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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:270
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cap 14 — La universidad de Santi

Santiago se miró en el espejo del baño de la universidad. Se acomodó el cuello de la camisa. Se pasó la mano por el pelo. Se lo volvió a acomodar.

Hoy venían. Todos. Su madre, su padre, Valentina, Sol. Los cuatro juntos. A su universidad. A ver su mundo.

Y su mundo no era exactamente lo que ellos imaginaban.

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La Universidad de Ciudad Brisa era una de las mejores del país. Campus grande, edificios modernos, jardines bien cuidados. Santiago estudiaba ahí desde hacía tres años. En todo ese tiempo, nadie sabía quién era su padre.

No porque lo escondiera. Sino porque nadie le preguntaba.

Santiago no llegaba en carro de lujo. No usaba ropa de marca visible. No hablaba de dinero. No mencionaba a su padre. Vivía en el dormitorio de cuatro personas como cualquier estudiante becado, comía en la cafetería, usaba la misma mochila desde primer semestre, y caminaba por el campus con la cara de alguien que prefiere pasar desapercibido.

Eso le había ganado un apodo entre ciertos compañeros: "el impostor."

Simón Leiva era el líder del grupo. Hijo de un empresario mediano, pelo engominado, camisas caras y una sonrisa que usaba como herramienta. Desde que un compañero dijo que Santiago se vestía con ropa de marca falsa, Simón se había dedicado a hacerle la vida difícil.

No con golpes. Con comentarios.

"Oye, Salazar, ¿esa chaqueta es original o la compraste en el mercado?"

"Miren, el becado con apellido de rico."

"¿Tu papá vende seguros o qué hace?"

Santiago nunca respondía. No por miedo. Por decisión. Responder significaba darles importancia. Y Santiago no regalaba importancia.

Pero hoy era diferente. Hoy venía su madre.

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Isabel y Valentina entraron por la puerta principal del campus. Isabel llevaba un vestido sencillo color crema. Valentina iba de jeans y tenis, con lentes de sol y el teléfono en la mano.

En la entrada, un grupo de estudiantes repartía botellas de agua a los visitantes. Uno de ellos, un chico con el pelo teñido de rubio, revisaba los números de los boletos de entrada y los anotaba en una libreta.

—¿Qué anotas? —preguntó Valentina, mirando por encima de su hombro.

El chico la miró. Valentina tenía una cara que inspiraba confianza inmediata. Ojos grandes, expresión curiosa, sonrisa fácil. La gente le contaba cosas sin pensarlo.

—Estamos buscando a alguien —dijo el chico en voz baja—. Hay un compañero que se hace pasar por rico y queremos desenmascararlo hoy. Cuando lleguen sus papás, vamos a ver si de verdad es lo que dice ser.

—Interesante —dijo Valentina—. ¿Y cómo se llama?

—Santiago Salazar.

Valentina no movió un músculo de la cara. Isabel, que estaba a medio metro, tampoco.

—Qué emocionante —dijo Valentina—. Buena suerte con eso.

Se alejaron caminando.

—¿Escuchaste eso? —dijo Valentina en voz baja.

—Cada palabra —dijo Isabel.

—¿Qué hacemos?

Isabel sonrió.

—Nada. Todavía.

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Santiago las encontró cerca de la fuente central.

—Vinieron —dijo, con la voz más neutra que pudo.

—Claro que vinimos —dijo Isabel—. ¿Me vas a enseñar tu campus?

Santiago asintió. Caminaron juntos. Santiago les mostró la biblioteca, las aulas, el jardín donde estudiaba cuando hacía buen tiempo. Hablaba poco, pero Isabel notó que conocía cada rincón, cada atajo, cada nombre de maestro.

En el camino, una profesora de unos treinta y tantos años se detuvo al verlos.

—Salazar, ¿no deberías estar en el auditorio ayudando con la logística?

—El evento no empieza hasta las doce, profesora. Estoy con mi familia.

—Tu familia puede esperar. Las obligaciones no.

Santiago la miró sin parpadear.

