Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 4: El Precio de la Sangre
El silencio que siguió a la salida de Sebastian Spencer era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Elena permanecía de pie en medio del comedor, con el corazón latiéndole con fuerza. Alfred se dejó caer en su silla, pálido. Victoria se cubría la boca con una mano temblorosa.
Martín fue el primero en hablar, con la voz entrecortada y un tono victimista que Elena conocía demasiado bien.
—Elena… todo esto es un malentendido. Yo solo… intenté salvar la empresa. Las deudas de juego se me fueron de las manos, sí, pero nunca quise llegar a esto. Spencer es un monstruo. Me golpeó como a un perro. ¿Viste cómo entró? ¡Es un salvaje!
Elena lo miró fijamente. La decepción pesaba como plomo en su pecho.
—¿Un malentendido? Martín, mientras yo me dejo la piel en la oficina diseñando proyectos, buscando inversores y luchando por mantener a flote el apellido Lecrec, tú sigues haciendo lo mismo de siempre. Robaste a nuestro socio principal. ¡A Sebastian Spencer! ¿En qué cabeza cabe eso? Esta vez fuiste demasiado lejos.
Martín dio un paso hacia ella con los ojos llorosos.
—Hermana, por favor… No me dejes caer. Soy tu hermano. La sangre es más espesa que el agua.
Elena negó con la cabeza, exhausta.
—La sangre no justifica la estupidez. Pero casarme con Marius Borges tampoco es la solución. No voy a ser moneda de cambio para nadie.
Victoria intentó intervenir, pero Elena levantó una mano.
—Basta. Necesito pensar.
Al día siguiente, en las oficinas de Lecrec Enterprises, el ambiente era sombrío. Elena estaba revisando unos planos en su mesa de dibujo cuando la puerta se abrió de golpe.
—¡Elena! —Olivia Borges entró como un torbellino, con su melena castaña y expresión preocupada—. ¿Qué diablos pasó anoche? Mi hermano me llamó histérico diciendo que tu familia estaba en problemas graves.
Elena suspiró y se dejó caer en su silla. Le contó todo: la irrupción de Sebastian, la pistola, las acusaciones contra Martín y la amenaza de prisión.
Olivia se sentó frente a ella, escuchando con atención.
—Y luego está lo de Marius… —añadió Elena con cansancio—. Mi madre insiste en que acepte su oferta. Que pague todas las deudas a cambio de matrimonio.
Olivia sonrió con suavidad y tomó la mano de su amiga.
—Elena, mi hermano siempre ha estado enamorado de ti. Desde que éramos adolescentes. Es un buen hombre. Estable, exitoso y nunca te haría daño. Sé que no es romántico como en las novelas, pero…
—No —la interrumpió Elena con firmeza—. No lo amo, Olivia. No voy a casarme con él solo para salvar a mi familia. No seré un peón en este juego. Prefiero buscar otra salida.
Olivia suspiró, pero no insistió. Conocía demasiado bien el carácter indomable de su amiga.
—Está bien. Pero ten cuidado. Sebastian Spencer no es alguien con quien se pueda jugar.
Pasaron exactamente setenta y dos horas.
Sebastian Spencer no había recibido ni un solo euro. Ni una llamada. Ni una disculpa. Nada.
Esa misma tarde, sin escolta y conduciendo él mismo su Aston Martin negro, se presentó en la mansión Lecrec. La servidumbre, visiblemente nerviosa, lo recibió en la puerta.
—El señor Lecrec lo está esperando —murmuró el mayordomo.
Sebastian entró al salón principal con paso firme. Vestía un traje negro impecable que acentuaba su figura alta y atlética. Alfred, Victoria y Martín estaban allí. Elena bajó las escaleras justo en ese momento, alertada por el ruido.
—El tiempo se acabó —anunció Sebastian con voz gélida, sin preámbulos—. Martín irá a prisión esta misma noche. Además, embargaré todas sus propiedades, la empresa y lo que quede de su fortuna para cubrir la deuda. Estarán en la calle antes de que termine la semana.
Alfred palideció.
—Por favor, señor Spencer… debe haber otra forma.
Sebastian sonrió sin calidez.
—Hay un trato. Todo lo que tienen —la empresa, las propiedades, las acciones— pasará a mis manos por cinco años. Control total. Y Elena… —sus ojos grises se posaron en ella con intensidad— se casará conmigo durante esos mismos cinco años. Además, deberá darme un heredero.
El silencio fue absoluto.
Victoria soltó un gemido. Martín miró a su hermana con desesperación.
Elena avanzó hasta quedar frente a Sebastian, con los ojos verdes ardiendo de furia.
—¿Está usted loco? —exclamó—. Ni aunque fuera el último hombre sobre la Tierra me casaría con usted. Es un salvaje, un tirano sin corazón. Prefiero ver a mi familia en la ruina que convertirme en su esposa.
Sebastian la miró fijamente. Su expresión permaneció fría, impenetrable, aunque algo peligroso brilló en el fondo de sus ojos.
—Sé muy bien las consecuencias, señorita Lecrec —respondió con voz baja y controlada—. Su hermano pasará décadas en prisión. Su padre morirá humillado y en la pobreza. Y usted… perderá todo lo que ha construido. La elección es suya.
Dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal. Su aroma a madera y especias envolvió a Elena.
—Cinco años. Un matrimonio de conveniencia. Un heredero. Después, serán libres. O pueden rechazar el trato y ver cómo destruyo todo lo que les queda.
Elena apretó los puños a los costados. El corazón le latía con violencia. Odio puro corría por sus venas hacia el hombre que tenía enfrente.
Sebastian esperó, impasible como una estatua de hielo.
—Decídase, Elena. El reloj sigue corriendo.