Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 5
Elian siempre había sido un chico competitivo. Desde que tenía memoria, la necesidad de destacar lo acompañaba como una sombra constante. Ser el segundo de tres hermanos lo había moldeado de maneras que nadie a su alrededor comprendía del todo. Mientras su hermano mayor se llevaba los halagos por ser el responsable, y el menor era el consentido, Elian había aprendido a ganarse su lugar brillando por sí mismo.
Los lentes sobre su nariz eran parte de su identidad. No eran gruesos ni anticuados; al contrario, le daban un aire intelectual que muchas chicas en la escuela notaban. Su cabello oscuro, ligeramente despeinado, y su postura confiada lo hacían destacar en el aula. Era guapo, sí, pero él prefería que lo recordaran por algo más: su inteligencia.
Cada examen era un campo de batalla. Y en ese campo, solo había un enemigo claro: Guillermo.
Guillermo era el típico chico que no hablaba mucho, pero siempre obtenía la nota más alta. Venía de un pueblo cercano, uno que tenía una escuela conocida por sus exigencias académicas. Desde el primer día de clases, cuando Guillermo respondió una pregunta complicada de matemáticas con una tranquilidad asombrosa, Elian supo que había encontrado a su rival.
Y le molestaba.
Le molestaba porque por más que se esforzaba, por más que estudiaba hasta tarde y repasaba incluso durante los recreos, nunca lograba superarlo. Siempre quedaba segundo. Y eso, para alguien como Elian, era un castigo constante.
Cuando Mey llegó al aula por primera vez, Elian apenas la notó. Estaba concentrado organizando sus hojas, alineando sus lápices de colores, revisando su cuaderno con apuntes. Pero al escuchar las risas y levantar la vista, la vio parada al frente, nerviosa, con las mejillas rojas y el moco colgando.
Elian fue uno de los primeros en reírse. No por maldad, o al menos eso se decía a sí mismo, sino porque todos lo hacían. No quería quedar como el raro que no se reía. La presión del grupo era tan fuerte que no pensó en cómo se sentiría ella.
Pero algo cambió en él cuando la vio sentarse en su carpeta. Había tristeza en sus ojos, sí, pero también algo más. Una especie de fuerza muda. No era como las demás chicas. No vestía con lo último de moda, ni hablaba fuerte, ni buscaba llamar la atención. Había una dulzura tímida en ella que lo desconcertó.
Y por eso mismo, se burló de nuevo.
No entendía qué pasaba. ¿Por qué se fijaba en ella? No era parte de su círculo. No era popular. Ni siquiera destacaba académicamente. En matemáticas estaba perdida y él lo había notado en más de una ocasión. Pero algo en ella lo atrapaba, y no sabía cómo manejarlo.
Así que su defensa fue atacar.
—¿Si las ideas fueran tan grandes como tus cachetes…? —le había dicho en voz baja durante una actividad grupal.
Elian recordaba su propia frase con culpa, aunque en el momento le pareció ingeniosa. Pero al ver cómo Mey bajó la mirada y apretó los labios para no llorar, algo dentro de él se contrajo.
No lo demostró. Jamás lo hacía. Había crecido sabiendo que mostrar debilidad era peligroso, que abrirse podía ser usado en su contra. Así que siguió siendo el Elian que todos conocían: el que bromeaba con los chicos, el que soltaba frases ácidas, el que hacía reír a las chicas con comentarios sarcásticos.
Pero en su interior, se estaba formando un torbellino.
Una tarde, mientras repasaba unos ejercicios en la biblioteca del colegio, escuchó pasos suaves cerca. Levantó la vista y ahí estaba ella, Mey, hojeando un libro de matemáticas con la frente arrugada por el esfuerzo.
—¿Tú? —preguntó él sin pensar.
Mey levantó la vista, sorprendida. Luego asintió, intentando sonreír.
—Sí… estoy tratando de entender las divisiones algebraicas.
Elian cerró su cuaderno y la observó por unos segundos. Podía ayudarla, claro. Podía explicarle en menos de cinco minutos lo que a ella le tomaría horas entender. Pero no lo hizo. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo acercarse sin sentirse expuesto.
—Buena suerte con eso —dijo finalmente, en tono neutro, y se levantó.
Mey lo observó irse con una expresión indescifrable.
En casa, Elian no hablaba de sus problemas. Sus padres creían que era perfecto, que todo lo que hacía era por iniciativa propia. Nunca le preguntaban si se sentía presionado, si quería descansar. Solo lo felicitaban cada vez que traía buenas notas o lo comparaban con su hermano menor: “Mira a Elian, deberías ser como él.”
Y eso lo cansaba.
Solo en su habitación se permitía ser él mismo. Encendía la lámpara de escritorio, abría sus libros, y a veces, dibujaba en secreto. Bocetos de rostros, de paisajes, de escenas imaginarias. Dibujaba a Mey también. Aunque nunca lo admitiría, una vez la había dibujado sentada en clase, con los ojos perdidos en la ventana.
“Es solo práctica”, se dijo.
Con el pasar de los días, Elian empezó a notar más detalles de Mey. Cómo masticaba la punta de su lápiz cuando estaba nerviosa. Cómo anotaba palabras clave en colores distintos. Cómo miraba por la ventana como si buscara algo más allá del pueblo.
Y también notaba cómo los demás se burlaban de ella.
A veces eran comentarios velados. Otras veces, risas disimuladas. Y cada vez que eso pasaba, sentía una punzada en el pecho. No por los comentarios en sí, sino por ser parte de ellos. Por no defenderla. Por ser uno más del montón.
Un día, Guillermo se le acercó durante el recreo. No hablaban mucho, pero se respetaban como los dos mejores estudiantes del grado.
—Oye, Elian —dijo Guillermo con su tono pausado—. ¿Tú sabes qué tiene contra Mey?
Elian se tensó.
—¿Qué? Nada.
—Es lista —añadió Guillermo—. Está un poco perdida, sí, pero se esfuerza. Eso vale más que la memoria.
Elian no respondió. Pero esas palabras se le quedaron grabadas. Porque venían de Guillermo, el primero de la clase, el chico que nunca hablaba mal de nadie.
Esa noche, mientras fingía estudiar en su cuarto, pensó en lo que realmente sentía. No era amor, no aún. Pero sí era una mezcla de admiración, culpa, y curiosidad. Algo que lo hacía mirarla distinto.
La siguiente vez que coincidieron en la biblioteca, Mey no lo saludó. Fingió no verlo.
Y eso, por primera vez, le dolió.
Una semana después, la profesora anunció un trabajo en parejas para matemáticas. La clase entera suspiró. Todos esperaban no quedar con alguien “difícil”.
—Voy a formar las parejas —dijo la profesora, como quien lanza una bomba—. Así nadie se queja.
Elian cruzó los dedos esperando que le tocara con alguien que entendiera la materia.
—Elian, vas con… Mey.
La clase entera hizo un “ooooh” burlón. Elian sintió un calor subirle por el cuello. No miró a nadie. Solo bajó la cabeza y apretó los dientes.
Mey, por su parte, lo miró sin expresión. Sin emoción.
Y eso fue peor que cualquier burla.