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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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Las Cenizas de la Alta Sociedad

El amanecer sobre Florencia no trajo luz, sino una claridad grisácea y sucia que se filtraba a través de las cortinas de terciopelo de la Jefatura de Policía. Lucciana permanecía sentada en una silla de madera noble, rígida como una de las estatuas de la Loggia dei Lanzi. Había rechazado la manta que un oficial compasivo le había ofrecido, así como el té caliente. El barro de la Via Bolognese se había secado sobre la seda rota de su vestido de novia, convirtiéndolo en una costra gris que crujía cada vez que respiraba.

A unos metros, su madre, sofocada por el llanto y el escándalo social, era consolada por Pietro. Pero el verdadero centro de gravedad de la habitación era Leonora Vance.

La matriarca de los Vance no lloraba. Su rostro era una máscara de mármol de Carrara. Vestida con un impecable traje de luto negro que parecía haber tenido preparado de antemano, firmaba con mano firme los documentos de liberación del cuerpo que el comisario le extendía.

—Fue un trágico accidente, Signorina Bianchi —dijo el comisario, dirigiéndose a Lucciana con una voz pastosa, cansada tras una noche de papeleo—. Un desprendimiento de rocas habitual en esa zona durante las tormentas de otoño. El carruaje de motor de la familia Vance sufrió un impacto directo. La muerte del joven Matteo fue instantánea. No hubo sufrimiento.

—¿Instantánea? —la voz de Lucciana sonó hueca, rasgando el silencio de la oficina.

En su bolsillo, el frasco de plata con el blasón de los Vance, recuperado del barranco, se sentía tan frío como un trozo de hielo contra su muslo. Recordó la sustancia púrpura, la criatura de sombras que había intentado devorarla y el fuego azul que había brotado de sus propias manos. Nada de eso encajaba en la pulcra mentira burocrática del comisario.

—Así es —interrumpió Leonora Vance, levantándose de su silla. Sus ojos, oscuros y desprovistos de cualquier rastro de dolor maternal, se clavaron en Lucciana con una fijeza letal—. El caso está cerrado, comisario. Agradezco la discreción de su departamento. Mi hijo ha muerto y el nombre de la familia Vance no será arrastrado por el fango de los tabloides locales.

Leonora caminó hacia la salida, pero al pasar junto a Lucciana, se detuvo. El olor a perfume de violetas caras e incienso de iglesia que desprendía la mujer hizo que el estómago de Lucciana se revolviera.

—Deberías quitarte esa mortaja, Bianchi —susurró Leonora, bajando la mirada hacia el destrozado vestido de novia—. Matteo se ha ido, y con él, cualquier derecho que creyeras tener sobre nuestro mundo. Regresa a tus lienzos viejos y da gracias de que la piedad de Dios te alejara de mi hijo antes de que cometieras un error mayor.

Lucciana la miró desde abajo. Por un instante, el hilo helado en su pecho vibró con fuerza. Sus ojos oscuros captaron algo que el comisario no podía ver: alrededor del cuello de Leonora, entrelazándose con su collar de perlas auténticas, flotaba un levísimo residuo de vapor púrpura. La misma energía nigromántica del desfiladero.

La matriarca no solo sabía que su hijo no había muerto por accidente; estaba conectada con la fuerza que lo había asesinado.

—La piedad de Dios tiene poco que ver con lo que ocurrió anoche, Signora Vance —respondió Lucciana, levantándose lentamente. A pesar de su aspecto deplorable, su postura era tan imponente que Leonora dio un imperceptible paso atrás—. Y el caso está muy lejos de cerrarse.

Sin esperar a su madre ni a Pietro, Lucciana salió de la jefatura a grandes zancadas. El aire matutino de Florencia le golpeó el rostro. Necesitaba respuestas, y sabía exactamente dónde encontrarlas.

Dos horas más tarde, tras un baño frío que no logró quitarle la sensación de muerte de la piel y vestida con un sencillo traje de trabajo de lino oscuro, Lucciana cruzaba el umbral de la Villa Vance, en las colinas de Fiesole. El palacio familiar estaba rodeado de cipreses y un silencio sepulcral. Los sirvientes, ataviados con libreas negras, se movían como fantasmas preparando el funeral.

Nadie la detuvo; los criados la conocían demasiado bien tras los meses de preparativos de la boda y asumieron que su presencia se debía al dolor del luto.

Lucciana se dirigió directamente al ala oeste de la villa: el estudio privado de Matteo. Era un lugar donde él pasaba noches enteras bajo la excusa de administrar las finanzas de los viñedos, pero al que rara vez le permitía entrar.

La puerta de madera de nogal estaba bajo llave, pero Lucciana ya no operaba bajo las leyes humanas. Miró la cerradura, cerró los ojos y se concentró en la marca del pacto en su dedo índice. Una pequeña chispa de calor azul viajó desde su mano hasta el ojo de la cerradura. Un clic seco resonó en el pasillo vacío. La puerta se abrió.

El estudio estaba a oscuras, con las pesadas cortinas corridas. Olía a tabaco de pipa, cuero y... a algo más. Un olor dulce y rancio que Lucciana reconoció del manuscrito herético del taller: mirra y sangre seca.

