Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 8
Dante inclinó su vaso hacia mí en un gesto de reconocimiento.
—Arthur conserva el control del cuarenta por ciento del capital flotante de la empresa, Emma. Pero necesita una prueba irrefutable de que Julián ha estado falsificando las auditorías internas para ocultar el desvío de fondos hacia la cuenta personal de los Montgomery antes de la firma del matrimonio. Una prueba que solo la Directora de Operaciones podía extraer.
—La prueba que está en la unidad USB que acabo de entregarles —concluí, sintiendo el peso de la partida de ajedrez que se estaba jugando sobre mi cabeza.
—Exacto —intervino Arthur, dando dos pasos hacia mí hasta quedar a menos de un metro de distancia. La fuerza de su presencia era un imán helado—. Pero una simple demanda por fraude financiero o un litigio en los tribunales llevaría años. Julián usaría el dinero de su nueva esposa para defenderse en los juzgados, dilataría el proceso y la prensa convertiría el nombre de la familia Vance en un circo mediático. Yo no destruyo a mis enemigos en un juzgado, Emma. Los destruyo desde la raíz. Les quito el aire, la tierra y el derecho a existir en mi mundo.
El silencio volvió a adueñarse de la estancia. El chasquido de la madera quemándose en la chimenea era el único sonido que rompía la tensión.
Arthur rodeó mi figura con la lentitud de un depredador experimentado. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo maduro, la sombra de su silueta proyectándose sobre mi vestido rojo. Había algo innegablemente magnético y peligroso en él; era la versión terminada, pulida y temible de lo que Julián solo aspiraba a ser.
—Julián cree que te ha dejado atrás —susurró Arthur, detenidos justo a mi espalda. Su aliento, con un leve aroma a tabaco de pipa y malta envejecida, rozó la piel expuesta de mi cuello—. Cree que te ha relegado al papel de la amante despechada que llorará en su apartamento mientras él disfruta del prestigio social. Cree que tiene el control de la dinastía Vance.
Se giró hacia mí, quedando cara a cara. Sus ojos grises me fijaron con una intensidad tan abrumadora que el aire pareció escasear en mis pulmones.
—Mañana a primera hora, los periódicos anunciarán que la junta directiva de *Vance Capital* ha sido convocada de urgencia para reestructurar la cúpula ejecutiva tras la revelación de irregularidades masivas —continuó Arthur, alzando una mano para rozar, apenas con las yemas de sus dedos, el borde de la tela de mi escote asimétrico. El contacto fue sutil, pero cargado de una electricidad dominante que me hizo contener la respiración—. Pero un ataque corporativo no es suficiente para enseñarle a mi sobrino la lección que merece por su traición.
—¿Qué propone entonces, Arthur? —pregunté, sosteniéndole la mirada con la misma frialdad con la que había aceptado desafiar a su sobrino.
Arthur miró a Dante por un segundo. Dante asintió levemente, dando un paso atrás para otorgarle al patriarca todo el escenario.
El señor de la casa dio un paso más hacia mí, acortando la distancia de forma drástica. Su mano, grande, firme y pulcra, subió desde mi escote hasta enmarcar mi mandíbula con una posesión suave pero aplastante. Sentí la firmeza de sus dedos, la autoridad innata de un hombre que jamás en su vida había recibido un "no" por respuesta.
—Julián busca legitimidad y poder absoluto a través de su matrimonio con Victoria Montgomery —dijo Arthur, con una voz rasposa que se convirtió en una caricia dominante contra mi piel—. Quiere el apellido, quiere el control del clan y quiere la herencia de los Vance. Pero la herencia de esta familia no le pertenece a él. Me pertenece a mí. Y el control del clan no se transmite por un contrato matrimonial firmado con unos advenedizos.
Sus dedos presionaron levemente mi mentón, obligándome a inclinar el rostro hacia arriba para mirarlo directamente a esos ojos grises como el plomo.
—Cásate conmigo, Emma.
La propuesta cayó en el estudio como una detonación silenciosa.
Me quedé petrificada. Cada neurona de mi cerebro, entrenada para procesar datos a la velocidad de la luz, pareció congelarse ante la magnitud de lo que acababa de escuchar.
—¿Qué? —murmuré, apenas capaz de articular la palabra.
Una sonrisa oscura, lenta y profundamente seductora se dibujó en los labios de Arthur Vance.
—Cásate conmigo —repitió, sin soltar mi mandíbula, acercando su rostro al mío hasta que sentí el calor directo de su respiración—. Conviértete en la señora de *The Oak Manor*. Conviértete en la matriarca de la familia Vance. Conviértete en su tía.
