Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 4
Oscurecía cuando el tren entró en la estación de Harrogate agotada por el largo viaje donde sólo sus pensamientos la distrajeron del tedio, Rebecca se puso de pie, y bajó la maleta de estante para el equipaje. Todavía no sabía por qué había ido o qué sentía respecto a su madre.
La llamada a Thornley Hall fue breve y precisa. La desconocida que contestó, le dio la información requerida apenas se identificó.
Su madre estaba internada en el hospital general, en la unidad de cuidados intensivos. Un ataque cardiaco, le explicó, con aquel acento de Yorkshire que no escuchó en diez años.
-La llama todo el tiempo, pobrecita y... pues… creo que será mejor que el señor Jay se lo explique. Si me espera un momento, lo llamaré y…
- ¡No!-sólo al pensar que hablaría con Jay se le contraía el estómago-. No necesita molestar al señor... Lorence -dijo-. La visitaré en el hospital a la hora del, té -terminó y, después de colgar, se apoyó en su asiento temblando por la violenta reacción.
Contestar el llamado de su madre era una cosa... un deber, si se quería; pero hablar con el hombre que la obligó a separarse de ella y a preguntarse si deseaba verla de nuevo, enferma o sana, otra distinta.
-Cuídate, mamá -le había ordenado Kit-, y llámame cuando llegues. A veces los trenes se detienen a causa de la nieve -agregó, con la sabiduría de un nonagenario, no de un niño de nueve años.
-Te llamaré en cuanto me hospede en el hotel -le prometió, abrazándolo, antes de pegarse una brillante sonrisa a la cara y despedirse de él en la estación.
El tren se detuvo con una última sacudida. Rebecca recogió su abrigo de lana y se lo puso. Sus dedos temblaban, notó mientras se abotonaba. Tomó aliento para tranquilizarse, se acomodó los guantes y revisó en la mente su apariencia.
Sabía que se veía bien, considerando la duración del viaje y la razón por la que lo emprendía. Pero esos dedos temblorosos hablaban por sí mismos y comprendió que estaba más preocupada por su madre de lo que le gustaría admitir.
Abrió la puerta del compartimiento y siguió a los pasajeros. Quizá su fría compostura se relacionaba con la barrera que erigió años antes para sobrevivir... a pesar de todo. O tal vez tenía que ver con la clase de mujer que era alta, delgada, con movimientos gráciles que hacían que las personas que la miraban, y varios hombres se volvieran para admirarla, jamás sospecharían que ejercía un control de hierro sobre sus emociones.
Lo que fuera, desquició al hombre que la esperaba en la plataforma, espiando la cara impasible de la joven pues nada, ni los años de conocerla, ni la promesa de la enorme belleza que maduraba con cada primavera, ni la distancia, lo prepararon para lo que veía en ese momento.
Con los dientes apretados la observó caminar hacia él, acercándose con cada paso, mientras se le aceleraba el corazón, reconociendo que despertaba algo dentro, muy dentro de su cuerpo.
Ella todavía no lo reconocía; mantenía las espesas pestañas oscuras velando el gris humo de sus pupilas, concentrando su atención en el viajero que le cerraba el paso.
Todo estaba allí, la suave sensualidad con que se movía, las largas piernas, el cuello de cisne, el óvalo del rostro, sugiriendo una fragilidad engañosa y la mata de cabello café oscuro, peinado con una elegancia desconocida para la antigua adolescente.
Si, pensó el hombre con amargura. Pero esa belleza superó con creces sus más locas suposiciones y despertaba emociones que creyó muertas desde hacía mucho, dejándolas al desnudo.
Esa era Rebecca, después de diez años.
La joven llegó a la puerta, entregó su billete con una mano enguantada y preguntó con voz clara dónde podía tomar un taxi.
Perdida en sus pensamientos, Rebecca se quedó inmóvil al escuchar su nombre, modulado en ese tono rico, profundo, familiar. Algo se estremeció dentro de ella y alzó los ojos para enfrentarse a los de Jay.
Por un momento no pudo moverse o hablar, mostrando el asco que la invadía por encontrarlo allí. Todo lo que se le ocurrió fue: “Dios, cómo se parece a Kit! ¡Cómo se parece a mi hijo!”
Los años de amargura se le atragantaron impidiéndole respirar. Diez años, recordó, y apenas lo había tocado el paso del tiempo. Su cuerpo seguía esbelto y firme, su cabello negrísimo y brillante. Conservaba la cabeza alta, orgullosa, con la fría tranquilidad de siempre.
-Hola, Jay -logró contestar al fin, agregando con petulancia-: No esperaba que vinieras a recogerme.
-Cuando el hijo pródigo regresa, Rebecca -replicó, torciendo la boca con humor despectivo-, se acostumbra sacar la alfombra roja.
- ¿Y tú te consideras esa alfombra? -inquirió, molesta por haberse desconcertado.
En ese momento, y quizá por fortuna, pues las pupilas azules se endurecieron de ira, alguien los empujó para acercarse a la terminal de los autos de alquiler
-Dame eso -antes que protestara, Jay le quitó la maleta de la mano-. Mi coche está en el estacionamiento, a unos pasos de aquí -giró sobre sus talones y empezó a caminar.
Rebecca lo observó alejarse. No, confirmaba su primera impresión, no cambió mucho en esos años. Poseía la misma arrogancia, el mismo aire despótico con que dominaba al resto de los mortales...