—Con respeto, profesora, mi presencia en el auditorio es voluntaria, no obligatoria. Estoy en mi derecho de recorrer el campus como cualquier estudiante en día de evento abierto.

La profesora apretó los labios. Miró a Isabel, luego a Valentina, luego otra vez a Santiago.

—No seas insolente, Salazar.

—No estoy siendo insolente. Estoy siendo preciso. Son cosas diferentes.

La profesora se fue sin responder. Isabel la miró alejarse.

—¿Te molesta seguido?

—Nada que no pueda manejar.

Isabel no insistió. Pero guardó la información.

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En ese momento apareció Simón Leiva.

Venía caminando con tres amigos. Lo primero que vio fue a Isabel. Lo segundo que vio fue a Isabel. Lo tercero que vio también fue a Isabel.

—Hola —dijo, poniéndose delante de ellos con una sonrisa ensayada—. No nos conocemos. Simón Leiva, presidente del club de fotografía, ganador del premio estatal de imagen juvenil, oriundo de Ciudad Brisa. ¿Y tú eres...?

Isabel lo miró.

—Una persona que no te pidió su currículum.

Los amigos de Simón soltaron una risita. Simón parpadeó.

—No, perdón, es que me parece que no te había visto antes en el campus, y quería presentarme porque...

—Porque te parecí guapa y decidiste interrumpir mi paseo —dijo Isabel—. Lo entiendo. Pero no me interesa. Gracias.

Valentina se tapó la boca con la mano.

Simón se quedó parado con la mano extendida y la sonrisa congelada. Sus amigos miraban al piso.

—Aceite de la cabeza a los pies —murmuró Valentina cuando se alejaron—. Le faltó decir su tipo de sangre y su signo zodiacal.

—¿Tú entendiste lo que le dijo? —preguntó Santiago.

—Que no le interesa. Clarísimo. Ese chico va a necesitar hielo para la quemada.

Santiago no dijo nada. Pero la esquina de su boca se levantó un milímetro.

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Emiliano llegó por la entrada de invitados especiales. El rector de la universidad lo recibió personalmente en el estacionamiento. Dos asistentes lo escoltaron hasta el auditorio VIP.

Sol iba con él. Llevaba tenis nuevos, jeans limpios, y una expresión que decía: "Estoy aquí porque prometí venir, pero no prometo no aburrirme."

En el auditorio VIP, Emiliano se sentó entre empresarios, políticos y exalumnos distinguidos. Sol se sentó a su lado y sacó el teléfono.

—Guarda eso —dijo Emiliano.

—Papá, llevo cuarenta minutos escuchando a un señor hablar de sustentabilidad energética. Si no me distraigo, me voy a quedar dormido y va a ser peor.

Emiliano no respondió. Sol tenía razón, pero no se lo iba a decir.

—Oye —dijo Sol después de un rato—. Ese grupo de allá lleva media hora mirando hacia nosotros.

Emiliano miró. En la puerta del auditorio, el grupo de Simón Leiva observaba a los invitados VIP con cara de estar buscando algo.

—¿Quiénes son? —preguntó Emiliano.

—Ni idea. Pero el rubio teñido tiene cara de que le deben dinero.

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La ceremonia principal comenzó a las doce.

El rector subió al escenario. Dio un discurso sobre excelencia académica, valores institucionales, y el futuro de la juventud. Luego presentó a los invitados especiales.

—Y nos honra con su presencia el señor Emiliano Salazar, presidente del Grupo Salazar, uno de los principales benefactores de esta universidad. Les recuerdo que la Biblioteca Salazar y el Laboratorio de Innovación Salazar fueron construidos gracias a su generosidad.

El auditorio aplaudió. Emiliano se puso de pie brevemente.

En la sección de estudiantes, el silencio fue total.

Simón Leiva dejó caer su botella de agua.

El chico del pelo teñido cerró su libreta de golpe.

Los tres amigos de Simón se miraron unos a otros con una expresión que combinaba pánico, vergüenza y el deseo urgente de estar en cualquier otro lugar del planeta.

