Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena.
Capítulo 19: Elena
La vida tiene una manera extraña de devolverte lo que perdiste. No siempre es igual, no siempre es en el mismo momento, pero cuando menos lo esperas, el universo te sonríe y te recuerda que el amor siempre encuentra su camino.
Pasaron dos meses desde la boda.
Dos meses de felicidad plena, de rutinas compartidas, de risas y de planes. La vida en Punta Brava se había convertido en un remanso de paz, y yo, que había pasado diez años encerrada en el odio, descubría cada día una nueva razón para sonreír.
Pero algo estaba cambiando en mi cuerpo.
Primero fue el cansancio. Un agotamiento profundo que me obligaba a dormir siestas que nunca había necesitado. Luego, las náuseas matutinas que llegaban con el sol y se iban con el mediodía. Y finalmente, la certeza. Esa certeza que una mujer reconoce en lo más profundo de su ser.
Estaba embarazada.
¿Estás segura?, preguntó Mateo, cuando se lo dije. Estábamos en la cocina, y él estaba a punto de servirme el café de la mañana. Su mano se detuvo a medio camino, la jarra suspendida en el aire.
Completamente segura... respondí, y mi voz temblaba. He hecho tres pruebas. Todas positivas.
La jarra de café cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Pero a Mateo no le importó. Me levantó en brazos y me hizo girar en la cocina como si fuera una pluma.
¡Vamos a tener un bebé! ....gritó, y su voz resonó en toda la casa. ¡Vamos a tener un bebé!
¡Bájame, Mateo! ...reí, aferrándome a sus hombros. ¡Que me mareo!
Me bajó suavemente, pero no me soltó. Me abrazó con una fuerza que me robó el aliento, y sentí sus lágrimas en mi cuello.
Gracias susurró. Gracias por esto. Por todo. Por darme una segunda oportunidad. Por darme una familia.
No me des las gracias respondí, acariciando su cabello. Esto es tuyo tanto como mío. Es nuestro.
¡Mami! ¡Papá!, Lucía apareció en la puerta de la cocina, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué gritan?
Mateo y yo nos miramos. Y luego, juntos, nos arrodillamos frente a ella.
—Princesa —dijo Mateo, tomando sus manos—. Vas a tener un hermanito o una hermanita. ¿Qué te parece?
Los ojos de Lucía se iluminaron como dos soles.
¿De verdad?,preguntó con la voz llena de emoción.
De verdad respondí, acariciando su mejilla. ¿Estás contenta?
Lucía nos abrazó con todas sus fuerzas, y en ese abrazo, supe que nuestra familia estaba completa. No perfecta, porque la perfección no existe. Pero completa. Llena de amor. Llena de esperanza.
La noticia del embarazo se extendió rápidamente por la pequeña comunidad de Punta Brava. Isabel, que estaba en el jardín cuando se lo contamos, soltó un grito de alegría que asustó a las gaviotas. Diego llamó por teléfono para felicitarnos. Rosario nos preparó una cena especial para celebrarlo.
Y yo, que había pasado años sin permitirme soñar, ahora soñaba a cada instante.
¿Qué crees que será? preguntó Mateo una noche, mientras yacíamos en la cama con su mano sobre mi vientre todavía plano.
No lo sé respondí, cubriendo su mano con la mía. Pero sea lo que sea, será perfecto.
¿Perfecto?
Perfecto porque será nuestro. Porque tendrá tus ojos y mi pelo. Porque será el fruto de todo este amor que hemos reconstruido.
Mateo se inclinó y besó mi vientre.
Te quiero, pequeño susurró. Te quiero aunque aún no te conozca.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas. No era tristeza. Era la certeza de que, después de todo, la vida nos había dado una nueva oportunidad.
Los meses pasaron volando.
Mi vientre comenzó a crecer, y con él, la alegría en la casa. Lucía hablaba constantemente con su hermano o hermana, contándole historias, leyéndole cuentos, prometiéndole que le enseñaría a hacer castillos de arena y a correr por la playa.
Va a ser el mejor hermano del mundo, dijo una tarde, mientras acariciaba mi barriga. ¿Verdad, mami?
Va a ser el mejor respondí, abrazándola. Porque tiene la mejor hermana del mundo.
Mateo, por su parte, se había convertido en un padre todavía más atento si cabía. Me mimaba, me cuidaba, me llevaba a las citas médicas y no se perdía una sola ecografía. En cada una de ellas, sus ojos se llenaban de lágrimas cuando veía el latido del corazón de nuestro bebé en la pantalla.
Es un milagro dijo en la última ecografía, cuando el médico nos confirmó que era una niña. Un milagro que no sé cómo he merecido.
Lo mereces respondí, apretando su mano. Lo mereces todo.
Y así, entre preparativos y sueños, llegamos al octavo mes de embarazo.
Una noche, mientras caminábamos por la playa, sentí una contracción. Fue leve, apenas un aviso, pero suficiente para que mi corazón se acelerara.
Mateo dije, deteniéndome. Creo que... creo que el bebé quiere venir.
Su rostro palideció.
¿Ahora?, preguntó con la voz entrecortada. ¿Pero si aún no ha llegado la fecha?
Los bebés llegan cuando quieren, amor. Y esta parece que quiere llegar esta noche.
Mateo me tomó en brazos y corrió hacia la casa. Yo me aferré a su cuello, riendo y llorando al mismo tiempo.
¡Isabel!...gritó, entrando por la puerta. ¡Elena está de parto! ¡Tenemos que ir al hospital!
Isabel apareció corriendo, con los ojos abiertos de par en par.
¡Voy a buscar las maletas!, dijo. ¡Lucía, ven conmigo!
El caos se desató en la casa, pero yo solo podía mirar a Mateo. Sus ojos verdes estaban llenos de amor, de miedo, de esperanza.
Va a salir todo bien dije, acariciando su rostro. Estoy contigo. Y tú estás conmigo. Eso es todo lo que necesito.
Te quiero, Elena susurró. Te quiero más que a mi propia vida.
Y yo a ti, Mateo. Siempre.
Y mientras el coche nos llevaba hacia el hospital, supe que esta noche no sería el final de nada.
Sería el principio de todo.
El principio de una nueva vida.
El principio de nuestro siempre.