Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 13: La declaración
El juzgado olía a papel húmedo y a café institucional. Amelia bajó del automóvil a las ocho y cuarenta de la mañana con el maletín firmemente sujeto en la mano derecha. Llevaba un traje negro sencillo, el cabello recogido y el rostro descansado solo en apariencia. Detrás de ella, Gael cerró la puerta del vehículo y se colocó a su lado sin tocarle el brazo. No hacía falta. Su presencia era suficiente.
Gabriel y dos abogados del Grupo Santoro ya los esperaban en la entrada. Uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años llamado Herrera, le entregó a Amelia una carpeta delgada.
—El escrito de oposición y la solicitud de protección de pruebas ya están registrados —dijo en voz baja—. El juez es estricto, pero no es amigo de las medidas cautelares improvisadas. Tiene una oportunidad.
Amelia asintió.
—¿Victoria está dentro?
—Llegó hace quince minutos. Con Esteban.
La información no la sorprendió. Había esperado que ambos asistieran.
Pasaron el control de seguridad. El maletín fue revisado con detalle, pero los documentos y el dispositivo estaban correctamente protocolizados. Nadie pudo retenerlos.
La sala de audiencias era pequeña y funcional. El juez, un hombre de cabello canoso y expresión impasible, ya ocupaba su lugar. A la derecha se sentaban los abogados del Grupo Llorente. Junto a ellos, Victoria Llorente, impecable en un traje color vino, y Esteban, con el rostro tenso y la mandíbula apretada.
Amelia sostuvo la mirada de Esteban apenas un segundo. Él fue el primero en apartar la vista.
Cuando el juez dio inicio a la diligencia, el abogado de los Llorente se puso de pie de inmediato.
—Su señoría, solicitamos que se ratifique la medida cautelar y se ordene a la señora Ferrer… Santoro… abstenerse de cualquier actuación relacionada con activos del Grupo Llorente o sociedades vinculadas, dado el riesgo evidente de destrucción de evidencia y de uso indebido de información privilegiada obtenida durante su matrimonio anterior.
El juez miró hacia Amelia.
—¿La parte contraria desea responder?
Herrera se adelantó, pero Amelia puso una mano sobre la carpeta y dio un paso al frente.
—Con su permiso, su señoría, responderé yo misma.
El juez la estudió unos segundos y asintió.
Amelia colocó el maletín sobre la mesa y lo abrió con calma.
—No he destruido ninguna evidencia. Al contrario. He recuperado documentos que el Grupo Llorente intentó ocultar durante años. Documentos que demuestran que existe una participación societaria legítima a mi nombre, vinculada a una estructura llamada Proyecto Legado, creada por mi padre, Leonardo Ferrer, y Alessandro Santoro.
Un murmullo breve recorrió la sala. Victoria no movió ni un músculo.
Amelia continuó:
—El divorcio que firmé hace apenas días incluía cláusulas de renuncia sobre sociedades vinculadas. Cláusulas que se me presentaron como estándar. Sin embargo, al mismo tiempo que se redactaban esos documentos, miembros del Grupo Llorente intentaban adquirir y ocultar derechos relacionados con esa misma sociedad. La solicitud de medida cautelar no busca proteger evidencia. Busca silenciarme antes de que esa información se vuelva pública.
El abogado de los Llorente se puso de pie.
—Estas son acusaciones graves sin sustento inmediato.
Amelia sacó el primer juego de copias certificadas.
—Aquí está el documento societario original donde aparezco como beneficiaria. Aquí está la carta de mi padre explicando la estructura del Proyecto Legado y las amenazas recibidas por parte de Don Rodrigo Llorente. Y aquí —levantó el dispositivo— está el archivo digital depositado por mi padre en una notaría hace más de doce años, con registros de transferencias irregulares y comunicaciones que demuestran el intento de presión sobre él.
El juez extendió la mano.
—Déjenme ver esos documentos.
Herrera entregó las copias debidamente protocolizadas. El juez comenzó a revisarlas en silencio. El ambiente de la sala cambió. Esteban miraba fijamente la superficie de la mesa. Victoria mantenía la espalda recta, pero sus dedos se habían cerrado con fuerza sobre el bolso.
Después de varios minutos, el juez levantó la vista.
—Estos documentos deberán ser peritados. Sin embargo, su existencia cambia el panorama de la solicitud cautelar.
El abogado de los Llorente intentó intervenir:
—Su señoría, la señora Santoro obtuvo parte de esta información de manera irregular y…
—¿Irregular? —interrumpió Amelia con voz serena—. ¿Más irregular que enviar a un hombre armado a interceptar mi automóvil anoche en una carretera secundaria para impedir que estos archivos llegaran a la ciudad?
El silencio que siguió fue absoluto.
El juez frunció el ceño.
—¿Qué acaba de decir?
Gael habló por primera vez, con tono frío y preciso:
—Anoche, mientras regresábamos de recuperar el archivo notarial, fuimos perseguidos y atacados. Hay impacto de bala en el vehículo, registro de la llamada de emergencia y testimonios del equipo de seguridad que nos extrajo. La denuncia ya fue presentada esta mañana.
Victoria Llorente abrió la boca por primera vez.
—Eso es una acusación absurda. No tenemos ninguna relación con…
—Todavía no la hemos acusado formalmente a usted —la interrumpió Amelia, mirándola directamente—. Todavía.
El juez golpeó ligeramente la mesa con la palma.
—Suficiente. A la vista de los documentos presentados y de la denuncia por el incidente de anoche, la medida cautelar de retención y restricción queda sin efecto de manera inmediata. La señora Santoro no tiene prohibición alguna para continuar con las acciones legales que considere pertinentes. Ordeno además que ambas partes se abstengan de cualquier acto de intimidación. Cualquier nueva agresión será considerada con la máxima severidad.
El abogado de los Llorente intentó protestar, pero el juez ya estaba reuniendo los papeles.
—Se cierra esta diligencia. Los documentos presentados quedarán bajo custodia judicial para su análisis. Notifíquense las partes.
Amelia cerró el maletín con calma. El corazón le latía con fuerza, pero su rostro permanecía sereno. Cuando se giró, Esteban la estaba mirando. Por primera vez en años, no vio en sus ojos la seguridad de quien controla el tablero. Vio incertidumbre.
Victoria, en cambio, no apartó la mirada. Había algo distinto en ella. No era solo rabia. Era cálculo.
Al salir de la sala, Herrera se acercó a Amelia y Gael.
—Fue una victoria importante. Pero solo es el primer round. Van a responder. Y van a hacerlo rápido.
Amelia asintió.
—Lo sé.
Gael miró hacia el final del pasillo. Victoria y Esteban conversaban en voz baja con sus abogados. En un momento, Victoria levantó la vista y cruzó la mirada con Amelia. No dijo nada. Solo esbozó una sonrisa mínima, fría, casi imperceptible.
Después se dio la vuelta y se alejó.
Amelia sintió un escalofrío breve.
—Esa mujer no ha terminado —murmuró.
Gael colocó una mano en la parte baja de su espalda, guiándola hacia la salida.
—No. Apenas está empezando a pelear en serio.
Salieron del juzgado juntos. La luz de la mañana les dio en el rostro. Amelia inspiró profundamente.
Había ganado la primera batalla pública.
Pero mientras subía al automóvil, no pudo dejar de pensar en la sonrisa de Victoria.
No había sido la sonrisa de alguien derrotado.
Había sido la de alguien que todavía tenía una carta guardada.