La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Detrás de la verdad
—¿Qué haces aquí?
— Es una larga historia, tomate esto.
Le pasa un vaso con té. Hamlet permaneció en silencio.
El té humeaba entre sus manos mientras observaba, de reojo, cómo Dante y César intercambiaban un saludo demasiado natural.
—Como va todo, Dante.
—Buenos días, chef. Todo bien. Tengo un caso a las diez, te encargo a este.
— Claro.
Se escucha la puerta abrirse.
— Buenos días a todos...
Luca apareció justo detrás de Dante con una bolsa llena de frutas y zumo de frutas.
—¿Interrumpo?
—Luca... Para nada —Hamlet sonrió con sinceridad por primera vez en días.
El beta dejó las bolsas sobre la mesa.
—Supe que teníamos a un enfermo, así que pasé por una frutería.
— Yo... Necesito ir al baño y estirar las piernas.
— Yo te ayudo— ya cesar estaba de pie.
— No ... Debes estar cansado. Yo lo hago.
—¿Me estás botando?— le pregunta levantando una ceja.
— Mala idea...— susurra Dante a su hermano.
— Lo que digo es que tú también debes descansar— corrige Hamlet avergonzado.
— Descansaré luego.
Al poco tiempo, los cuatro terminaron reunidos en la pequeña cocina.
El apartamento nunca había tenido tanta gente al mismo tiempo conglomerada.
Ni tanta calma.
Hamlet no dejaba de preguntarse qué había ocurrido durante los dos días que permaneció inconsciente.
Cada vez que levantaba la vista encontraba a César sirviéndole agua, acomodándole una almohada o preguntándole si necesitaba algo.
Demasiadas atenciones más que sarcasmos, halagos o piropos.
Eso lo ponía nervioso.
Mientras Hamlet terminaba lentamente su sopa, Luca y Dante cruzaron una mirada.
Los dos recordaban perfectamente la conversación del día anterior con Cesar.
Cuando Hamlet dormía profundamente.
Un día antes
La cocina del apartamento olía a café recién preparado.
César llevaba casi veinticuatro horas sin dormir.
Aldo había insistido en relevarlo unas horas por ser beta y no verse afectado por las feromonas que aún desprendía el Omega inconsciente.
No aceptó. Prefirió tomar más supresores para atenderlo él mismo.
Dante sirvió tres tazas.
Luca acababa de llegar del hospital después de visitar a Bianco, la madre Omega masculino de Hamlet y Dante. Este le había contado todo, de que la enfermera le comunicó que su tratamiento y la internación había sido cubierta por completo. Luca se lo dijo a Dante y este sospechó inmediatamente de Cesar.
Durante varios minutos ninguno habló.
Hasta que César rompió el silencio.
—Necesito hacerles una pregunta.
Ambos levantaron la vista.
—¿Por qué Hamlet se fue de Italia?
Luca y Dante intercambiaron otra mirada.
Era evidente que ninguno quería responder.
—No pienso preguntárselo a él —continuó César—. Si no quiere contarlo, lo respetaré. Pero necesito entender por qué tiene tanto miedo, por qué me rechaza. Yo quiero algo serio con él, pero sigue rechazando mi cortejo. Les prometo que cuidaré de él.
El silencio volvió a instalarse.
Fue Dante quien habló primero.
—Si te lo contamos...—Hizo una pausa. —...Hamlet nunca debe saber que salió de nosotros.
César asintió sin dudar.
—Lo prometo.
Luca apoyó los codos sobre la mesa.
Dante respiró hondo.
—Hamlet tenía veinte años cuando mi padrastro empezó a vivir con nosotros.
César frunció el ceño.
— Se llamaba Mariano Bellini —El alfa escuchaba atento. —Al principio parecía un hombre normal. Trabajador. Educado. Cariñoso con mi madre. Pero cambió. Empezó con insultos. Después con amenazas. Y un día...
Dante bajó la mirada. Le costaba continuar. Luca tomó la palabra. Sabía muy bien lo que había pasado.
—Hamlet atravesaba uno de sus ciclos. Estaba medicado. Encerrado en su habitación. Mariano aprovechó que Bianco había salido. Lo que ocurrió aquel día destruyó la confianza de Hamlet. Para siempre.
La mandíbula de César se tensó.
