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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: La tormenta del concubinato

La luz de la mañana entraba por los ventanales del salón principal como un presagio tibio, dorando los bordes de los muebles tallados y los tapices con el escudo de los Flores. El aire olía a cera de velas recién apagadas y a tensión.

La Vieja Marquesa ocupaba el sillón de respaldo alto —su trono, como lo llamaban las criadas en susurros—, con el cabello plateado recogido en un moño impecable y las manos cruzadas sobre el regazo. Su rostro no revelaba nada. Nunca lo hacía. A su derecha, Lady Margarita permanecía de pie con los labios apretados y los dedos entrelazados sobre el vientre, como si ella misma cargara algo que le pesara. Víctor estaba junto a su madre, los brazos cruzados, la mandíbula tensa. Guapo como siempre. Impaciente como siempre.

Y al centro, un paso adelante de todos, Isabella.

Vestido blanco de algodón sencillo. El cabello recogido con un solo pasador de plata. Las manos plegadas sobre el vientre bajo con una delicadeza estudiada. La imagen perfecta de la sumisión mansa, de la mujer que no busca problemas, que solo obedece. Serena la conocía bien. Conocía cada gesto ensayado, cada suspiro calculado, cada lágrima que brotaba en el momento exacto.

*En mi vida anterior, esa actuación me destruyó.*

*Esta vez no.*

Las puertas del salón se abrieron. Serena entró.

Llevaba un vestido de brocado rojo oscuro que se ajustaba a su cintura antes de caer en pliegues amplios hasta el suelo. En el cuello, el collar de rubíes de la familia Bridge —tres generaciones de historia engastadas en oro viejo—, y en las orejas, los pendientes a juego que su madre le había puesto el día de su boda. Cada paso que daba producía un susurro suave de tela contra mármol.

Todas las miradas convergieron en ella. Isabella levantó los ojos un instante y algo cruzó por su rostro —algo que desapareció tan rápido como llegó.

—Abuela, buenos días —dijo Serena, inclinando la cabeza ante la Vieja Marquesa. Ni demasiado, ni muy poco. La reverencia exacta de una señora de la casa que conoce su lugar y no piensa ceder ni un centímetro de él.

La Vieja Marquesa asintió. Margarita desvió la mirada hacia la ventana.

El silencio se alargó tres latidos.

Fue Víctor quien lo rompió. Por supuesto que fue él. Nunca había tenido paciencia para las sutilezas.

—Serena, Isabella está embarazada.

Las palabras cayeron en el salón como piedras en un estanque. Margarita cerró los ojos brevemente. Isabella agachó la cabeza, pero la comisura de sus labios se curvó hacia arriba —un movimiento diminuto que solo alguien que la conociera íntimamente podría notar.

Serena lo notó.

*La última vez que escuché estas palabras, el mundo se me vino encima. Lloré. Supliqué. Acepté todo lo que me pidieron con tal de no perderlo.*

*Qué patética fui.*

—Ah. ¿Y eso qué? —dijo Serena.

El tono fue tan plano, tan desprovisto de emoción, que por un momento nadie reaccionó. Como si no hubieran escuchado bien. Como si el idioma hubiera dejado de tener sentido.

Víctor frunció el ceño.

—¿Cómo que "y eso qué"? Lleva a mi hijo en el vientre. Quiero tomarla como concubina.

La Vieja Marquesa se adelantó antes de que Serena pudiera responder.

—Queremos nombrarla esposa de igual rango. Isabella es de cuna noble y lleva sangre Flores. Merece una posición digna.

*Esposa de igual rango.* Compartir todo: título, mesa, lecho conyugal, derechos sucesorios. En su vida pasada, esas palabras le habían arrancado el aire de los pulmones. Había sentido cómo el suelo se abría bajo sus pies.

Ahora el suelo estaba firme. Firme como roca.

—No.

La palabra resonó en el salón, clara y limpia, como una piedra cayendo en un lago en calma. Las ondas se expandieron en el silencio.

Isabella levantó la cabeza. Margarita abrió los ojos. La Vieja Marquesa entrecerró los suyos.

Víctor dio un paso adelante.

—¿Qué dijiste?

—Dije que no —repitió Serena, y su voz fue aún más tranquila que la primera vez. Se puso de pie. El brocado rojo se desplegó a su alrededor como agua oscura, y los rubíes en su cuello atraparon la luz de la mañana.

—La Ley Imperial de Matrimonio, artículo treinta y siete: ninguna esposa de igual rango puede ser nombrada sin el consentimiento escrito de la esposa principal. Artículo cuarenta y dos: la toma de concubina requiere la aprobación de la esposa principal y el registro ante el consejo del clan.

Se volvió hacia la Vieja Marquesa y sostuvo su mirada sin pestañear.

—Abuela, usted conoce estas leyes mejor que yo.

