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El Reflejo Que Me Devolvió El Cristal.

El Reflejo Que Me Devolvió El Cristal.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Edad media / Magia / Posesivo
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La sala secreta y el cristal brillante

La mansión de los Moretti era enorme. Tan grande que podías pasarte días enteros caminando por sus pasillos, salas, habitaciones, bibliotecas, jardines y terrazas sin verlo todo. Tenía zonas que ya casi nadie usaba, salas antiguas que habían pertenecido a antepasados, pasillos secretos y rincones olvidados llenos de historia y cosas antiguas. Y a mí, como buena estudiante de historia que era, eso me encantaba.

En los primeros días, me dediqué a explorar todo. Me vestía con ropas cómodas, me recogía el pelo y me pasaba las horas caminando por todos lados, mirando cuadros, tocando muebles antiguos, leyendo libros viejos que encontraba en estanterías polvorientas. Mis hermanas se reían de mí: —Mira a la “don nadie”, siempre metida en cosas viejas y sucias. ¡Qué falta de elegancia!

Mis padres me decían que era una pérdida de tiempo, que debería aprender a tocar el piano, a bordar o a hablar mejor para agradar a los nobles. Pero yo les contestaba con mi estilo directo: —Ya sé hablar, y lo hago muy bien. Y el piano suena bien si lo tocan otros, yo prefiero escuchar. Además, saber de historia es mucho más útil que saber hacer puntos de cruz.

Mis hermanos, por su parte, me acompañaban a veces, aunque se sorprendían de lo mucho que me gustaba todo eso. —Nadie le presta atención a estas cosas —me dijo Lorenzo una tarde, mientras caminábamos por un pasillo lleno de retratos antiguos—. Solo son polvo y recuerdos viejos.

—Para mí son historias —le respondí, pasando el dedo por el marco de un cuadro—. Cada uno de estos hombres y mujeres vivió, amó, sufrió, tuvo problemas y alegrías. Y ahora solo son cuadros en una pared. Es fascinante.

Un día, mientras exploraba la parte más antigua de la casa, la que estaba en el ala oeste, encontré una puerta pequeña, casi escondida detrás de una cortina pesada. Tenía una cerradura antigua, pero estaba abierta. La empujé con cuidado, y crujió al abrirse, dejando ver una habitación pequeña, redonda, con una sola ventana alta y muchas estanterías llenas de objetos extraños: frascos, piedras, libros con símbolos raros, plumas de colores y cosas que no sabía ni nombrar.

Era una sala secreta, una especie de estudio o lugar de trabajo de algún antepasado que debió gustarle la magia o las ciencias antiguas. El aire olía a polvo, a madera vieja y a algo más… algo fresco, potente, como el aire de una montaña alta.

Caminé despacio entre las estanterías, mirando todo con curiosidad de historiadora. Y entonces, lo vi.

En el centro de una mesa de piedra, había un cristal grande, de forma irregular, con bordes como cortantes, pero superficie lisa, que brillaba con una luz plateada muy suave, casi imperceptible si no te fijabas bien. Era igual al cristal que había encontrado en la biblioteca de mi vida anterior. El mismo que me había llevado a este mundo.

Me acerqué despacio, con el corazón latiendo fuerte. Sentí esa misma energía que había sentido antes: fría, potente, que recorría todo mi cuerpo y me hacía sentir viva, conectada con algo muy grande. Lo tomé entre mis manos. Era pesado, sólido, y brillaba con más intensidad al tocarlo yo.

—Vaya… —susurré, mirándolo con los ojos muy abiertos—. Así que tú estabas aquí. Tú eres la razón de todo esto, ¿verdad?

Me acerqué el cristal a la cara, como había hecho aquella vez. Y en lugar de ver mi propio reflejo, vi otra cosa.

Vi a un hombre.

Estaba en una habitación oscura, etérea, sin paredes ni suelo visible, flotando en una nada llena de luz plateada. Él estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos, el cabello oscuro y largo cayendo sobre sus hombros, las ropas ricas y antiguas rotas y desgastadas por el tiempo. Pero cuando sintió que yo lo miraba, levantó la cabeza de golpe.

