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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21 1987

Lucía no volvió a dormir aquella noche.

La pregunta seguía suspendida entre ella y su padre.

—¿Qué ocurrió en 1987?

Roberto no había respondido.

No inmediatamente.

Se había quedado sentado en la cocina con las manos sobre la mesa, mirando un punto vacío frente a él.

Lucía lo conocía lo suficiente para saber que aquel silencio no era producto de la ignorancia.

Era memoria.

Una memoria que llevaba mucho tiempo escondiendo.

Teresa también lo sabía.

Porque cuando Lucía pronunció el año, su madre dejó de mover las manos.

No preguntó qué significaba.

No dijo que no sabía.

Simplemente bajó la mirada.

Aquello fue peor.

Lucía sintió un vacío en el estómago.

—Los dos lo saben.

Roberto cerró los ojos.

—Sí.

—Entonces quiero que me lo cuenten.

Teresa respiró profundamente.

—Hija...

—No me digas que lo hicieron para protegerme.

Su madre se quedó callada.

Lucía volvió a mirar a su padre.

—No después de todo lo que ha ocurrido.

Roberto apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tienes razón.

Lucía esperó.

—Pero no sé si estás preparada para saberlo.

Ella soltó una risa amarga.

—¿Preparada?

Se señaló a sí misma.

—Me engañaron.

—Lo sé.

—Mi novio murió.

—Lo sé.

—Me están siguiendo.

—Lo sé.

—Usaron mi identidad.

—Lo sé.

—Quieren convertirme en una criminal.

Roberto bajó la mirada.

—Sí.

—Mi hermano fue secuestrado.

—Sí.

Lucía sintió que la voz se le quebraba.

—Entonces dime qué puede ser peor.

Roberto levantó lentamente la mirada.

—Descubrir que esto comenzó antes de que tú nacieras.

El silencio volvió a llenar la cocina.

Lucía tomó una silla.

Se sentó frente a él.

—Empieza desde el principio.

Roberto respiró profundamente.

—En 1987, tu abuelo conoció a Arturo Ferrer.

Lucía permaneció inmóvil.

—¿Dónde?

—En una empresa de transporte.

—¿Trabajaban juntos?

—No exactamente.

—Entonces ¿cómo se conocieron?

Roberto tardó unos segundos.

—Tu abuelo tenía un pequeño negocio.

Lucía frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Transportaba mercancía entre distintas ciudades.

—Nunca me hablaron de eso.

—Porque esa parte de su vida terminó mal.

Teresa se sentó junto a Roberto.

—Muy mal.

Lucía miró a ambos.

—Continúen.

Roberto tomó aire.

—Tu abuelo era un hombre trabajador. No tenía mucho dinero. Pero conocía a mucha gente porque llevaba años trabajando con pequeños comerciantes.

—¿Y Arturo?

—Arturo estaba empezando a construir su empresa.

—Entonces era joven.

—Sí.

—¿Y qué hizo?

Roberto bajó la mirada.

—Ofreció un negocio.

—¿A mi abuelo?

—Sí.

Lucía esperó.

—¿Qué negocio?

—Transporte de mercancía.

—Eso parece normal.

Roberto soltó una risa triste.

—Al principio lo parecía.

En aquella época, la ciudad era diferente.

Los teléfonos eran escasos.

La información tardaba más en circular.

Los documentos se archivaban en papel.

Muchas operaciones se hacían con firmas y sellos.

Y para alguien acostumbrado a trabajar con poco dinero, una oportunidad económica podía parecer demasiado buena para rechazarla.

Arturo ofreció a su abuelo un contrato para transportar mercancía.

El pago era superior a lo habitual.

Las rutas eran frecuentes.

Y la empresa parecía crecer rápidamente.

El abuelo de Lucía aceptó.

Durante meses todo funcionó.

Hasta que una noche recibió un encargo diferente.

No era una carga común.

No eran alimentos.

No eran materiales.

No eran productos de comercio.

Eran cajas cerradas.

Selladas.

Sin etiquetas claras.

—¿Y mi abuelo sabía qué había dentro? —preguntó Lucía.

—No al principio.

—¿Cuándo se enteró?

Roberto apretó los labios.

—Después de entregar una de las cargas.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Qué encontró?

—Dinero.

Silencio.

—Mucho dinero.

Lucía bajó la mirada.