El rostro de la anciana se endureció. Los dedos que descansaban sobre el apoyabrazos se crisparon apenas. No había esperado esto. Serena lo supo con certeza: en todos los escenarios que la Vieja Marquesa había contemplado antes de esta reunión, en ninguno aparecía una Serena que dijera que no.

—Las leyes son rígidas, pero los sentimientos humanos son flexibles —dijo la Marquesa con voz medida—. La criatura que lleva Isabella es sangre Flores. Eso no puede ignorarse.

—Nadie niega la sangre de esa criatura —la interrumpió Serena.

El salón contuvo el aliento. Nadie interrumpía a la Vieja Marquesa. Nadie.

Serena continuó sin inmutarse:

—Isabella puede ser tomada como concubina de rango inferior. El más bajo. La criatura será registrada bajo el nombre de la concubina, no en la línea principal de la familia. Eso es lo máximo que voy a conceder.

—¡Serena! —Víctor avanzó dos pasos, el rostro enrojecido—. ¡Te has pasado de la raya!

Serena se volvió hacia él.

Lo miró directamente a los ojos. Por primera vez desde que podía recordar —en esta vida y en la anterior—, lo miró de verdad. Sin adoración, sin súplica, sin el velo de un amor desesperado que distorsionaba todo lo que veía.

Vio a un hombre guapo. Vio a un cobarde.

—Víctor Flores —dijo, y cada sílaba cayó con el peso del acero—, ¿quién cometió adulterio con la prima de su esposa bajo su propio techo? ¿Quién dejó embarazada a una mujer soltera mientras su esposa dormía al otro lado del pasillo?

Víctor abrió la boca. No salió ningún sonido.

—Según la ley imperial, eso constituye una ofensa directa contra la esposa principal. Tengo pleno derecho a solicitar el divorcio y exigir la compensación triple de toda mi dote.

Dejó que las palabras se asentaran. Observó cómo el color abandonaba el rostro de Víctor, cómo la mandíbula de Margarita se tensaba, cómo los dedos de la Vieja Marquesa se detenían sobre el apoyabrazos.

Entonces sonrió. Apenas. Un fantasma de sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Por supuesto, también podría escribirle una carta a mi padre. El Conde Edmund Bridge. —Ladeó la cabeza—. Víctor, ¿qué crees que haría cuando se entere de que su yerno embarazó a la prima de su hija?

*Treinta mil soldados imperiales bajo su mando.* No hacía falta decirlo en voz alta. Todos en ese salón lo sabían. El número flotaba en el aire como el filo de una espada invisible.

Víctor retrocedió medio paso. Fue involuntario —Serena lo vio en la rigidez de sus rodillas, en cómo sus ojos se movieron hacia su madre buscando auxilio que no iba a llegar.

El silencio era absoluto. Ni siquiera el polvo parecía moverse.

La Vieja Marquesa tamborileó los dedos sobre el apoyabrazos. Una vez. Dos veces. Tres.

—...Está bien. Concubina de rango inferior.

Las palabras salieron de sus labios como algo que le supiera amargo. Isabella levantó la cabeza de golpe, los ojos muy abiertos, la boca entreabierta. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que la piel palideció alrededor de la marca. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, pero no dijo una palabra.

*No te atreves*, pensó Serena. *Porque sabes que no tienes ningún derecho. Porque todo lo que tienes te lo robaste, y lo robado no se defiende en voz alta.*

Serena asintió una sola vez, como quien acepta un acuerdo comercial que ya sabía que ganaría.

—Gracias, abuela.

Se dio la vuelta. El brocado rojo barrió el mármol con un susurro suave, casi musical. Caminó hacia las puertas del salón sin mirar atrás. Sus pasos resonaban con una cadencia firme, constante, como el pulso de alguien que sabe exactamente quién es.

Cuando cruzó el umbral, lo escuchó: un sollozo contenido a sus espaldas. Ahogado, tembloroso, como el de un animal herido.

La voz de Isabella.

*En mi vida anterior, la que lloraba era yo. En este mismo salón, a esta misma hora, con este mismo vestido blanco frente a mí. Yo fui la que se quebró.*

Serena no se detuvo.

En el pasillo, Bianca la esperaba con las manos apretadas contra el pecho y los ojos enormes de preocupación. Al ver la expresión de su señora, algo cambió en su rostro —el miedo se transformó en otra cosa. Algo parecido al asombro.

—¿Señora...?

—Prepara té en mis aposentos, Bianca. El de jazmín. —Serena siguió caminando, y el eco de sus tacones contra la piedra llenó el corredor vacío—. Hoy va a ser un día largo.

Porque esto apenas era el principio. Isabella no se quedaría callada para siempre, y la Vieja Marquesa no era mujer que aceptara una derrota sin planear la siguiente batalla.

Pero Serena también tenía planes. Y esta vez, ella conocía el final del juego antes de que sus oponentes supieran que ya había empezado.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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