Elena Rossi, la princesa consentida de los Rossi, tras la disolución de la trinidad, busca un nuevo comienzo académico en Manhattan. Sin embargo, el pasado de los Rossi es un lazo de sangre imposible de cortar, y las mafias locales no tardan en rastrear sus pasos en Nueva York.
Para sobrevivir en este nueva etapa de su vida, Elena no estará sola. Cuenta con el amparo constante de Christopher Sterling, un frío y letal custodio profesional encargado de su seguridad perimetral. En medio de balaceras en callejones húmedos y persecuciones a alta velocidad, la estricta relación jerárquica y el protocolo de un contrato laboral por su padre empiezan a desmoronarse.
Entre la adrenalina del peligro y la soledad de las noches, un sentimiento profundo e indomable transformará a la heredera y a su sombra en un equipo indestructible y un amor que atravesará todas las barreras que les pondrá la vida en el camino.
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Capitulo 3
El viaje a Nueva York se organizó en menos de una semana. Mi mente, que antes se perdía en la melancolía de los pasillos vacíos de la mansión, encontró un refugio temporal en los detalles prácticos de la mudanza. Embalar mis pertenencias, seleccionar los libros de economía que me acompañarían y revisar los programas de la universidad me sirvieron para mantener una distancia saludable con la rutina de Camilo y Franco
Verlos tan compenetrados en sus roles de padres y esposos me seguía doliendo, no lo voy a negar, pero la perspectiva de tener mi propio espacio en Manhattan me daba la fuerza necesaria para no caerme anímicamente
El departamento que mi padre había adquirido a través de las firmas de la corporación estaba ubicado en una zona exclusiva de la ciudad, un piso alto con ventanales que ofrecían una vista despejada de las luces de la avenida y del Parque Central
El día de la mudanza, el lugar nos recibió con un silencio pulcro que yo misma me encargué de romper acomodando mis carpetas de estudio en el escritorio de la sala principal. Christopher Sterling se encargó de la recepción del equipaje y de la inspección inicial de los accesos con una seriedad que me demostró, desde el primer minuto, que se tomaba su trabajo muy en serio
Pasaron los primeros días y la rutina del posgrado comenzó a exigir el máximo de mi capacidad intelectual. Las mañanas en la universidad eran intensas, rodeada de profesionales de todo el mundo que discutían sobre macroeconomía y movimientos de capitales sin tener la menor idea de quién era yo, ni de qué apellido cargaba en mis espaldas. Esa sensación de ser una desconocida, una estudiante más que competía por las mejores calificaciones, me resultaba extrañamente liberadora
Sin embargo, al salir del campus, la realidad de mi condición volvía a hacerse presente en la figura de Christopher, quien me esperaba puntualmente junto a la puerta del vehículo con su traje oscuro y su mirada atenta a cualquier movimiento extraño en los alrededores
Una tarde de jueves, el cansancio acumulado por las horas de clase y la presión de los exámenes me pasaron factura. Al subir al auto, me recosté contra el asiento de cuero y cerré los ojos, sintiendo que el peso de la soledad que traía desde Chicago regresaba con fuerza en mitad del tránsito pesado de Nueva York
— ¿Se siente bien, señorita Rossi? — preguntó Christopher desde el asiento del conductor, observándome por el espejo retrovisor con un tono de voz bajo y respetuoso que rompió el silencio del auto
— Estoy cansada, Christopher, es solo eso — respondí sin abrir los ojos, intentando mantener esa distancia formal que mi padre me había encomendado — Las clases de finanzas internacionales son más demandantes de lo que imaginaba
— Si me permite la sugerencia, antes de regresar al departamento podríamos desviarnos hacia el sector de la bahía — propuso él, manteniendo las manos firmes sobre el volante mientras esquivaba un camión de reparto — Un poco de aire fresco fuera del ambiente universitario le vendría bien para despejar la cabeza. El señor Fabián me pidió que cuidara de su salud y el agotamiento mental también es un factor de riesgo
Abrí los ojos y lo miré de reojo, sorprendida por la iniciativa. Durante los primeros días, Christopher se había limitado a cumplir mis órdenes y a abrirme la puerta del auto sin emitir un solo comentario que no estuviera relacionado con los horarios o la seguridad de las calles. Descubrir que detrás de esa postura estricta había una preocupación genuina por mi bienestar me causó una sensación extraña, una mezcla de alivio y curiosidad
— Está bien, vamos a la bahía, Christopher — accedí, enderezándome en el asiento y mirando a través de la ventanilla cómo las siluetas de los edificios comenzaban a teñirse con los colores del atardecer
El auto se detuvo en un sector apartado del paseo costero, un rincón donde el ruido de la gran ciudad se diluía en el rumor constante del agua contra los pilotes del muelle. Bajé del vehículo sintiendo el impacto del aire fresco en la cara y me apoyé contra la baranda de hierro, contemplando la inmensidad del río y las luces de los puentes que empezaban a encenderse en el horizonte