—¿Dinero ilegal?

—No lo sabía al principio.

—¿Y después?

—Después empezó a sospechar.

Roberto continuó.

—Tu abuelo comenzó a notar que las cajas no coincidían con los documentos.

—¿Cómo?

—Las cantidades declaradas eran diferentes. Los destinatarios cambiaban. Algunas cargas aparecían registradas bajo una empresa y luego eran entregadas a otra persona.

—Entonces era una operación para ocultar dinero.

—Eso parece.

—¿Y Arturo estaba detrás?

—Eso pensaba tu abuelo.

Lucía cruzó los brazos.

—¿Pensaba?

—Nunca tuvo una prueba definitiva.

—Pero conocía a Arturo.

—Sí.

—¿Y qué hizo?

Roberto miró a Teresa.

Ella tomó aire.

—Intentó retirarse.

Lucía sintió un nudo en el pecho.

—¿Y lo dejaron?

Roberto negó.

—No.

El abuelo de Lucía comenzó a recibir llamadas.

Primero eran advertencias tranquilas.

Después mensajes.

Finalmente llegaron hombres a su negocio.

No rompieron nada.

No gritaron.

Solo le dijeron que debía continuar.

—¿Cómo supieron dónde vivía?

—Porque sabían todo de él.

Lucía sintió frío.

—Como ahora.

Roberto la miró.

—Sí.

—Entonces Esteban aprendió esto de Arturo.

—Probablemente.

—¿Y mi abuelo?

—Tu abuelo no cedió.

Lucía sintió una extraña sensación de orgullo.

—¿Qué hizo?

Roberto miró sus manos.

—Guardó copias.

—¿De qué?

—De los documentos.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Todavía existen?

—No lo sé.

—Papá.

—No lo sé.

—Pero acabas de decir que guardó copias.

—Sí.

—¿Dónde?

Roberto respiró.

—Ese fue el problema.

Una noche, el abuelo de Lucía reunió los documentos.

Había copias de contratos.

Registros de transporte.

Nombres.

Cantidades.

Rutas.

Firmas.

Y una serie de operaciones que podían demostrar que algunas empresas vinculadas a Arturo estaban utilizando a pequeños comerciantes para mover dinero.

No comprendía toda la estructura.

Pero sabía suficiente para entender que era peligroso.

Decidió entregar la información a alguien.

A una persona que podía denunciar.

Pero antes de hacerlo, desapareció una carpeta.

La más importante.

La que contenía la prueba original.

—¿Quién la tomó?

—Nunca lo supimos.

Lucía frunció el ceño.

—¿Y Arturo?

—Negó saber cualquier cosa.

—Claro.

—Tu abuelo lo denunció.

—¿Y?

Roberto bajó la mirada.

—No ocurrió nada.

Lucía sintió una mezcla de frustración y rabia.

—¿Por qué?

—No había suficientes pruebas.

—¿Aunque hubiera documentos?

—Algunos desaparecieron.

—¿Los originales?

—Sí.

—¿Y las copias?

—Tu abuelo escondió algunas.

Lucía lo miró.

—¿Dónde?

Roberto no respondió.

Ella entendió.

—Tú sabes.

—Sé una parte.

—¿Qué parte?

—No dónde están.

—Entonces ¿qué sabes?

Roberto respiró profundamente.

—Sé que tu abuelo dejó una caja.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Qué caja?

—Una caja de madera.

La respiración de Lucía se detuvo.

Pensó inmediatamente en la caja que había encontrado.

La caja de fotografías.

La que contenía la memoria y la carta de Mateo.

—¿Qué tamaño?

Roberto hizo un gesto con las manos.

—Pequeña.

Lucía sintió que el mundo se detenía.

—¿Y qué tenía?

—No lo sé.

—Papá.

—Tu abuelo nunca me lo dijo.

—Entonces ¿cómo sabes que existía?

—Porque la vi.

Lucía levantó la mirada.

—¿Cuándo?

—Cuando tenía diecisiete años.

Roberto comenzó a recordar.

Era un muchacho.

Su padre había muerto.

La familia se encontraba reorganizando sus cosas.

Había cajas.

Ropa.

Fotografías.

Documentos.

Y una caja de madera que Roberto quiso abrir.

Su padre se lo impidió.

—No la toques.

—¿Por qué?