Y yo me quedé sin aire.

Tenía el rostro más hermoso y aterrador que jamás hubiera visto. Ojos grises, grandes, profundos, que parecían contener tormentas, estrellas, siglos de tiempo y sentimientos que dolían de solo verlos. Rasgos fuertes, marcados, una mandíbula firme, labios que parecían hechos para sonreír o para gritar de dolor. Y en su mirada había de todo: locura, inteligencia, poder, tristeza, soledad… y una necesidad desesperada.

Nos quedamos mirando en silencio durante lo que parecieron horas. Y entonces, él habló. Su voz fue profunda, rasposa, como si no hubiera hablado en siglos, pero llena de una emoción que me llegó directo al alma.

—Tú… —dijo, y sus ojos se llenaron de lágrimas que no caían—. Por fin. Por fin has venido.

Se levantó de golpe, acercándose todo lo que podía al límite del cristal, como si quisiera atravesarlo, como si quisiera tocarme, abrazarme, no soltarme nunca. Y en sus ojos vi algo que me hizo temblar: una dependencia absoluta. Como si yo fuera el aire que respira, la razón por la que seguía existiendo.

—¿Quién eres? —pregunté, recuperando mi valentía y mi forma directa de ser, aunque por dentro estaba temblando—. ¿Y por qué estás metido en este cristal?

Él sonrió. Una sonrisa extraña, mitad alegría, mitad locura, pero llena de una ternura infinita. —Soy Samuel Van Doren —respondió, y el nombre resonó en todo mi ser—. Y tú… tú eres mi salvación. Mi cordura. Mi vida. Si tú no estás aquí, yo dejo de ser yo.

Me quedé mirándolo, fascinada y un poco asustada. Pero mi lado divertido y sin filtros salió a la luz. —Vaya, vaya —dije, apoyando la mano en el cristal, justo donde él tenía la suya—. Parece que me he encontrado con alguien muy intenso. Oye, ¿te pasa algo? Te ves un poco… perdido. Y loco. Muy loco.

Él se rió, una risa fuerte y libre que hizo vibrar todo el cristal. —Lo estoy, pequeña. Estoy loco de soledad, loco de tiempo, loco de necesidad… pero solo hasta que tú llegas. Cuando te veo, la locura se va. Cuando te escucho, todo tiene sentido. Tú eres la única cosa real en mi existencia eterna.

Y en ese momento, entendí que mi vida no había cambiado solo por reencarnar. Había cambiado porque yo estaba destinada a encontrar a este hombre. A este ser poderoso, antiguo, mágico, que había perdido todo… y que ahora me tenía a mí. Y que, sin saber cómo ni por qué, necesitaba de mí para seguir existiendo.

—Pues vale, Samuel —le dije, sonriendo con esa sonrisa mía que desarmaba a todo el mundo—. Pues aquí estoy. Y ya te aviso: soy rara, hablo mucho, digo lo que pienso y no tengo paciencia con tonterías. ¿Podrás conmigo?

Él me miró con una devoción absoluta, con unos ojos que me decían que daría el universo entero por mí. —Haría lo que fuera por ti, Luciana. Lo que fuera. Solo quédate conmigo. Porque sin ti, yo no soy nada.

Y así empezó todo. La conexión más extraña, más intensa y más maravillosa que jamás hubiera existido. Entre una chica de otro tiempo, divertida y sin filtros, y el hechicero más poderoso y loco de la historia, que dependía totalmente de ella para ser feliz, para estar cuerdo, para vivir.

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Rebecca H
wacala.
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
Rebecca H
imagínate
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
Rebecca H
y con el hermano hechicero.
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Penelope
Excelente novela...
Gracias /Smile//Smile/
Penelope
/Drool//Drool/
Guadalupe Flores
Me encanta que toda la familia antes egoístas ahora se han unido en verdad de corazón
Penelope: Concuerdo contigo, es bueno que hayan cambiado de todo corazón y se hayan unido
total 1 replies
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