⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️
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Egoísta
Hacía exactamente una semana que Miles Stone había bajado de aquel autobús viejo en Bahía Centinela. Siete días en los que el zumbido del aire acondicionado de la habitación número cuatro se había convertido en su despertador y las columnas de números de los gastos del hostal en su único refugio. Sin embargo, lo que más había cambiado en esa semana no eran las finanzas del negocio, sino la extraña rutina que había construido con Ezra.
Esa tarde, el calor exterior era tan pesado que el muelle estaba completamente desierto. Dentro de la cocina del hostal, el ambiente era diferente. El olor a ajo dorado, tomates frescos y albahaca llenaba el espacio. Ezra se había empecinado en que Miles debía aprender a cocinar algo más que fideos instantáneos, así que lo había arrastrado al centro de la cocina.
—Corta los tomates en cubos más pequeños, contador —ordenó Ezra, apoyado contra la mesa de madera mientras observaba el trabajo de Miles—. Estás picando eso como si fueran ladrillos para una pared. Necesitamos que se deshagan en la sartén, no que muerdan un bloque de cemento.
Miles suspiró, pero no dejó caer el cuchillo. Apretó la mandíbula y ajustó el ritmo de sus manos.
—Te recuerdo que soy contador, no chef estrella —replicó Miles, sin levantar la vista de la tabla de madera—. Y si mis cortes no son perfectos, es porque tu cuchillo no tiene nada de filo. Deberías añadir un afilador a la lista de gastos del próximo mes.
—Este cuchillo perteneció a mi madre —dijo Ezra, y su tono de voz bajó un peldaño, perdiendo por un momento la burla habitual—. Ella decía que el filo de un cuchillo depende de la paciencia de quien lo usa. Claramente, a ti te falta un montón de eso.
Miles se detuvo por un segundo. Miró a Ezra, quien contemplaba la sartén humeante con una mirada nostálgica.
—¿Tus padres cocinaban mucho aquí? —preguntó Miles, intentando mantener la conversación en un tono neutral.
—Todo el tiempo —respondió Ezra, con una sonrisa suave que le iluminó el rostro—. Este hostal siempre estaba lleno de gente en los veranos de mi infancia. Mis padres se encargaban de la cocina y de la música. Mi primo Matt venía desde la gran ciudad a pasar las vacaciones con nosotros. Esos eran buenos tiempos. Matt y yo pasábamos todo el día corriendo descalzos por la playa, construyendo castillos de arena que el mar destruía a los cinco minutos, y regresábamos aquí cubiertos de sal y tierra.
—Suena a una infancia feliz —comentó Miles, retomando el corte de los tomates.
—Lo fue —asintió Ezra, revolviendo la salsa con una cuchara de madera—. Mis padres eran personas sencillas. No tenían mucho dinero, este hostal nunca dio grandes ganancias, pero ellos decían que la verdadera riqueza era despertarse cada mañana viendo el horizonte sin que nadie te dijera qué hacer. Matt odiaba regresar a la ciudad cuando terminaba agosto. Lloraba en el porche, abrazado a los pilares de madera, diciendo que Bahía Centinela era el único lugar real en todo el mundo.
Miles guardó silencio, procesando las palabras de Ezra. Pensó en su propia infancia en la ciudad. Una infancia llena de presiones, de notas perfectas en la escuela, de su hermano Billy siempre compitiendo por ser el favorito y de unos padres que medían el éxito según el tamaño de la casa y el modelo del coche. No recordaba un solo momento de su niñez que se sintiera tan libre y cálido como lo que Ezra acababa de describir.
—¿Y qué pasó con ellos? —preguntó Miles de forma suave—. Con tus padres.
—El mar se los llevó hace años —respondió Ezra, con una calma que denotaba un duelo ya digerido—. Salieron a pescar en una tarde de tormenta imprevista. Su bote se volcó cerca de los acantilados. Al principio dolió mucho, sentí que este lugar se volvía demasiado grande y vacío para mí solo. Matt quiso que me quedara definitivamente con él a Canadá, pero no pude. Alguien tenía que quedarse a cuidar los recuerdos. Alguien tenía que mantener las sábanas blancas colgando al sol.
