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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18: Los recuerdos de los demás

Valentina llamó a Mateo el miércoles a la hora del almuerzo.

Se sentó en una banca del jardín central de la Ibero, lejos de la cafetería y del ruido, con los audífonos puestos y el collar de limón entre los dedos. El teléfono sonó tres veces antes de que Mateo contestara.

—¡Val! ¿Qué onda? ¿Pasó algo?

—No pasó nada. Necesito preguntarte algo.

—Dispara.

—Lo de "niña limón". ¿De dónde lo sacaste?

Silencio al otro lado. Valentina escuchó el ruido de fondo de un lugar público — música, platos, voces. Mateo estaba en algún café de Guadalajara, probablemente almorzando.

—¿Lo de niña limón? —repitió él, como si la pregunta lo hubiera agarrado a medio bocado.

—Sí. La primera vez que me dijiste así, ¿de dónde salió?

—De Santiago.

Valentina cerró los ojos. Ahí estaba. Tres palabras y el último muro de negación se derrumbó.

—Santiago siempre te llamaba así —continuó Mateo, con la naturalidad de quien cuenta algo que nunca fue secreto—. Desde que eras bebé. Bueno, no bebé-bebé. Desde que podías caminar. Él decía que olías a limón y te puso el apodo. Yo lo empecé a usar porque sonaba bonito y porque tú sonreías cuando lo escuchabas.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Nunca preguntaste. Y tampoco sabía que era importante. Para mí siempre fue un apodo normal. Como llamarle "gordo" a tu amigo que no está gordo.

—No es lo mismo, Mateo.

—No, supongo que no.

Valentina se mordió el labio. El jardín de la Ibero estaba vacío a esa hora — los estudiantes estaban en clase o en la cafetería, y las bancas de piedra se calentaban al sol como animales dormidos.

—Cuéntame más —dijo.

—¿Más de qué?

—De Santiago. De cómo era cuando yo me fui.

Mateo tardó en responder. Valentina escuchó cómo ponía algo sobre la mesa — un tenedor, un vaso — y cómo el ruido de fondo se apagaba, como si hubiera salido del café a la calle.

—Val, ¿estás segura de que quieres saber esto?

—Sí.

—Cuando te fuiste, Santiago dejó de hablar.

—¿Cómo que dejó de hablar?

—Literalmente. Semanas. Tres, cuatro, no me acuerdo exacto. Iba a la escuela y no abría la boca. No en clase, no en el recreo, no en la comida. Su mamá lo llevó a un psicólogo porque pensaron que era algo neurológico, pero el doctor dijo que no, que era duelo. Que estaba de duelo como si se le hubiera muerto alguien.

Valentina se apretó el collar de limón hasta que el borde del dije le marcó la palma.

—Tenía diez años —dijo Mateo—. Diez. Y lo perdió todo en un día. Tu mamá, tu papá, tú. Toda la familia que era su familia aunque no compartieran apellido.

—¿Y después?

—Después volvió a hablar, pero diferente. Como si hubiera decidido que las palabras gastaban algo que él necesitaba guardar. Se volvió el Santiago que conoces: callado, serio, controlado. Pero cuando éramos chavos y tomaba — las pocas veces que tomó — siempre hablaba de ti. De la niña limón que se había ido a Guadalajara y que un día iba a volver.

—Mateo...

—Espera, que no he terminado. Limontech. ¿Sabes por qué la fundó de verdad?

—Porque le gustan los limones. Porque olía a limón. Porque todo con él son limones.

—Sí, pero no. La primera versión de Limontech no era una empresa de tecnología. Era una app. Una sola app. Santiago la programó en su cuarto a los diecisiete con una laptop usada que le regaló Don Héctor. ¿Sabes qué hacía la app?

Valentina no respondió. Algo en la voz de Mateo le decía que la respuesta iba a dolerle.

—Rastrear niños desaparecidos —dijo Mateo—. Se conectaba con bases de datos públicas y alertas Amber. La subió a la App Store y tuvo como doscientas descargas. No servía de mucho, pero ese era el punto: Santiago fundó su empresa no porque quisiera ser rico o CEO o emprendedor. La fundó porque quería tener los recursos para encontrar a la gente que se pierde. Para encontrarte a ti, Val. Todo empezó ahí.

