Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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8.
ELENA DUARTE
No voy a meterme en este asunto de esta familia — me lo repetía varias veces — mi único trabajo es asistir al señor Dante y nada más.
No recibí el mensaje de Dante para cenar. Fui a mi cuarto, me sentía cansada. Me di un baño algo largo. Tenía mi mente hecha un alboroto.
Golpearon la puerta.
— Soy Gerald — salí del baño envuelta en una toalla.
— Dame un momento.
Me puse mi ropa vieja. Abrí la puerta.
— ¿Quieres dar un paseo por el jardín? El señor Dante seguro está dormido.
Gerald me doblaba la edad, pero era muy amigable y tranquilo. Siempre me hacía reír y era como esa compañía que hacía que mi trabajo fuera un poco relajado. Lo estaba considerando como un amigo.
— Está bien.
Salimos al jardín. Hacia un poco de frío.
— Elena, ¿Qué harás este fin de semana? No has salido desde que estás aquí.
— Llevo más de un mes, es cierto que no he salido, pero es que no tengo a quien visitar ni a donde ir. En cambio, tú si tienes una mamá y seguro esposa e hijos.
— Madre sí, esposa no, y si tengo un hijo de 8 años.
— Tienes un hijo — sonreí.
— Me separé de la madre de mi hijo hace 6 años, cuando él niño tenía unos 2 años más o menos. La relación era difícil. Tu tienes novio?
— ¿Novio? — me puse a reír — no. Nunca he tenido novio, no he tenido tiempo para eso. Y siendo honesta, no quiero.
— No te has enamorado.
— No. Mejor así.
— ¿Y no quieres enamorarte de alguien? Alguien que te cuide, y sea maduro en todos los sentidos — Gerald acarició mi cabello.
El momento se puso incómodo.
— Debo ir a descansar — sonreí. Me levanté y Caminé a mi cuarto.
DANTE SPENSCER
No podía dormir, desde la cama podía observar el cielo estrellado. Un aire frío entraba por la ventana. Me levanté de la cama y me pasé a la silla de ruedas. La luna era tan solitaria como yo.
Vi que Gerald y Elena caminaban por el jardín. Sentí un poco de tristeza ver esa escena.
Revisé la hora. 9:00 pm.
Le escribí a Elena.
✉️ Puedes traerme un té de manzanilla.
✉️ Ya lo llevo.
No quería arruinarle su noche, pero no quería ver como le sonreía.
Elena entró al cuarto.
— Perdón por la hora.
— No se preocupe señor Dante — ella me dio la taza de té — quiere algo más. No ha cenado.
— No tengo hambre. Solo el té está bien.
— Me retiro. Buenas noches.
— Espera — La miré un poco confundido — puedes acompañarme un rato.
No sabía qué estaba haciendo. Ella se sorprendió con la petición.
— Acerca una silla a la ventana.
— Está bien — ella hizo lo que le pedí.
— La luna es hermosa.
— Sí.
— A veces no puedo dormir. Y cuando eso sucede me siento a ver el cielo.
— Señor Dante, ¿le gustaría salir al jardín? Las rosas qué cuida Gerald están muy bonitas.
— Te has hecho amiga de Gerald. He observado que pláticas mucho con él.
ELENA DUARTE
— No me queda de otra, más que hablarle a la única persona que trabaja en esta casa, aparte de mí.
Un silencio sepulcral invadió aquella habitación. No entendía para nada al señor Dante.
—¿Puedes apagar la luz? — su voz triste me hacía doler mi corazón— creo que así se observa mejor el cielo, no crees.
Me levanté, apagué la luz del cuarto. Un rayo de luz de luna entraba por la ventana. Me senté de nuevo en la silla.
Lo observé con discreción. Su perfil sereno era perfecto, su tristeza era evidente. No se veía frío. Podía observar su soledad y esa necesidad de ser acompañado.
— Señor Dante, perdone mi indiscreción — Inhalé y exhalé aire con mucha suavidad para que él no se diera cuenta de que de cierta forma estaba tomando valor — ¿Por qué no sale de este cuarto?
— No es obvio. Soy un monstruo — él tomo un sorbo de té.
— No debería importarle las demás personas.
— No me gusta sentir la lástima de los demás. Por eso me disgustan las personas.
— Yo sé. Yo también le disgusto.
— Perdón por ser un grosero al inicio. No me disgusta.
— No ha pensado en la propuesta de su hermana.
— No voy a ir. No quiero hablar de eso. Creo que deberías ir a descansar. Ya robé mucho de tu tiempo.
— No señor. Me ha gustado mucho esta conversación. Por fin sé que no le caigo mal. Además, la luna desde su cuarto sé ve muy hermosa. En mi habitación no hay ventana así que tengo que salir al jardín para poder verla.
— ¿Te gustó hablar conmigo? ¿No te provocó asco ni miedo?
— No me da asco ni miedo. ¿Por qué debería sentir eso por usted? Siendo honesta usted es muy guapo.
Nos quedamos mirando un rato en un silencio que podía escuchar mi corazón palpitar con fuerza.
— Perdón. Fui atrevida — me levanté — me voy a descansar. Buenas noches— salí del cuarto.
Tras cerrar la puerta, toqué mi pecho con la mano izquierda. Apreté mis ojos. ¿Qué tonta? Pensé. Como se me ocurre decir semejante estupidez.
Caminé hacia mi cuarto. Me senté en la cama. Pensé en Gerald cuando tocó mi cabello y luego en Dante cuando él observaba la luna, sonreí.
Calma — lo repetía — Dante es mi jefe, además solo siento empatía por su situación.
✉️ Qué descanse, Elena — Ese mensaje de Dante, me hizo no dormir toda la noche.