Miles miró a Ezra a los ojos. Detrás de la fachada de chico libre y despreocupado, había un hombre con una lealtad inquebrantable hacia su pasado. Justo cuando Miles iba a decir algo más, el silencio de la cocina fue roto por un sonido agudo y estridente.
El teléfono celular de Miles, apoyado sobre la mesa de madera al lado de la licuadora, comenzó a vibrar con violencia.
Miles miró la pantalla. El nombre en la pantalla hizo que toda la calidez de la cocina se evaporara en un milisegundo. Su rostro se volvió completamente blanco y sus manos comenzaron a temblar tanto que tuvo que dejar el cuchillo sobre la mesa para no cortarse.
Mamá.
Miles tragó saliva. Quería ignorarlo, quería apagar el aparato y lanzarlo al océano, pero sabía que si no respondía, ella seguiría llamando hasta agotar la batería. Presionó el botón de aceptar y se llevó el teléfono al oído, alejándose un par de pasos hacia la esquina más oscura de la cocina.
—¿Hola? —dijo Miles, con una voz que apenas parecía la suya.
—¡Miles! ¡Por fin respondes! —la voz de su madre cruzó la línea, sonando alta, histérica y cargada de reproche—. ¿Dónde demonios estás? Llevas una semana desaparecido. Tu padre y yo hemos estado llamando a todos tus amigos. ¿Cómo se te ocurre irte de la ciudad sin decir nada?
—Estoy lejos, mamá. Necesitaba aire —respondió Miles, apretando los ojos con fuerza.
—¡No tienes tiempo para tomar aire, Miles! —gritó su madre desde el otro lado—. La boda de tu hermano es en dos semanas. Hay mil cosas que organizar. Sara está increíblemente estresada con los preparativos del banquete y los médicos le dijeron que no puede tener disgustos por el embarazo. Billy está destrozado porque su propio hermano no le responde los mensajes. Tienes que regresar mañana mismo.
Las palabras de su madre eran como puñaladas directas a una herida abierta. Miles sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La falta de empatía de su propia familia lo estaba asfixiando.
—No voy a regresar para esa boda, mamá —dijo Miles, con la voz quebrada pero firme—. Ya se los dije antes de irme. No puedo estar ahí.
—¡No seas egoísta, Miles! —exclamó su madre, con un tono de indignación absoluta—. Lo que pasó entre Sara, Billy y tú fue un error, un descuido de jóvenes. Pero ya pasó. Tienes que superarlo. Billy es tu hermano menor y Sara va a ser la madre de tu sobrino. No puedes arruinar el día más importante de sus vidas por un simple capricho de orgullo. La familia está por encima de tus rencores. Te exijo que tomes el primer vuelo de regreso.
Miles sintió un nudo amargo en la garganta. Las lágrimas, que había estado conteniendo durante toda una semana, amenazaban con salir. El dolor de ser tratado como el culpable, cuando él era la víctima de la traición, le impedía articular palabra. Se quedó paralizado, con el teléfono pegado al oído, escuchando la respiración agitada de su madre dispuesta a seguir regañándolo.
De repente, una mano firme, caliente y segura se extendió desde un lado y le quitó el teléfono de los dedos con total suavidad.
Miles parpadeó, sorprendido. Ezra se había acercado sin hacer ruido. El dueño del hostal ya no tenía esa mirada perezosa ni la sonrisa burlona. Sus ojos oscuros brillaban con una furia fría y protectora que Miles nunca antes le había visto. Ezra se colocó el teléfono en el oído y habló con una voz fuerte, clara y decidida.
—Escúcheme bien, señora —dijo Ezra, clavando su mirada en la de Miles para infundirle calma—. El señor Stone no va a regresar mañana, ni la próxima semana, ni para esa boda de la que habla.
—¿Quién es usted? ¡Póngame con mi hijo ahora mismo! —se escuchó el grito amortiguado de la madre a través del altavoz.