El impacto de las palabras resonó en mi mente con un eco devastador.
—Si te casaste conmigo —continuó Arthur en un murmullo que era pura ponzoña refinada—, no solo mantendrás la posición ejecutiva de máxima autoridad en el nuevo consorcio que formaremos con Dante. No solo tendrás el cincuenta por ciento de mis acciones personales. Tendrás el derecho legal y social de mirar a Julián desde la cumbre de la familia. Cada vez que tenga que pedir una prórroga para sus créditos, tendrá que pedírtela a ti. Cada vez que acuda a una cena familiar o a un evento de la alta sociedad, tendrá que agachar la cabeza, besarte la mano y llamarte "tía Emma". Le quitaremos su dinero, le quitaremos su empresa, y le recordaremos en cada segundo de su miserable existencia que la mujer que despreció es ahora la dueña de su destino y la esposa del único hombre al que realmente le teme.
Mi corazón comenzó a latir con una fuerza salvaje contra mis costillas.
La imagen mental se desplegó ante mí con la fuerza de un rayo. Ver a Julián, el hombre que me había usado, que me había reducido a una amante de oficina y que había intentado comprar mi silencio con un apartamento de lujo, obligado a arrodillarse ante mi presencia por protocolo familiar. Ver la cara de Victoria Montgomery cuando descubriera que la mujer a la que pretendía eclipsar era ahora la cabeza del clan al que ella tanto anhelaba pertenecer.
Y lo más importante... mi hijo.
El hijo de Julián no nacería como un bastardo despojado de todo. Nacería como el heredero legal de Arthur Vance. Llevaría el apellido con el máximo estatus imaginable, heredaría la totalidad de la fortuna del clan y ocuparía el trono que su propio padre había perdido por su arrogancia y codicia. Era la jugada perfecta. El jaque mate definitivo en el tablero de la vida.
Arthur pareció notar la chispa de fuego oscuro que se encendía en mis ojos. Su mano bajó por mi cuello con una lentitud tortuosa, rozando la clavícula y descendiendo por la línea de mi vestido hasta posarse firme en mi cintura, pegando mi cuerpo al suyo con una autoridad incuestionable.
A pesar de la diferencia de edad, el hombre que me sujetaba emanaba una virilidad imponente, un poder físico y mental que hacía que la atracción fuera un hecho ineludible. No era la pasión juvenil y egoísta de Julián; era el abrazo de un depredador alfa que ofrecía protección, venganza y la corona de un imperio a cambio de mi alianza absoluta.
—Dime que sí, Emma —susurró Arthur contra mi oído, mientras su boca rozaba la piel sensible de mi cuello, haciéndome soltar un suspiro ahogado que intenté reprimir sin éxito—. Dime que estás lista para gobernar este mundo a mi lado y ver cómo se quema todo lo que mi sobrino construyó.
Sentí la mirada de Dante a lo lejos, observando la escena con la satisfacción del estratega que ve encajar la última pieza de su trampa. Sentí el peso del vestido borgoña contra mi piel, el calor de la mano de Arthur sujetando mi cintura con posesión absoluta, y la presencia silenciosa de la pequeña vida que crecía en mi interior.
Me separé apenas unos milímetros para mirar a Arthur a los ojos. No había rastro de miedo en mi rostro. Solo la ambición devoradora de una mujer que había renacido de sus propias cenizas.
—Tengo mis propias condiciones, Arthur —dije, con una voz tan helada y majestuosa que pareció sorprender al propio patriarca.
—Nombra tus condiciones, mi futura reina —sonrió él, disfrutando del desafío.
—El control operativo total de la reestructuración de la firma. La firma de un acuerdo prenupcial donde el cincuenta por ciento de la finca y los fondos fiduciarios queden blindados a mi nombre... y la promesa de que seré yo quien le entregue la notificación de su quiebra en su propia cara.
Arthur soltó una carcajada profunda, satisfecha, y sin pedir permiso, selló el pacto atrapando mi boca en un beso dominador, firme y lleno de una posesión ardiente que dejó claro que a partir de este instante, las reglas del juego habían cambiado para siempre.
Cuando se separó de mí, mirándome con un orgullo feroz, ajusté mi vestido rojo con la máxima elegancia, me giré hacia los ventanales que daban a los jardines de *The Oak Manor* y dibujé en mis labios la sonrisa más peligrosa de mi vida.
La boda de Julián Vance había terminado. La mía estaba a punto de comenzar.