⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 17
...MIA ...
El timbre del apartamento sonó y casi se me cae el vaso de agua de la mano. Mierda, llegó muy temprano... o más bien corrió, pensé mirando el reloj.
No me había dado tiempo de hacer absolutamente nada.
Normalmente pago para que vengan a hacerme la limpieza día de por medio, pero como la chica que me ayuda tuvo una emergencia familiar esta semana y no ha podido venir, esto era un desastre monumental.
Libros abiertos por todas partes, tazas de café acumuladas en la mesa del comedor, zapatos tirados y ropa acumulada en el sofá. Lo único que alcancé a hacer en un ataque de pánico exprés fue agarrar los brasieres y los pantys que estaban sobre la silla y esconderlos al fondo del closet antes de correr a abrir la puerta.
Camilo estaba parado en el marco de la entrada, sonriéndome con esa cara de fresco que me desarmaba por completo. Cruzó el umbral, echó una mirada panorámica al caos del salón y soltó una carcajada baja.
—Vaya, veo que te diviertes mucho viviendo sola —me soltó, dejando su morral sobre el mesón de la cocina.
Sentí cómo se me subían los colores a las mejillas.
—¡Oye! La chica del aseo tuvo un problema familiar y no ha venido en tres días —me excusé rápido, tratando de acomodar con el pie unos cojines que estaban en el suelo.
Sin decir una sola palabra más, Camilo se arremangó la camisa hasta los codos, agarró un par de tazas sucias y las llevó al lavaplatos. Luego empezó a doblar la ropa limpia que estaba sobre el mueble y a organizar los libros por tamaño sobre la mesa central.
—¡Camilo, no! Deja eso ahí, por favor —le dije, caminando detrás de él para quitarle los libros de las manos—. Qué vergüenza contigo, no viniste a ponerte a limpiar mi desorden.
Él me agarró suavemente por las muñecas, me miró a los ojos con una sonrisa tranquila y negó con la cabeza.
—No te preocupes, Mía. De verdad. Ya estoy acostumbrado a hacer esto, no me cuesta nada ayudarte un poco.
Verlo ahí, tan natural, moviéndose por mi departamento y recogiendo mis cosas sin el más mínimo gesto de disgusto ni superioridad, me dejó sin palabras. Me dio una sensación extraña de ternura.
Viendo que de verdad no había forma de convencerlo de quedarse quieto, decidí darle su espacio. Fui a la mesita de entrada, agarré un cigarrillo del paquete junto con el encendedor y salí al balcón.
Le di una calada profunda, dejando que el humo me calmara la cabeza tras el estrés de la tarde, y me apoyé contra el barandal mirando la ciudad mientras escuchaba el ruido suave de Camilo acomodándo todo adentro.
El aire fresco de la noche me golpeó la cara, ayudándome a despejar el desastre de pensamientos que me habían dejado la pelea con Norma y las amenazas de Henrry.
Exhalé una larga nube de humo y me quedé mirando las luces fijas de la ciudad que empezaban a encenderse, perdida en el silencio del balcón.
De pronto, sentí una presencia tibia a mis espaldas.
Unas manos firmes se acomodaron suavemente en mi cintura y Camilo pegó su pecho a mi espalda, envolviéndome en un abrazo lento y reparador. Apoyó la mentón en mi hombro, soltando un suspiro profundo cerca de mi cuello que me erizó la piel por completo.
—Listo —murmuró con la voz baja, grave y acariciante—. Tu departamento ya parece un lugar decente. Y tú... pareces un volcán a punto de hacer erupción.
Solté una pequeña risa, inclinando la cabeza hacia un lado para apoyarme contra él. Le di una última calada al cigarrillo y lo apagué contra el barandal.
—Tuve una tarde terrible, Camilo —confesé en un susurro, dándome la vuelta entre sus brazos para quedar de frente a él.
Camilo no dijo nada de inmediato. Solo me miró con esos ojos intensos que parecían leer completamente lo que llevaba por dentro. Con la yema del pulgar, me acarició el pómulo despacio, subiendo hasta acomodarme un mechón de cabello detrás de la oreja.
