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La Doncella Y El Alfa

La Doncella Y El Alfa

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Luna Azul

En desarrollo
Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.

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CAPÍTULO 5

​La primera noche en la fortaleza de la Manada Roja fue, para Alondra, un desfile de silencios profundos y pensamientos abrumadores. Caleb había cumplido su palabra con una caballerosidad que ella jamás habría esperado de un ser de su naturaleza; tras su intensa conversación en el gran salón, la había guiado personalmente a una habitación contigua, un aposento digno de la realeza de la montaña. La cama, inmensa y construida con madera de roble tallada a mano, estaba cubierta con colchas de lana gruesa y sábanas de lino limpio que olían a lavanda silvestre. Había un baño privado con agua caliente y un baúl lleno de vestidos de telas suaves y abrigadas, cortados a su medida exacta, como si la manada la hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo.

​A pesar de las comodidades y del reconfortante calor de la chimenea que Caleb se había asegurado de encender antes de dejarla sola, Alondra pasó horas mirando el techo artesonado. Su cuerpo estaba exhausto, pero su mente se negaba a descansar. ¿Cómo podía pasar, en cuestión de horas, de ser un sacrificio humano atado a una piedra fría a ocupar los aposentos de honor en la fortaleza del Alfa? El contraste era tan brutal que temía quedarse dormida, despertar y descubrir que todo era una cruel alucinación antes de que los lobos la devoraran.

​Cuando los primeros rayos del sol de la mañana se filtraron a través del enorme ventanal, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados, Alondra finalmente se levantó. Se vistió con uno de los atuendos del baúl: un vestido de lana fina de color verde musgo que resaltaba el dorado de su cabello y se ajustaba cómodamente a su silueta, completándolo con unas botas de cuero suave que le daban la libertad de caminar que no había tenido la noche anterior.

​Al abrir la pesada puerta de su habitación, un aroma delicioso a pan recién horneado, tocino crujiente y hierbas silvestres inundó sus sentidos. El pasillo estaba tranquilo, pero al avanzar hacia el gran comedor, el murmullo de la manada comenzó a crecer. Alondra se detuvo en el umbral, con el corazón latiéndole aprisa. El comedor era una estancia colosal. Largas mesas de madera comunales cruzaban el lugar, ocupadas por decenas de personas que desayunaban, conversaban y reían con una familiaridad vibrante.

​En la cabecera de la mesa principal, sentado como el líder indiscutible que era, se encontraba Caleb. Llevaba una túnica de cuero oscuro sin mangas que dejaba al descubierto sus poderosos brazos tatuados. Conversaba con un par de hombres mayores de semblante serio, pero en el preciso instante en que Alondra pisó el salón, el Alfa interrumpió su frase a la mitad. Su cabeza se giró hacia ella con una velocidad asombrosa. El sutil cambio en el aire, o quizás el aroma de la joven, le habían avisado de su llegada antes de que nadie más la viera.

​Los ojos dorados de Caleb se iluminaron con una calidez inmediata. Se puso de pie, atrayendo la atención de todo el comedor, que de pronto guardó un respetuoso silencio. Alondra sintió que las mejillas le ardían bajo la mirada de toda la manada, pero Caleb acortó la distancia entre ellos con pasos firmes y seguros, deteniéndose frente a ella con una sonrisa suave que transformaba por completo su imponente y fiero aspecto.

​—Buenos días, mi pequeña luna —dijo con esa voz ronca y profunda que ya empezaba a resultarle extrañamente familiar—. Espero que hayas podido descansar. El invierno en la montaña es inclemente, pero veo que el abrigo de la fortaleza te ha sentado bien.

​—He descansado mejor de lo que creía posible, Caleb —respondió Alondra, manteniendo la barbilla en alto a pesar de los nervios. Su voz sonó clara, ganándose miradas de aprobación de los lobos más ancianos que observaban la escena—. Aunque sigo sintiéndome como una intrusa en tu hogar.

​Caleb soltó una risa baja, un sonido vibrante que pareció disipar la tensión en el aire. Con un gesto elegante de su mano tatuada, la invitó a acercarse a la mesa alta.

​—Nunca serás una intrusa aquí. Esta fortaleza es tu casa a partir de ahora, y cada miembro de la Manada Roja daría su vida por ti —declaró el Alfa, asegurándose de que su voz resonara en todo el comedor para que sus palabras quedaran grabadas como una ley inquebrantable—. Ven, siéntate a mi lado. Debes alimentarte.

​Alondra lo acompañó, ocupando el lugar de honor a la derecha del Alfa. Una mujer de mediana edad y sonrisa canosa le sirvió de inmediato un plato rebosante de comida caliente y una taza de té humeante, dedicándole una reverencia antes de retirarse. Mientras comían, Caleb le hablaba en voz baja sobre las costumbres de su gente, explicándole que, a diferencia de las supersticiones de los humanos, la manada vivía en armonía con la naturaleza, cazando solo lo necesario y protegiendo los límites del bosque de los verdaderos monstruos que habitaban en las sombras más profundas de las tierras altas.

​Sin embargo, la burbuja de tranquilidad no duró mucho. Las inmensas puertas del comedor se abrieron de golpe, y un joven guerrero de la manada entró jadeando, con el rostro cubierto de sudor y una expresión de urgencia que hizo que Caleb se pusiera rígido al instante. El guerrero se acercó rápidamente a la mesa principal, arrodillándose ante su líder.

​—Alfa, lamento interrumpir —dijo el mensajero, intentando recuperar el aliento—. Pero los centinelas de la frontera sur informan que una patrulla armada del pueblo de Oakhaven ha cruzado el Gran Límite. El alcalde está al frente. Vienen armados con ballestas y antorchas, y exigen hablar contigo. Dicen que el ritual fue corrompido y que la doncella debe regresar para cumplir el pacto.

​El silencio que se apoderó del comedor fue frío y cortante como el hielo. Alondra sintió que un escalofrío de terror puro le recorría la espalda. Sus manos comenzaron a temblar y dejó caer la taza de té, que tintineó fuertemente contra la madera. El miedo a ser devuelta a los hombres que la habían encadenado a esto la atenazó por completo.

​Caleb se puso de pie lentamente. La ternura que había mostrado segundos antes desapareció por completo, reemplazada por una presencia colosal y aterradora que hizo que las antorchas del salón parecieran parpadear. Sus tatuajes tribales parecieron oscurecerse bajo su piel tensa, y sus ojos dorados brillaron con una furia salvaje e incandescente. Miró al mensajero y luego desvió la mirada hacia Alondra. Al ver el pánico reflejado en los ojos azules de su compañera, el Alfa apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

​—Nadie toca lo que es mío —rugió Caleb, y su voz no fue la de un hombre, sino el trueno del lobo Alfa que hizo temblar las vigas de la fortaleza—. Preparad a los guerreros de la primera línea. Vamos a recibir a nuestros vecinos. Es hora de enseñarles lo que ocurre cuando intentan reclamar un sacrificio que ya pertenece a la Manada Roja.

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Maribeth Minotta
ya me atrapo🥰🥰
Manu
Me ha gustado mucho los 20 capítulos qué he leído. Es algo diferente a lo que escribes pero sinceramente me ha gustado.
Jessica
almenos la va a cuidar
Jessica
hola muy interesante tu historia
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