Christopher se ubicó a unos tres metros de distancia, dándome la privacidad que necesitaba pero manteniendo su posición de vigilancia, con los ojos fijos en las personas que caminaban a lo lejos por la pasarela de madera
Lo observé por unos instantes en silencio. Su presencia ya no me resultaba tan invasiva como el primer día en el comedor de Chicago. Había algo en su forma de moverse, en esa tranquilidad absoluta que transmitía en medio de un entorno desconocido, que me hacía sentir segura, una sensación que había perdido desde que Franco y Camilo se habían alejado de las tareas operativas de la familia
— ¿Hace mucho tiempo que trabajás para la organización, Christopher? — le pregunté, rompiendo la distancia y haciendo una pregunta perdonal por primera vez desde que habíamos llegado a Nueva York
Él se volvió hacia mí, sorprendido por la pregunta personal, pero no tardó en recuperar su compostura profesional, dando un paso corto hacia el frente para responder con amabilidad
— Hace cuatro años, señorita Rossi... Entré a la firma a través de las referencias del sector de transporte en los muelles de Chicago. Su hermano Franco me puso a prueba en la seguridad de los depósitos del norte antes de asignarme a las tareas de custodia ejecutiva del centro
— Entonces conocés perfectamente cómo funcionaba el equipo de los tres — comenté con un rastro de amargura que no pude ocultar en mi voz, volviendo la mirada hacia el agua — Sabés que antes de que todos encontraran su felicidad familiar, nosotros manejábamos cada movimiento de la empresa juntos
— Lo sé, señorita — contestó Christopher con un tono suave, demostrando una comprensión que me llegó directo al pecho — En las oficinas todos sabían que usted era la consentida de la familia. Pero los cambios son inevitables en este tipo de estructuras y cada uno debe encontrar su propio lugar cuando las circunstancias se pacifican
Las palabras de Christopher me tocaron una fibra íntima. Era la primera vez en meses que alguien ajeno a mi círculo familiar directo validaba mi situación sin caer en los discursos de consuelo de mi madre o en las palmaditas en la espalda de Camilo. Él entendía el vacío que dejaba la disolución del trío porque había sido testigo del movimiento constante de nuestra juventud
— Es difícil encontrar un lugar propio cuando toda tu vida dependió de ser la mimada de los demás, Christopher — confesé, sintiendo que la rigidez de mi apellido se ablandaba un poco bajo la luz de la luna que empezaba a reflejarse en la superficie del río — Vine a Nueva York buscando respuestas, pero hay noches en las que el departamento me resulta tan inmenso y solitario como la mansión de Illinois
Christopher me miró fijo, y por un segundo, la frialdad de su rol de custodio desapareció, dejando ver la mirada de un hombre que también conocía el peso de la responsabilidad y las largas horas de soledad en el cumplimiento del deber
— El aislamiento es el precio que se paga por estar al frente de las decisiones importantes, señorita Rossi — pronunció con una seriedad absoluta que me infundió un respeto renovado — Pero estar sola no significa que haya dejado de ser importante. Su familia la necesita fuerte y el posgrado es solo el primer paso para que demuestre que su capacidad va mucho más allá de las fronteras de Chicago. Yo estoy acá para garantizar que nadie interfiera con ese proceso, pase lo que pase en el entorno
Sus palabras se quedaron flotando en el aire de la tarde, marcando un quiebre sutil en nuestra relación. Ya no era simplemente la analista de los Rossi cuidada por un empleado de la firma, había un entendimiento mutuo que iba más allá de los contratos manuscritos y de las directrices de mi padre Fabián
Regresamos al auto en silencio, pero esta vez el ambiente dentro del vehículo ya no se sentía tenso ni cargado de desconfianza
Al llegar al edificio de Manhattan, Christopher me abrió la puerta del coche con su cortesía habitual y me acompañó hasta el hall de entrada, asegurándose de que el personal de recepción mantuviera el control de los accesos bajo los términos estrictos que habíamos establecido
Antes de subir al ascensor, me di la vuelta y lo miré a los ojos, descubriendo en su expresión una firmeza que me dio la pauta de que las semanas venideras en Nueva York no iban a ser tan deprimentes como había imaginado en mis peores noches de encierro
— Gracias por el desvío de hoy, Christopher... Fue una buena decisión — le manifesté con una sonrisa sutil, la primera que me nacía del corazón en mucho tiempo
— Es mi trabajo cuidar de usted en todos los aspectos, señorita Elena — me respondió con una inclinación de cabeza, utilizando mi nombre de pila por primera vez y dejando una sensación de calidez en el ambiente que me acompañó durante todo el ascenso hacia la soledad del piso alto.