.
Y entonces me oí gritar.
No grité su nombre. No grité "auxilio". Grité sin palabras, con el tipo de sonido que sale cuando el cuerpo habla antes que la mente, cuando el instinto arranca un alarido de la garganta sin consultar con nadie.
Kevin me tapó la boca con la mano.
—Cállate.
Silencio.
Y después del silencio, un sonido.
Lejano primero. Luego más cerca. Luego cerca. Luego aquí.
Pasos. Rápidos. Pesados. Subiendo la escalera de dos en dos. Corriendo por el pasillo del segundo piso con la urgencia de alguien que no tiene tiempo, que no tiene plan, que solo tiene una dirección y una razón para correr.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Un segundo de silencio.
Y luego la puerta tembló.
Un golpe. Brutal. Como si alguien hubiera estrellado un mazo contra la madera. El marco crujió. El polvo cayó del techo.
Kevin giró la cabeza.
Otro golpe. Más fuerte. La madera se agrietó por el centro. Una línea diagonal que subía desde la cerradura hasta la esquina superior.
El quinto tipo retrocedió. Se alejó de la puerta como si la puerta hubiera dejado de ser un objeto y se hubiera convertido en la boca de algo que no quería conocer.
Tercer golpe.
La puerta se abrió. No se abrió: se partió. La cerradura reventó. Las bisagras chirriaron. La madera se astilló por el marco y los pedazos salieron volando hacia adentro como metralla.
Y en el hueco donde antes había una puerta, apareció Lisandro.
Jadeando. Empapado de sudor. Con las manos sangrando, los nudillos abiertos, rojos, con astillas de madera incrustadas en la piel. Los lentes torcidos. El pelo pegado a la frente. La camisa mal metida.
Y los ojos.
Los ojos de Lisandro Sotomayor no eran humanos en ese momento. Eran algo anterior al lenguaje. Algo que existía antes de que el mundo inventara palabras como "furia" o "miedo" o "amor" y que contenía las tres al mismo tiempo.
Me vio.
La sangre en mi nariz. La mano de Kevin en mi pelo. Mi espalda contra la puerta rota.
Y lo que pasó en su cara fue como ver una presa romperse.
No una grieta. No una fisura. La presa entera. De un lado a otro. Todo el agua contenida, toda la presión acumulada, toda la fuerza que pasó diecisiete años construyendo un muro para que exactamente esto nunca saliera, se desbordó en un instante.
Kevin soltó mi pelo.
—¿Quién ching…?
No terminó la frase.
Lisandro cruzó la sala en tres zancadas. Su puño conectó con la mandíbula de Kevin con un sonido que no era humano, un crujido seco, definitivo, como una rama gruesa que se parte por la mitad. Kevin salió volando hacia atrás. Literalmente volando. Sus pies dejaron el suelo. Su espalda golpeó contra el sillón. El sillón se volcó.
Kevin cayó al suelo. Lisandro cayó sobre él.
No fue una pelea. Las peleas tienen ida y vuelta. Esto era otra cosa. Era castigo. Lisandro golpeaba con las dos manos, puño derecho, puño izquierdo, puño derecho, con una mecánica brutal que no venía de la técnica sino de un lugar más profundo, más antiguo, más oscuro. Cada golpe era un sonido húmedo contra la cara de Kevin, y cada sonido me hacía saltar como una descarga eléctrica.
El de la gorra intentó intervenir. Se lanzó sobre Lisandro por la espalda. Lisandro lo agarró del cuello de la camiseta, lo giró y lo estrelló contra la pared con una fuerza que hizo temblar la habitación. El chico se deslizó hasta el suelo y se quedó ahí, aturdido.
El moreno dio un paso adelante. Lisandro lo miró. Solo lo miró. Con esos ojos que ya eran advertencias.
El moreno dio un paso atrás.
El cuarto y el quinto ya no estaban. Habían salido corriendo por la puerta rota mientras Lisandro golpeaba a Kevin, con la velocidad de las ratas abandonando un barco que se hunde.
Kevin estaba en el suelo. La cara hinchada. La nariz sangrando. Intentó levantarse. Lisandro lo pateó en las costillas. Kevin se dobló.
—Lisandro —dije.
No me escuchó. Otra patada.
—¡Lisandro!
Se detuvo. Con el pie en el aire. La respiración era un sonido áspero, roto, como el de una máquina que ha funcionado más allá de su capacidad. Tenía los nudillos destrozados. La sangre le goteaba de los dedos al suelo.
Me miró.
Y todo lo que había en su cara, la violencia, la furia, lo animal, se apagó. Como si alguien hubiera volteado un interruptor. Como si mi voz fuera la contraseña que desactivaba todo lo que acababa de soltar.
Se giró hacia mí.
Se agachó.
Me tomó de los brazos. Con las mismas manos que acababan de destrozar una puerta y una cara, me levantó del suelo con una delicadeza que no tenía sentido. Que no correspondía. Que era la contradicción más hermosa que he sentido en dos vidas.
Quedé de pie. Mis piernas temblaban. El vodka, la adrenalina, el miedo, la sangre, todo junto, todo revuelto, todo presionando para salir por los ojos.