—A partir de este momento, se acabó la tarde terrible —dijo en un tono suave, cargado de una ternura que me desarmó por completo—. Estás conmigo ahora, Mía. Ya no estás sola lidiando con todos tus problemas.
Me quedé mirándolo a los labios, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón.
—Camilo... eres un necio —le dije, apenas sobrepasando el murmullo del viento.
—Solo por ti —respondió.
Se inclinó despacio, dándome todo el tiempo del mundo para acortar los últimos milímetros que nos separaban. Cuando sus labios rozaron los míos, fue un beso pausado, cálido y profundo, de esos que hacen que el resto del mundo desaparezca por completo.
Mis manos subieron instintivamente a su cuello, enredando mis dedos en su cabello mientras él me apretaba contra su cuerpo con una delicadeza posesiva, como si fuera lo más valioso que tenía entre las manos.
Nos despegamos del beso lentamente, manteniendo los frentes juntos durante un par de segundos más. Él sonrió, haciendo que se le marcaran los oyuelos en sus mejillas.
—Bueno —dijo Camilo, dándome un suave apretón en la cintura—, propongo un cambio de plan: vamos a ver una película. Vi un paquete de palomitas en la alacena mientras acomodaba la cocina, así que iré a prepararlas.
Solté una carcajada corta, contagiada por su energía.
—Está bien, señor amo de casa —asentí entre risas, dejándome llevar—. Sorpréndeme.
Él me guiñó un ojo y caminó directo hacia la cocina, mientras yo me dirigía al sofá del salón, dejando caer mi cuerpo sobre los cojines mullidos.
Encendí la televisión, busqué una película al azar para tener algo de fondo y me acomodé. En un par de minutos, Camilo volvió con el recipiente lleno de palomitas calientes, dejó el tazón sobre la mesa de centro y se sentó a mi lado.
Sin pensarlo mucho, levanté las piernas y me acosté a lo largo del mueble, apoyando delicadamente mi cabeza sobre sus piernas. Camilo acomodó su mano en mi cabeza de inmediato y empezó a acariciarme el cabello de forma pausada, jugando con los mechones entre sus dedos.
El ambiente en la sala era perfecto: la luz tenue de la pantalla, el calor de su cuerpo y el suave roce de sus dedos recorriendo mi cuero cabelludo.
Poco a poco, el trazo de sus dedos bajó de mi cabeza a la curva de mi cuello, delineando la piel con una lentitud tortuosa que me hizo contener el aliento. Sus yemas continuaron descendiendo hasta mi pecho, rozando la clavícula, para luego seguir la línea de mis costillas hasta posarse firmemente en mi cintura, pegándome un poco más a él.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Sentí cómo se me erizaba la piel y una corriente de calor repentina me encendió por dentro.
La película dejó de existir por completo. Alcé la mirada desde sus piernas y lo encontré observándome desde arriba, con la respiración ligeramente pesada y los ojos oscurecidos por un deseo que hizo que mi corazón se disparara a mil por hora.
El ambiente de la sala se volvió espeso y caliente en cuestión de segundos. El suave roce de sus dedos en mi cintura pasó de ser una caricia tierna a una chispa directa que encendió cada rincón de mi cuerpo.
Mantuve la mirada fija en los ojos de Camilo mientras apoyaba las manos en su pecho y me incorporaba despacio. Él me miraba sin pestañear, con la respiración entrecortada y los labios apenas entreabiertos, siguiéndome cada movimiento.
Me deslicé lentamente hacia abajo, quedando sobre mis rodillas entre sus piernas. Llevé mis manos a la hebilla de su correa. Escuché el chasquido metálico del cinturón al soltarse y el sonido firme del cierre al bajar, rompimiento absoluto con la calma que habíamos tenido minutos antes.
Camilo soltó un suspiro largo, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá mientras sus manos se posaban instintivamente en mi cabeza.
—Mía... —murmuró mi nombre con la voz rasgada, entre la sorpresa y el deseo.
No le dije nada. Solo sonreí con lentitud, sintiendo el calor de su piel sobre la mía, y me incliné hacia él, dispuesta a llevar el ritmo de la noche hacia donde los dos queríamos.