—¿Salazar? —dijo uno de ellos en voz baja—. ¿Como Santiago Salazar?

—¿Grupo Salazar? —dijo otro—. ¿El Grupo Salazar? ¿El de los edificios? ¿El del laboratorio?

—¿La biblioteca también? —dijo el tercero, y su voz se quebró un poco al final.

El chico del pelo teñido abrió su libreta, la miró, y la cerró de golpe. Todas esas horas anotando números de boletos. Todos esos planes para desenmascarar al "impostor." Todo para descubrir que el impostor era dueño de la mitad del campus.

Santiago estaba sentado cinco filas atrás. No volteó a verlos. No hacía falta.

Valentina, sentada al lado de Isabel, sacó su teléfono y empezó a grabar.

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Después de la ceremonia, Simón Leiva intentó acercarse a Santiago.

—Oye, Salazar, yo... quería disculparme si alguna vez...

Santiago lo miró.

—¿Alguna vez qué?

—Si alguna vez dije algo que...

—¿Qué dijiste?

Simón tragó saliva.

—Nada. Olvídalo.

Se fue caminando rápido. Sus amigos lo siguieron más rápido.

Isabel, que observaba desde lejos, se acercó a Santiago.

—¿Quieres que haga algo con ellos?

—No. Ya está hecho.

—¿Cómo?

—No hice nada. Solo dejé que la verdad saliera. Eso es suficiente.

Isabel lo miró un momento largo.

—Eres más parecido a mí de lo que crees, Santiago.

Santiago no respondió. Pero no desvió la mirada.

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En la explanada del campus, después del evento, la familia Salazar se reunió por primera vez en un lugar público. Los cinco juntos. Sin abogados, sin escoltas visibles, sin un evento social que los obligara.

Emiliano caminaba al lado de Isabel. Sol iba adelante, pateando una piedra. Valentina grababa todo con su teléfono. Santiago caminaba un paso atrás, en silencio, pero presente.

—¿Alguien tiene hambre? —preguntó Sol.

—Siempre tienes hambre —dijo Valentina.

—Es una condición médica. Se llama ser joven.

—Se llama ser un barril sin fondo.

—Se llama metabolismo rápido. Búscalo en Google.

Isabel sonrió. Emiliano también. Y Santiago, sin que nadie lo viera, sacó su teléfono y tomó una foto del grupo desde atrás: su padre y su madre caminando juntos, sus hermanos peleando adelante, y el campus de fondo.

No la publicó. No se la mandó a nadie. Solo la guardó.

Esa noche, Valentina subió a Instagram una foto del campus con un emoji de corazón. No etiquetó a nadie. No escribió nada más. Pero era la primera vez que publicaba algo relacionado con su familia.

Sol mandó un mensaje al grupo familiar que Isabel había creado hacía una semana y que nadie usaba. Solo escribió: "estuvo bien." Era el primer mensaje que alguien mandaba en ese grupo.

Emiliano fue feliz durante exactamente tres horas. Después vio que Valentina había publicado la foto y que un tal Simón Leiva le había dado "me gusta" a los treinta segundos.

—¿Quién demonios es Simón Leiva y por qué le da "me gusta" a las fotos de mi hija? —preguntó en voz alta, a nadie en particular.

—Es un chico de la universidad —dijo Santiago desde su cuarto, sin levantar la voz.

—¿El mismo que se le acercó a Isabel?

—El mismo.

—Lo voy a comprar y lo voy a despedir.

—Emi, no puedes comprar y despedir a un estudiante universitario —dijo Isabel desde el pasillo.

—Puedo intentarlo.

Isabel cerró la puerta de su cuarto. Emiliano se quedó en el pasillo con el teléfono en la mano, mirando la foto de Valentina y el "me gusta" de Simón Leiva como si fuera una declaración de guerra.

Don Refugio pasó por el pasillo con una charola de té.

—¿Todo bien, señor?

—No, Cuco. Nada está bien. El mundo está lleno de Simones.

Don Refugio asintió con solemnidad, como si eso tuviera perfecto sentido, y siguió caminando.

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