El sol le daba a Valentina en la cara. Tenía los ojos cerrados y las lágrimas le corrían por las mejillas con la misma naturalidad con la que el agua corre por una pendiente — sin esfuerzo, sin drama, sin la necesidad de explicarse.

—¿Val? ¿Sigues ahí?

—Sí. Gracias, Mateo.

—¿Estás bien?

—No sé.

—Oye, una cosa más. No le digas a Santiago que te conté esto. Él nunca me lo contó a mí directamente — me enteré por Isabel. Y Santiago... él no quiere que sepas cuánto le costó perderte. Le da miedo que te sientas culpable de algo que no fue tu culpa.

—No fue culpa de nadie.

—Exacto. Pero díselo a él, no a mí.

Colgaron. Valentina se quedó en la banca diez minutos más, con el sol secándole las lágrimas y el collar de limón tibio contra la garganta.

---

A Lucía la encontró en la biblioteca esa tarde. Estaba en una mesa del fondo con tres libros de teoría periodística abiertos y un café que ya no humeaba. Valentina se sentó frente a ella y le contó todo: el collar, el triciclo, el apodo, la llamada con Mateo, la app de niños desaparecidos.

Lucía escuchó sin interrumpir. Cuando Valentina terminó, Lucía cerró el libro que tenía enfrente, se cruzó de brazos y la miró con esa expresión que tenía cuando dejaba de ser amiga y se convertía en algo más parecido a un espejo.

—Val. Ese hombre no te ve como hermana.

—No es mi hermano.

—Exacto. Tú lo sabes. Él lo sabe. Isabel lo sabe. Rosario probablemente lo sabe. El guardia de la caseta lo sabe. Creo que hasta los limoneros lo saben.

—Lucía...

—No te estoy diciendo nada que no hayas pensado. Solo te estoy preguntando algo que nadie te ha preguntado todavía: ¿tú lo ves como hermano?

El silencio que siguió fue el tipo de silencio que pesa. No porque no hubiera respuesta, sino porque la respuesta existía y Valentina no estaba lista para sacarla al aire, donde las palabras se vuelven reales y no se pueden devolver.

—No sé —dijo.

—Sí sabes.

—No estoy lista para saberlo.

—Eso es diferente. Y es válido.

Lucía le puso una mano sobre la muñeca. Tenía los dedos fríos del aire acondicionado de la biblioteca, y el contraste con el calor de la piel de Valentina fue como un pequeño electrochoque que la trajo de vuelta al presente.

—Tómate tu tiempo —dijo Lucía—. Pero no demasiado. Las cosas que no se nombran se pudren.

Valentina asintió.

El celular vibró en la mesa. Un mensaje de Diego.

**Diego**: Oye, Val, el sábado hay un torneo de tenis en el club. ¿Te late venir? Prometo no hacerte jugar. Solo ver, aplaudir y comer garnachas.

Valentina miró el mensaje. Diego Lozano. Amable, guapo de una forma accesible, sin capas ni sombras ni álbumes escondidos. Diego era una ecuación simple: lo que veías era lo que había. Nada de llaves de latón ni collares guardados nueve años ni empresas fundadas para encontrar a alguien que se perdió.

Aceptó.

**Valentina**: Va. ¿A qué hora?

**Diego**: 10 am. Paso por ti. ¿Sigues en Lomas?

**Valentina**: Sí. Te mando la dirección.

Guardó el celular. Lucía la miraba con una ceja levantada.

—¿Diego?

—Un torneo de tenis.

—¿Te gusta?

—Me cae bien.

—Eso no fue lo que pregunté.

Valentina se levantó de la mesa, recogió su mochila y le sonrió a Lucía con esa sonrisa que no contesta nada pero dice todo.

—Las cosas que no se nombran se pudren, ¿no? —dijo—. Bueno, esa me la guardo un poco más.

Salió de la biblioteca con la pregunta de Lucía colgándole del cuello, exactamente al lado del limón de plata que nunca se calentaba del todo.

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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