Caminó hacia el majestuoso escritorio de caoba. Todo estaba pulcro, ordenado con una simetría enfermiza. Comenzó a registrar los cajones, buscando correspondencia, diarios, cualquier cosa que explicara por qué Matteo huía la mañana de su boda. En el último cajón, oculto tras un doble fondo que cedió ante la presión de sus dedos imbuidos de la energía del pacto, encontró un cuaderno encuadernado en vitela blanca.

No era un libro de contabilidad. Era un diario de rituales.

Lucciana hojeó las páginas con el corazón desbocado. La caligrafía elegante y nerviosa de Matteo llenaba las hojas. No era la escritura de un hombre de negocios; era la crónica de un descenso a la locura. Matteo se había involucrado con una secta oculta de la aristocracia florentina, un grupo que se hacía llamar La Hermandad de la Ceniza, cuyo objetivo era preservar la fortuna y el poder de sus linajes mediante sacrificios y pactos de sangre con entidades del bajo abismo.

La última entrada, fechada la noche anterior a la boda, decía:

"El precio ha subido. La Hermandad exige un alma pura de un linaje antiguo para consolidar el pacto de este siglo. Mi madre me ha dado a elegir: o entrego a Lucciana en el altar de la Santa Croce durante la medianoche de nuestra boda, o el precio seré yo. No puedo hacerlo. No puedo entregarla a las sombras. Mañana huiré a Bolonia. Que me maldigan si quieren, pero no seré el verdugo de la mujer que amo."

Las páginas se empañaron ante los ojos de Lucciana, pero no por las lágrimas. Matteo no la había abandonado por desprecio. No se había burlado de ella. Había intentado salvarla. Su huida no había sido un acto de cobardía, sino el último y desesperado intento de un hombre atrapado por proteger a la mujer que amaba de las garras de su propia familia.

—Matteo... —susurró su nombre, y por primera vez en veinticuatro horas, una grieta de dolor genuino amenazó con romper su compostura.

—Es una historia trágica, ¿verdad? El héroe renegado que muere por amor. Casi me dan ganas de llorar.

La voz de seda e ironía llegó desde la esquina más oscura del estudio.

Luca Ferro estaba sentado en un sillón de orejas, con las piernas cruzadas y sosteniendo un vaso de cristal con un líquido ambarino. Su traje de tres piezas era gris esta mañana, impecable, y sus ojos pálidos brillaban con una diversión fría en la penumbra.

—Tú lo sabías —dijo Lucciana, volviéndose hacia él, apretando el diario contra su pecho con fuerza—. Sabías por qué huía.

—Te lo dije, mi querida cobradora: sé lo que hay en los corazones de los vivos. Matteo Vance tenía miedo, pero un miedo noble. Una rareza en mis dominios —Luca Ferro se levantó, dejando el vaso sobre la mesa auxiliar sin hacer el menor ruido—. Pero su nobleza fue su ruina. La Hermandad de la Ceniza no acepta cancelaciones de contratos. Si el deudor no entrega la mercancía prometida... el deudor se convierte en la mercancía.

El Diablo se acercó a ella, sus ojos fijos en el diario de vitela.

—Leonora Vance, la devota madre, sacrificó a su propio hijo para salvar el estatus de la familia ante sus socios oscuros —continuó Lucifer, y una sonrisa letal se dibujó en sus labios—. Provocaron el accidente con un Ghul, extrajeron el alma de Matteo en el momento del impacto y ahora la tienen guardada. ¿Sabes para qué, Lucciana?

Lucciana guardó el diario en su bolso, la rabia gélida regresando a sus venas, pero esta vez desprovista de orgullo herido. Ahora era una furia con propósito. Una sed de justicia que el mismísimo Infierno iba a financiar.

—La van a usar como ofrenda —dedujo ella, con la voz firme como el acero—. En el funeral de mañana.

—Exactamente —aplaudió Luca Ferro, rozando con el dorso de su mano la mejilla fría de Lucciana. El contacto dejó un rastro de hormigueo azul—. Un funeral aristocrático es el lugar perfecto para un sacrificio oculto. Toda la Hermandad estará allí. Leonora entregará la esencia de su hijo a las potestades inferiores a cambio de otros cien años de fortuna. Y lo peor de todo... me están robando un alma que, por derecho de tu contrato original, debería estar bajo mi jurisdicción.

El rostro del Diablo se tornó geométrico, desprovisto de cualquier rastro humano. Las sombras de la habitación se retorcieron a su alrededor como serpientes listas para atacar.

—Tienes tu historia, Lucciana Bianchi. Tienes los nombres, tienes el motivo y tienes el lugar —sentenció el Príncipe de los Pactos—. Mañana es el funeral en la Basílica de la Santa Croce. Ve allí. Rompe su ritual. Destruye a la Hermandad. Y devuélveme lo que es mío.

Lucciana lo miró directamente a los ojos, sin parpadear, aceptando el abismo que ahora vivía en su interior.

—No lo haré por ti, Luca Ferro —dijo ella con voz gélida—. Lo haré por Matteo. Y porque Leonora Vance va a aprender lo que pasa cuando dejas a una novia plantada en el altar del Infierno.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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