Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Por la tarde habló con Sol, fue a su departamento y después salieron a cenar con Pato, el asistente grandote de la cantante.
Tomaron en una parrillita de barrio.
Brindaron por los ex basura.
Después brindaron por las madrastras falsas.
Después por la plata perdida.
Después ya no supieron bien por qué brindaban.
Cuando salieron, Sol y Lola caminaban colgadas una de la otra, riéndose de nada.
Pato intentaba sostenerlas con el tamaño de su cuerpo y la paciencia de un santo.
Thiago frenó la bici en la esquina.
Apoyó un pie en el suelo.
Vio a Lola primero.
Cara roja, ojos vidriosos, pasos torcidos.
Se soltó de Pato y fue directo al tacho de basura de la vereda.
—Ugh...
Thiago hizo una mueca.
¿Cuánto había tomado?
Iba a acercarse cuando una combi blanca dobló y frenó junto a ella.
La puerta lateral se abrió.
Dos hombres grandes bajaron y la agarraron de los brazos.
—¿Qué hacen? —Lola tironeó—. ¡Suéltenme!
Uno levantó la mano para golpearle la nuca.
No llegó.
Una mano pálida y firme le sujetó la muñeca.
El tipo giró.
—¿Y vos quién sos, flaco? Rajá si no querés terminar mal.
Thiago miró la mano que apretaba la muñeca de Lola.
—Es mi esposa. La están lastimando. Suéltenla.
Los dos hombres se rieron.
—Mirá vos. Ahora cualquiera se inventa una esposa en la calle.
—Soltala —repitió Thiago.
Uno le tiró un puñetazo.
Thiago lo recibió como si nada y le dobló el brazo con un movimiento seco.
El grito partió la noche.
El segundo atacó.
Duró menos.
El chofer bajó de la combi para ayudar y terminó en el piso junto a los otros dos.
Thiago llamó a la policía.
Mientras hablaba, Lola se tambaleó.
Él la tomó del brazo antes de que se estrellara contra la vereda.
Pato volvió corriendo después de meter a Sol en el auto.
—¿Quién sos?
—Su marido.
Pato miró a los hombres tirados.
Después a Lola.
—Sol nunca dijo que estaba casada.
Lola levantó la cabeza.
Lo miró con ojos brillosos.
—Pibee... viniste.
Pato parpadeó.
¿Marido o pibe?
Lola abrió los brazos y abrazó a Thiago por la cintura.
Él se quedó rígido.
—Por fin viniste. Había dos tigres enormes. Me agarraron y me querían llevar a su cueva para comerme. Yo luché, luché mucho...
Thiago bajó la mirada.
Las manos de Lola se movían por su cintura con absoluta falta de vergüenza.
—Lola. La cintura de un hombre no se toca así.
Ella levantó la cara, indignada.
—¡Atrevido! ¿Cómo osás decir mi nombre, cara linda? ¿No valorás tu vida?
—¿Y cómo debería llamarte?
Lola le apretó el mentón, borracha y peligrosa.
—Hermana.
Pato miró hacia otro lado.
Esa pareja tenía códigos demasiado intensos.
A la mañana siguiente, la luz se filtraba por las cortinas del departamento de Sol.
Lola giró en la cama y abrió los ojos.
Una cara estaba a centímetros.
—¡La puta madre!
Sol sonrió, apoyada en las manos.
—Buen día.
—Sol Nievas, ¿estás enferma?
—Me dijo Pato que anoche apareció tu marido pibe y hermoso. También dijo que jugaron fuerte: pibe, hermana, esposo, esposa, manoseo de cintura...
Lola se quedó en blanco.
—¿Thiago estuvo?
—¿No te acordás? ¿Tampoco te acordás de que le vomitaste encima?
—¿Qué?
La memoria volvió en pedazos.
Thiago ayudándola a bajar.
Ella torciéndose.
Su cara contra el pecho de él.
Y después...
—No.
Se tapó con la frazada hasta la cabeza.
—Morí. Enterrame acá.
Sol se rio y tironeó de la tela.
—Dale, contame todo.
—Fallecí socialmente. Dejá que esta cama sea mi tumba.
—¿Y las joyas de tu mamá?
Lola sacó la cabeza de golpe.
—Tenés razón.
La vergüenza podía esperar.
Rubén y Graciela no.