Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 5
Capítulo 5
La trampa de terciopelo
Paulina abrió la puerta en pijama de algodón, el pelo recogido con un pinza de mariposa y una mascarilla verde sobre la cara que le daba aspecto de criatura de pantano.
—Reni, son las once de la noche. ¿Estás bien?
—No. ¿Puedo pasar?
Paulina la miró dos segundos y se hizo a un lado sin preguntar más.
El departamento de Paulina era lo opuesto al de Renata: amplio, en una colonia con portero, decorado con cuadros que su madre le regalaba y que Paulina nunca colgaba derecho. La sala olía a velas aromáticas y a las palomitas que se estaba comiendo frente a la televisión.
Renata se sentó en el sillón, aceptó una taza de té que no había pedido y empezó a hablar. Le contó lo de la deuda de Don Ricardo. Le contó que Grupo Montero era el acreedor. Le contó que un hombre llamado Dante Montero le había propuesto un trato: tres meses como su acompañante social a cambio de borrar la deuda. No le contó lo de Nico Bravo. No le contó lo de Capitán Vargas. No le contó que cada vez que cerraba los ojos veía la cara de un hombre en una gasolinera con un cuchillo ensangrentado y que esa misma cara ahora usaba trajes de lino y bebía espresso.
Paulina escuchó todo sin interrumpir. Cuando Renata terminó, se quitó la mascarilla con una toalla húmeda, se sentó frente a ella y dijo:
—¿Montero? Reni, esa familia no hace negocios, hace trampas.
—Lo sé.
—Mi padre lleva diez años en el Senado y los evita como a la peste. ¿Sabes lo que eso significa? Un político que le tiene miedo a un empresario. Eso no es normal.
—Lo sé, Pau.
—¿Entonces por qué estás pensando en aceptar?
—Porque si no acepto, les quitan la casa a mis papás.
Paulina se mordió el labio. Conocía a Don Ricardo y a Doña Gloria. Había ido a comer a su casa docenas de veces, había comido los tamales de Doña Gloria en Navidad, había escuchado a Don Ricardo contar anécdotas de obras de construcción con el orgullo callado de un hombre que se ha hecho a sí mismo.
—Dile a Andrés —dijo al fin—. No puedes cargar con esto sola.
—Si le digo a Andrés, va a querer ir a confrontar a Montero.
—¿Y?
—Y lo van a destruir, Pau. A Andrés y a mi padre y a todos. Esta gente no discute. Aplasta.
El silencio entre ellas se llenó con el murmullo de la televisión que nadie estaba viendo. Paulina estiró la mano y le apretó los dedos.
—Reni, sea lo que sea que decidas, yo estoy contigo. Pero prométeme una cosa: si en algún momento sientes que perdiste el control, me llamas. No importa la hora. ¿Sí?
—Sí.
Se quedó a dormir en el sillón de Paulina. No durmió.
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El domingo amaneció gris. Renata llegó al departamento a las ocho de la mañana con dos cafés de la esquina, uno para ella y uno para Andrés, como ofrenda de paz por la ausencia nocturna.
Andrés estaba sentado a la mesa del comedor. No había planos desplegados. No había música. Solo él, con una taza vacía y la mirada de alguien que lleva horas despierto pensando.
—¿Dónde dormiste?
—En casa de Paulina. Te mandé mensaje.
—Lo vi. —Pausa—. Reni, ¿qué está pasando?
Renata puso los cafés sobre la mesa y se sentó frente a él. Le contó lo de la deuda de su padre, las mismas palabras que había usado con Paulina, el mismo perímetro de verdad. Don Ricardo debía dinero. La situación era seria. Estaba viendo opciones.
Andrés la escuchó con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas, la postura de un hombre que intenta no explotar.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no quería preocuparte sin tener toda la información.
—Renata, somos pareja. Tu familia es mi familia. ¿Desde cuándo me escondes cosas?
La pregunta dolió porque era justa. Renata no tenía defensa y lo sabía.
—No te estoy escondiendo nada. Te estoy diciendo ahora.
—Ahora. Después de dormir en otro lado. Después de andar rara toda la semana. Después de mentirme con lo de "la reunión con un cliente de traducción". —La voz de Andrés subió un tono, no de enojo sino de dolor—. ¿Crees que no me doy cuenta?
—Andrés...
—No. Escúchame. Yo no te pido que me cuentes todo. Pero necesito saber que confías en mí. Porque si no confías en mí, ¿qué hacemos aquí?
Renata abrió la boca. La cerró. Quiso decirle: "Confío en ti más que en nadie, y precisamente por eso no puedo decirte que el hombre más peligroso de Miravalle me tiene en la mira y que si tú te metes en medio, te va a pasar lo mismo que al Capitán Vargas." Pero lo que dijo fue:
—Dame unos días. Por favor. Estoy resolviéndolo.
Andrés se levantó de la silla. El metal raspó el piso con un chirrido que hizo temblar a Renata por dentro.
—Unos días —repitió. Tomó su chamarra del perchero, se puso los tenis sin amarrar y abrió la puerta—. Voy a salir un rato. Necesito caminar.
La puerta se cerró con un golpe seco, no un portazo pero casi. Renata se quedó sola en la cocina con dos cafés que se estaban enfriando.
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El malecón de Miravalle tenía tres kilómetros de extensión, desde el faro viejo hasta la zona hotelera. Renata caminó los tres sin detenerse, con el viento salado pegándole el pelo a la cara y el ruido de las olas tapando el de sus pensamientos.
Hizo la cuenta de sus opciones como si preparara un examen.
Opción uno: rechazar la oferta. Resultado: juicio mercantil, embargo, la casa de sus padres perdida, Don Ricardo humillado, Doña Gloria destrozada. Y Dante Montero sabiendo que ella sabía algo —porque ¿por qué otra razón la habría buscado?—.
Opción dos: denunciar. ¿Ante quién? La Fiscalía le había mostrado que la palabra Montero cerraba puertas. Capitán Vargas había intentado investigar y estaba muerto.
Opción tres: contarle todo a Andrés. Andrés iría a pelear contra un muro de concreto con las manos desnudas. Resultado previsible.
Opción cuatro: aceptar. Tres meses. Cenas, foros, traducción. Mantener los ojos abiertos, la boca cerrada y la cabeza fría. Proteger a su familia. Y mientras tanto, buscar la verdad sobre Dante Montero desde adentro de su propio territorio.
No era una buena opción. Era la menos mala.
Se sentó en un banco frente al mar, sacó el celular y escribió un mensaje. Lo borró. Lo reescribió. Lo borró otra vez. A la tercera vez dejó los dedos quietos sobre la pantalla y leyó sus propias palabras como si fueran de otra persona:
"Acepto. Pero tengo condiciones."
Enviar.
La respuesta llegó en menos de treinta segundos. No era un texto. Era una nota de voz. Renata se puso los audífonos, miró el mar y presionó play.
La voz de Dante, baja y con un rastro de algo que podría haber sido una sonrisa:
—Sabía que dirías que sí. Mañana a las ocho. Joaquín pasará por ti.
Renata se quitó los audífonos. Se quedó mirando el horizonte donde el agua y el cielo se fundían en una línea gris, indistinguible, como el límite entre una decisión valiente y un error catastrófico.
Él había sabido. Había calculado los días, las dudas, el momento exacto en que ella pesaría todas las opciones y llegaría a la única que él le había dejado disponible.
Renata se puso de pie y caminó de regreso al departamento. El viento le secó las lágrimas antes de que pudieran bajar más allá de las mejillas.