—Soy el encargado del lugar donde su hijo finalmente está logrando respirar sin que nadie lo pisotee —respondió Ezra, sin perder la compostura pero con un tono cortante como el hielo—. Miles está ocupado viviendo su propia vida, algo que claramente ustedes no le permiten hacer. Dejen de llamarlo. Si vuelven a molestar a mi huésped, me encargaré personalmente de bloquear este número. Que tenga lindo día.
Ezra presionó el botón de finalizar llamada y, sin esperar un segundo, apagó el teléfono por completo. Lo dejó caer sobre la mesa de madera con un golpe seco.
La cocina se quedó un silencio, interrumpido únicamente por el burbujeo de la salsa de tomate en la estufa. Miles se quedó de pie, mirando el suelo, con los hombros caídos y el pecho agitándose por la respiración entrecortada. Finalmente, la primera lágrima rodó por su mejilla, seguida de otra, y de otra más. Una semana de contención emocional se derrumbó en ese rincón de la cocina.
Ezra no se alejó. Dio un paso hacia adelante y colocó una mano suave en el hombro de Miles, apretándolo con delicadeza.
—Así que... por eso huiste al fin del mundo —dijo Ezra en voz baja, con una ternura que conmovió a Miles—. Tu hermano y tu ex. Un embarazo. Vaya desastre, contador.
Miles se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, sintiéndose ridículo y vulnerable, pero extrañamente aliviado por primera vez en días.
—Se iban a casar conmigo, Ezra —confesó Miles, con la voz temblorosa, mirando hacia la ventana—. Sara era mi prometida. Estábamos decorando un departamento juntos. Y ella... ella se acostaba con Billy en mi propia cama mientras yo trabajaba horas extra para pagar la boda. Mis padres lo saben todo, pero dicen que debo perdonarlos porque un bebé viene en camino. Me pidieron que fuera el padrino, ¿puedes creerlo? Querían que estuviera ahí, sonriendo, fingiendo que no me destruyeron la vida.
Ezra escuchó cada palabra sin interrumpir. Sintió una profunda oleada de desprecio hacia la familia de Miles, pero también una inmensa admiración por el chico que tenía enfrente. Ahora entendía perfectamente la rigidez de Miles, sus camisas perfectas y su obsesión por los números ordenados. Era la forma en que Miles intentaba controlar un mundo que sus seres más queridos habían dinamitado por completo.
—Tus padres están locos, Miles —dijo Ezra con total sinceridad, cruzándose de brazos—. Y tu hermano es un cobarde. Hiciste bien en marcharte. Quedarse ahí habría sido suicidio emocional.
—A veces siento que soy un cobarde por escapar —susurró Miles, bajando la cabeza.
—Escapar no es de cobardes, Stone. A veces, huir es la única forma de salvar lo que te queda de dignidad —replicó Ezra, obligando a Miles a mirarlo a los ojos—. Mira este pueblo. Está lleno de gente que huyó de algo. El mar recibe a todos los que están rotos. Aquí no tienes que fingir nada. Si quieres llorar, llora. Si quieres romper un plato, romperemos todos los platos de la cocina. Pero no dejes que esa gente te haga creer que tú eres el problema.
Miles miró a Ezra. En los ojos oscuros del dueño del hostal no había rastro de lástima, solo una empatía pura y cruda. Por primera vez en meses, Miles sintió que alguien lo veía de verdad, que alguien validaba su dolor sin pedirle que lo ocultara por conveniencia social.
—Gracias, Ezra —susurró Miles, y una pequeña, casi invisible sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—No hay de qué, contador —respondió Ezra, recuperando un poco de su habitual tono ligero, aunque sus propios ojos brillaban con una emoción contenida—. Ahora, limpia esas lágrimas y termina de cortar los tomates. La salsa se está secando y tengo un hambre terrible. Además, las vitaminas concentradas que tomo me abren el apetito.
Miles asintió, tomando el cuchillo de nuevo. La atmósfera en la cocina había cambiado por completo. Ya no eran un huésped rígido y un dueño excéntrico; eran dos almas heridas que, bajo el sofocante calor de un verano costero, habían decidido compartir el peso de sus propios secretos. Lo que Miles aún no sabía era que el hombre que lo acababa de defender de su pasado estaba librando una batalla mucho más silenciosa y definitiva contra su propio futuro.