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Pecado Clandestino

Pecado Clandestino

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
​Entonces conoce a Esther Molina.
​Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
​La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La desesperación

La marca de mis dedos en su mejilla me había quemado la palma durante tres días enteros, pero el orgullo no pagaba las facturas ni compraba la tranquilidad.

La situación se había vuelto insostenible. El dueño de la cafetería, asustado por el escándalo que Mario había provocado la otra noche, me había reducido las horas de trabajo "por seguridad del local". Eso significaba menos dinero. Menos comida. Menos estabilidad para Sofía. Para colmo, el miedo se había mudado a mi propia acera; había visto el auto destartalado de Mario pasar dos veces frente a mi edificio en las últimas veinticuatro horas. El mensaje era claro: no iba a dejarme en paz. Me sentía acorralada, asfixiada, al borde de un abismo del que no sabía cómo salir.

Con las manos temblando y el corazón latiéndome en la garganta, saqué de mi bolso el trozo de papel arrugado que Julián me había dejado de una manera sutil antes de mi huida. Solo era un número de teléfono escrito con una caligrafía firme, elegante.

Miré a Sofía, que jugaba con sus muñecas en la alfombra, ajena a la tormenta que destruía a su madre. Respiré hondo, tragué la poca dignidad que me quedaba y marqué.

El tono no sonó ni dos veces.

—Zaragoza —su voz llegó al otro lado de la línea. Era ese tono ronco, autoritario y jodidamente caliente que me hizo apretar las piernas por puro instinto.

—Soy yo —susurré, pegándome a la ventana de la cocina. El silencio del otro lado fue inmediato, denso, cargado de una expectación que crujió a través de la señal—. Acepto el trato, Julián. Pero con mis condiciones.

Escuché una exhalación pesada del otro lado. Pude imaginar perfectamente su sonrisa ladina, esa misma que puso cuando le di la bofetada. La idea de tenerlo cerca hizo que una descarga de calor me recorriera el vientre.

—Dame una hora. Te mandaré una dirección —respondió él, sin rodeos, con la frialdad de quien cierra un trato de negocios millonario, pero con un matiz de urgencia que delató su obsesión.

El hotel *Le Mirage* estaba escondido en las afueras de la ciudad, un lugar discreto de paredes oscuras, luces de neón sumamente tenues y una entrada diseñada para que los autos entraran directamente a los garajes privados sin ser vistos. El lujo se respiraba en el aire, pero era un lujo clandestino, hecho para albergar secretos.

Dejé a Sofía con la vecina de confianza, inventando una jornada doble de trabajo. Ahora, vestida con un vestido sencillo pero ajustado que marcaba la curva de mis caderas y con el pulso desbocado, empujé la puerta de la habitación 404.

La habitación estaba en una penumbra casi total, iluminada únicamente por la luz ámbar de la ciudad que se colaba a través de los grandes ventanales. En el centro, de pie junto a una enorme cama de sábanas oscuras, estaba él.

Julián se había quitado el saco. Llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando unos brazos fuertes y tatuados que contrastaban con su pulcritud ejecutiva. Tenía un vaso de whisky en la mano. Cuando me vio entrar, dejó el vaso sobre la mesa de noche y se giró por completo. Su mirada gris me recorrió de arriba abajo de una manera tan lenta y posesiva que sentí mis pezones endurecerse al instante bajo la tela del vestido. La atracción era física, química, una fuerza de gravedad brutal que me empujaba hacia él.

Di un paso al frente, deteniéndome a dos metros de distancia. No quería parecer débil, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos.

—Estoy aquí —dije, sosteniéndole la mirada—. Pero vamos a dejar las cosas claras antes de que me toques.

Julián dio un paso hacia mí, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir. El aroma de su perfume, mezclado con el olor del licor y el cuero de la habitación, inundó mis sentidos, nublándome el juicio. Estaba tan malditamente guapo que dolía mirarlo.

—Te escucho, preciosa —su voz bajó una octava, volviéndose un murmullo magnético que me erizó la piel.

—Tú no sabes mi nombre fuera de aquí, yo no sé el tuyo —dictaminé, con la voz firme a pesar del temblor de mis manos—. Cuando crucemos esa puerta, somos dos extraños. No hay preguntas sobre el pasado, no hay quejas sobre el presente, no hay promesas para el futuro. No te importa dónde vivo, ni con quién, ni qué hago con mi vida. Y a mí no me importa la tuya. Esto es solo... esto.

Me señalé a mí misma y luego a él. Julián acortó la distancia que nos separaba con un solo paso felino. Quedó tan cerca que pude sentir el calor irradiando de su cuerpo, la dureza de su pecho casi rozando el mío. Levantó una mano y, con una lentitud exasperante, rozó con sus dedos la comisura de mis labios, bajando por mi cuello hasta detenerse en la clavícula, donde mi pulso latía desbocado.

—Me parece perfecto —susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oreja, haciéndome jadear—. Sin nombres. Sin reglas. Solo tú y yo perdiéndonos en el maldito infierno.

Su mano bajó con firmeza hasta mi cintura, tirando de mí hacia adelante hasta que mi pelvis chocó contra la suya. Sentí la evidencia de su deseo, duro y demandante contra mi vientre, y un gemido de pura anticipación escapó de mi boca. Él sonrió contra mi cuello antes de atrapar mis labios en un beso hambriento, salvaje y cargado de una necesidad acumulada que nos consumió por completo. La aceptación había terminado; el pecado acababa de comenzar.

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Rita Coba
cómo está es embarazo de aldo riesgo no pueden tener relaciones sexual 🤣
Rita Coba
ojalá ke se estén cuidando si embarazo en la puerta 🤣🤣
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