En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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No vuelvas
Alex estaba bastante seguro de que aquella conversación no iba a terminar bien.
El hombre del traje oscuro seguía observándolo con una calma inquietante, como si estuviera intentando decidir qué hacer con él. Los otros hombres permanecían en silencio, esperando alguna orden. Nadie parecía tener prisa por marcharse y, honestamente, eso no ayudaba a tranquilizarlo.
—Creo que hubo un malentendido —dijo Alex finalmente.
—Lo dudo —respondió el desconocido.
—Solo estaba pasando por aquí.
—¿Pasando por aquí?
—Sí.
—¿Y por casualidad terminaste mirando por una puerta donde se estaba realizando una reunión privada?
Alex pensó unos segundos.
—Cuando lo dices así, suena peor.
—Porque es peor.
El desconocido parecía cada vez menos impresionado.
Alex cruzó los brazos.
—Bueno, sigo sin saber quién eres.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de uno de los hombres cercanos. Otro lo golpeó discretamente en el brazo para que dejara de escuchar.
El hombre del traje permaneció inmóvil.
—Ian Marzanto.
Alex arqueó una ceja.
El nombre no le decía absolutamente nada.
—¿Y debería impresionarme?
Varios presentes soltaron un suspiro.
Ian lo observó durante unos segundos.
—No.
—Bien.
—Pero debería preocuparte.
—Eso sonó como una amenaza.
—Depende de cuánto te guste meterte en problemas.
Alex sonrió.
—Entonces sí era una amenaza.
Ian sintió el impulso de ignorarlo e irse.
No entendía cómo alguien podía hablar tanto en una situación así. La mayoría de las personas estarían aterradas. Aquel chico, en cambio, parecía incapaz de permanecer callado más de treinta segundos.
Definitivamente era un problema.
—¿Quién eres? —preguntó Ian.
—Alex.
—¿Alex qué?
—Alex.
—Ese no es un apellido.
—No dije que fuera mi apellido.
Ian cerró los ojos durante un segundo.
Paciencia.
Necesitaba paciencia.
—¿Qué hacías aquí?
—Caminando.
—Mentira.
—Observando edificios.
—Mentira.
—Perdiendo el tiempo.
—También mentira.
—Bueno, tú preguntas demasiado.
Ian empezaba a entender por qué los demás querían golpearlo.
—Escucha, Alex. Este distrito no es un lugar para turistas.
—No soy turista.
—Entonces eres peor.
—Gracias, creo.
Ian soltó un suspiro.
Aquello no avanzaba.
—Voy a intentarlo una última vez. ¿Qué estabas buscando?
Por primera vez, Alex dudó.
Solo un segundo.
Pero Ian lo notó.
Y aquello llamó inmediatamente su atención.
Porque hasta ese momento el chico había respondido todo sin pensarlo.
Esa pregunta sí le importaba.
—Nada.
—Mentira.
—No sabes cuántas veces me has llamado mentiroso hoy.
—Porque sigues mintiendo.
—Y tú sigues preguntando.
Los dos se observaron en silencio.
Ninguno parecía dispuesto a ceder.
Ninguno parecía dispuesto a confiar en el otro.
Finalmente Ian hizo un gesto a los hombres que los rodeaban.
—Déjennos solos.
Los demás intercambiaron miradas, pero obedecieron.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Ian volvió a concentrarse en Alex.
—No pareces alguien que trabaje para la competencia.
—Qué alivio.
—Pero tampoco pareces alguien que entra accidentalmente aquí.
—¿Y si soy simplemente muy curioso?
—Entonces la curiosidad va a matarte algún día.
Alex soltó una pequeña risa.
—Eso me lo dicen mucho.
Ian estaba empezando a sospechar que era verdad.
El viento movió ligeramente la chaqueta de Alex.
Y entonces lo vio.
Por un instante apenas fue un destello de plata bajo la tela.
Pero llamó su atención de inmediato.
Un colgante.
Ian frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Alex bajó la mirada.
Instintivamente sujetó el colgante.
—Nada.
—Eso claramente no es nada.
—Es mío.
—Lo veo.
—Entonces asunto resuelto.
Ian observó la pieza unos segundos más.
Algo en ella le resultaba extrañamente familiar.
No sabía qué.
No sabía por qué.
Pero tenía la incómoda sensación de haber visto aquel símbolo antes.
Hace mucho tiempo.
Demasiado tiempo.
Intentó recordar.
No pudo.
La sensación desapareció tan rápido como había llegado.
—¿Dónde lo conseguiste?
La expresión de Alex cambió ligeramente.
—Siempre lo he tenido.
—¿Quién te lo dio?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No recuerdo nada de antes del orfanato.
Ian permaneció en silencio.
Aquello sí parecía verdad.
Por primera vez desde que comenzó el interrogatorio, Alex no parecía estar esquivando una pregunta.
Parecía genuinamente confundido.
Y eso hizo que el colgante le resultara aún más interesante.
—¿Por qué preguntas tanto por esto?
—Porque me parece familiar.
—Pues a mí no.
—Claramente.
Alex volvió a guardar el colgante bajo la camiseta.
Por alguna razón, no le gustaba que aquel hombre lo estuviera observando.
Era como si intentara resolver un rompecabezas.
Y Alex tenía la desagradable sensación de ser una de las piezas.
—Bueno, ¿ya terminamos?
Ian lo observó durante unos segundos.
Luego negó con la cabeza.
—No.
—Qué sorpresa.
—Voy a darte un consejo.
—¿Gratis?
—Sí.
—Entonces adelante.
Ian dio un paso hacia él.
Su expresión se volvió completamente seria.
—No vuelvas a aparecer por aquí.
El tono de su voz hizo desaparecer cualquier rastro de humor.
Alex lo notó de inmediato.
Aquello no era una amenaza vacía.
Era una advertencia real.
—¿Y si vuelvo?
—No vuelvas.
—Eso no respondió mi pregunta.
—No necesitas una respuesta.
Durante unos segundos ninguno habló.
El callejón parecía más silencioso que antes.
Finalmente Alex soltó un suspiro.
—Bien.
Ian asintió.
—Bien.
—Aunque no prometo nada.
Ian ya esperaba algo así.
—Por supuesto que no.
—Me alegra que nos entendamos.
Ian negó lentamente con la cabeza.
Definitivamente era imposible.
Absolutamente imposible.
Mientras Alex se alejaba del callejón, Ian siguió observándolo.
Algo no encajaba.
No sabía si era el colgante.
La forma en que había reaccionado a ciertas preguntas.
O simplemente aquella sensación extraña que apareció cuando lo vio por primera vez.
Pero algo estaba mal.
Y rara vez se equivocaba cuando tenía esa impresión.
Alex, por su parte, caminó varias calles antes de relajarse.
Aún sentía la mirada de Ian Marzanto clavada en la espalda.
Era irritante.
Arrogante.
Controlador.
Y probablemente la persona más insoportable que había conocido en mucho tiempo.
Qué imbécil.
Sin embargo, mientras avanzaba por las calles de Valdoria, una parte de él no podía dejar de pensar en una cosa.
Ian había reconocido el colgante.
O al menos había sentido algo al verlo.
Y hasta ahora era la primera persona que reaccionaba de esa manera.
Tal vez aquel encuentro no había sido una pérdida de tiempo después de todo.
Tal vez, sin quererlo, acababa de acercarse un poco más a la verdad.
Y eso era mucho más importante que las advertencias de Ian Marzanto.
Porque Alex no tenía intención de detenerse.
No ahora.
No cuando sentía que las respuestas estaban cada vez más cerca.