No me soltó los brazos. Me sostuvo. Como si tuviera miedo de que, si me soltaba, yo fuera a caer y a romperse en pedazos.
Su cara estaba a quince centímetros de la mía. Los lentes torcidos. El sudor en la frente. Los ojos que habían vuelto a ser humanos pero que conservaban algo de lo otro, algo salvaje, algo herido, algo que decía si alguien te vuelve a tocar, lo que acaba de pasar va a ser un calentamiento.
—Llegaste —dije.
Mi voz se quebró en la segunda sílaba. Las lágrimas cayeron sin permiso. El vodka las hizo más calientes.
Lisandro no respondió.
Me jaló contra su pecho.
No fue un abrazo. Los abrazos son suaves, voluntarios, conscientes. Esto fue otra cosa. Fue agarrar. Fue sostener. Fue presionar mi cara contra su camisa empapada de sudor y sangre con la desesperación de alguien que necesita verificar, con el tacto, que lo que tiene entre los brazos sigue entero.
Su corazón. Lo sentí contra mi mejilla. Latiendo tan fuerte y tan rápido que parecía que iba a salirse del pecho. Un corazón que hacía una hora supuestamente "no tenía interés en relaciones sentimentales" y que ahora latía como si su única función en el universo fuera mantener con vida al cuerpo que me estaba sosteniendo.
Me aferré a su camisa. Cerré los puños sobre la tela. Apreté.
Llegaste.
No sé cómo. No sé por qué. Dijiste que no te importaba. Dijiste que no perdieras mi tiempo. Cerraste la cortina.
Y sin embargo estás aquí. Con las manos rotas. Con la puerta destrozada. Con la cara de Kevin estampada en tus nudillos.
¿Esto es no tener interés, Lisandro?
¿Esto es no perder el tiempo?
Kevin se movió en el suelo. Gimió.
Lisandro apretó los brazos a mi alrededor. Me pegó más fuerte contra su pecho, como si el sonido de Kevin fuera una amenaza que podía alcanzarme a través del aire y que él necesitaba bloquear con su cuerpo.
—Vámonos —dijo.
Una sola palabra. Con la voz destruida. Ronca. Irreconocible.
Me soltó. Me tomó del brazo, del mismo brazo, de la misma forma que en el callejón, con la presión justa de quien agarra algo que tiene miedo de que se rompa. Me giró hacia la puerta.
Y caminamos.
Sobre los pedazos de madera. Sobre las astillas. Por el pasillo del segundo piso donde la gente se asomaba por las puertas de los karaokes con caras de susto. Por la escalera. Por el primer piso donde el barman de bigote nos miró pasar sin decir una palabra. Por la puerta de atrás.
A la calle.
El aire de la noche me golpeó la cara como una bofetada de lucidez. Frío. Limpio. Con olor a tacos y a tubo de escape que nunca en mi vida me pareció tan hermoso.
Lisandro no me soltó el brazo. Caminó conmigo por la banqueta. Despacio. Sin la prisa del callejón. Con la calma devastada de alguien que acaba de hacer algo irreversible y todavía no sabe cómo procesarlo.
Sus manos. Las vi bajo la luz del poste. Los nudillos estaban abiertos. La piel rota en cuatro puntos. Sangre seca y astillas de madera incrustadas. Iban a necesitar desinfección, quizás puntos.
Pero no se quejó. No se las miró. No les prestó la menor atención, como si las manos fueran un precio insignificante por lo que compraron.
Mi celular vibró. Catalina. Seis mensajes. Cuatro llamadas perdidas.
Le escribí con una mano: "Estoy bien. Estoy con Sotomayor. Te cuento mañana."
La respuesta fue instantánea: "¿CON SOTOMAYOR? ¿CÓMO? ¿QUÉ PASÓ?"
Apagué la pantalla.
Caminamos dos cuadras en silencio. Tres. Cuatro. La noche de Santa Lucía se movía a nuestro alrededor como un río y nosotros éramos dos piedras en el centro, inmóviles, conectados por su mano en mi brazo y por el peso de lo que acababa de pasar.
En la quinta cuadra, Lisandro habló.
—¿Cómo supiste dónde estaba? —pregunté, antes de que él pudiera decir lo que fuera a decir.
No respondió.
—Fue Catalina, ¿verdad? Me pidió que compartiera mi ubicación. Y la compartió contigo.
Silencio.
—Lisandro.
—Ella me llamó —dijo. La voz todavía ronca. Todavía rota—. Dijo que no contestabas. Dijo que tu ubicación marcaba un bar.
—¿Y viniste?
Se detuvo. Me miró. Con esos ojos que todavía tenían algo de lo que vi en el karaoke, algo que no se había apagado del todo, como una brasa que sigue brillando después de que el fuego se apaga.
No respondió la pregunta.
No necesitaba responderla.
Siguió caminando. Y yo caminé con él, con sangre en la cara y vodka en las venas y su mano en mi brazo, pensando que hacía dos horas había cerrado la cortina y dicho que no tenía interés en relaciones sentimentales.
Y que hacía veinte minutos había destrozado una puerta con los puños para llegar hasta mí.
"No tengo interés en relaciones sentimentales."
Mentiroso.