—¿Él...abusó de Hamlet?
Dante asintió lentamente.
—Sí.
Durante varios segundos nadie habló.
Solo se escuchaba la cafetera. El alfa no conocía a ese tal Mariano, pero quería arrancarle la cabeza.
—¿Qué pasó después? —preguntó César con la voz apenas controlada.
Dante dejó escapar una risa amarga.
—Mi hermano no se quedó quieto.
Luca sonrió con orgullo.
—Eso nunca.
Dante continuó.
—Cuando Mariano creyó que Hamlet ya no podía defenderse...se equivocó. Mi hermano tomó lo primero que encontró sobre la mesa. Un cuchillo. Intentó defenderse. Mariano alcanzó a apartarse, pero terminó en el hospital por la herida que recibió durante el forcejeo.
César cerró los ojos.
Por primera vez entendía el terror que había visto reflejado en los ojos de Hamlet dos noches atrás.
No era miedo al celo.
Era miedo a repetir una pesadilla.
—¿Denunciaron?
Dante negó.
—Ese hombre tenía demasiados contactos. Mi madre temía que aquello acabara peor. Hamlet consiguió una beca para Estados Unidos pocas semanas después. Y desapareció. No volvió a Italia durante años.
Luca sonrió con tristeza.
—Allá empezó de cero. Trabajó como loco. Estudió.
Tomó supresores. Se convenció de que jamás volvería a confiar en un alfa. Me sorprende que sean tan apegados como para que lo ayudaras con esto. Antes de venir los siguientes celos los pasó solo. Supongo que no fué nada fácil.
—Hasta ahora lo creías imposible... Por eso Hamlet reaccionó así ayer —murmuró César.
Los dos hombres levantaron la vista.
—¿Qué quieres decir?
César tardó unos segundos en responder.
—Cuando estaba delirando... Nunca me pidió que lo marcara. Nunca me pidió que resolviera su dolor. Solo me pidió una cosa.
—¿Cuál?
—Que no le hiciera daño. En cierta forma no quería involucrarme. Luego confío en mi cuando le dije que había tomado supresores.
La cocina quedó completamente en silencio.
Fue entonces cuando Dante recordó otra noticia.
—Hay algo que me preocupa.
Sacó unos papeles del bolsillo de la chaqueta.
—El hospital me informó que un samaritano pago todas las cuentas de mi madre.
Luca levantó una ceja.
—Tu madre también me dijo lo mismo.
Dante miró a Lucas luego a Cesar
—La cirugía pudo haber sido pagada por Mariano. Los medicamentos. El tratamiento completo de Bianco. Incluso las próximas revisiones.
Luca abrió los ojos.
—¿Crees que regresó para volver con Bianco y luego acercarse a Hamlet para desquitarse lo que le hizo?
—No lo sabemos. El pago fue anónimo.
César bajó la mirada hacia su taza. Movió lentamente la cucharilla.
—Qué extraño. Pero si salió de sus vidas no creo que regrese para ayudar.
Dante lo observó durante unos segundos.
No dijo nada.
Pero era abogado.
Y llevaba años leyendo gestos.
Había visto la reacción de César.
Había visto cómo no preguntó cuánto dinero era.
Simplemente guardó silencio.
En ese instante comprendió la verdad.
No hacía falta preguntar.
Aquel hombre frente a él era el responsable.
Y también comprendió otra cosa.
Bianco tenía razón.
La noche anterior, cuando él fue al hospital, le dijo que Hamlet había entrado en celo y le contó quien cuidaba de él, su madre le había tomado la mano con una sonrisa débil.
—Ese chef... César...
Dante la miró confundido.
—¿Lo conoces?
—Solo un poco. Lo vi cuando vino a dejar flores. Tiene la mirada de un hombre enamorado.
—¿Está enamorado de mi hermano siendo su jefe?
Bianco sonrió con dulzura.
—No importa si es su jefe o su amigo o incluso ambas.
Dante había pensado que eran imaginaciones de una madre.
Ahora, sentado frente a César, y con todo lo que había ayudado, ya no estaba tan seguro.
Porque cada vez que aquel alfa pronunciaba el nombre de Hamlet...
Su voz cambiaba.
Y eso era imposible de fingir. Si Cesar llegara a conocer a ese Mariano de seguro que la pasaría muy mal.