—Porque esto no es para ti.

Roberto había obedecido.

Años después, cuando intentó encontrarla nuevamente, había desaparecido.

Lucía lo escuchaba sin parpadear.

—¿Y nunca preguntaste?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Que ya no existía.

—¿Le creíste?

Roberto negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque mi padre nunca mentía de esa manera.

Lucía permaneció en silencio.

—Entonces ¿quién la tenía?

Roberto respondió:

—No lo sé.

Lucía se levantó.

Comenzó a caminar por la cocina.

—Arturo sabía de esa caja.

—Probablemente.

—Por eso me conocía.

Roberto no respondió.

—Por eso dijo Amelia que mi abuelo sabía dónde estaba el dinero.

—Sí.

—Y Mateo descubrió alguna parte de eso.

—Sí.

Lucía se detuvo.

—Entonces la historia no comenzó con Mateo.

—No.

—Comenzó con mi abuelo.

—Sí.

—Y ahora está pasando por mí.

Roberto cerró los ojos.

—Lo siento.

Lucía sintió lágrimas.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque quería que tuvieras una vida normal.

—¿Y funcionó?

Roberto bajó la cabeza.

—No.

Teresa comenzó a llorar.

Lucía la miró.

—¿Tú también sabías?

—No todo.

—¿Qué sabías?

—Que tu abuelo había tenido problemas con Arturo.

—¿Cuándo te enteraste?

—Antes de casarme con tu padre.

Lucía respiró lentamente.

—¿Y por qué nunca me dijeron?

Teresa respondió:

—Porque después de que tu abuelo murió, creímos que todo había terminado.

—Pero no terminó.

—No.

Lucía miró la mesa.

—Y Mateo sabía algo.

Roberto asintió.

—Sí.

—Entonces quizá no me eligió por casualidad.

Su padre levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Y si Mateo sabía quién era mi familia antes de conocerme?

Roberto se quedó inmóvil.

—No lo sé.

—¿Nunca te pareció extraño?

—¿Qué?

—Que él se acercara tanto a nosotros.

—No.

—Que conociera ciertos detalles.

—No.

Lucía comenzó a pensar.

La memoria.

La cuenta.

Los documentos.

Las operaciones.

La relación de Mateo con Esteban.

Todo parecía volver al pasado.

Y entonces una idea más dolorosa apareció.

—¿Y si mi relación con Mateo no fue una casualidad?

Roberto no respondió.

Teresa se llevó una mano a la boca.

Lucía recordó el comienzo.

La papelería.

Las impresiones.

Las visitas de Mateo.

La primera vez que le pidió el número.

Los documentos.

La manera en que se interesó por su familia.

La rapidez con la que se acercó.

En aquel momento todo había parecido normal.

Ahora, seis años después, una duda terrible apareció.

¿Y si alguien había enviado a Mateo hacia ella?

Lucía sintió que el corazón le latía con fuerza.

—No.

Roberto se acercó.

—¿Qué pasa?

—Necesito revisar algo.

—¿Qué?

—La primera vez que Mateo me habló.

—¿Por qué?

—Porque quizá ahí comenzó todo.

Lucía buscó en su antiguo teléfono algunas conversaciones.

No tenía las más antiguas completas, pero encontró una copia guardada en un correo.

Abrió la conversación.

El primer mensaje.

“¿Ya cerraron la papelería?”

Lucía lo leyó.

Después el segundo.

“Necesito unas copias.”

Y el tercero.

“¿Trabajas siempre por la tarde?”

Se quedó inmóvil.

Volvió al tercero.

“¿Trabajas siempre por la tarde?”

En aquel entonces había parecido una pregunta casual.

Ahora no.

Podía serlo.

Pero también podía ser una manera de saber su horario.

Lucía continuó leyendo.

Mateo había hecho preguntas desde el principio.

Sobre sus estudios.

Su familia.

Su padre.

Su trabajo.

Sus horarios.

Y, en menos de dos semanas, había conseguido convertirse en una presencia habitual.

Lucía sintió un escalofrío.

No podía demostrar que aquello hubiera sido planeado.

Pero ya no podía ignorar la posibilidad.

A las siete de la mañana, Lucía llamó a Irene.

—Necesito preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Cuándo conoció Mateo a Esteban?

Irene guardó silencio.

—Antes de conocerte.

—¿Cuánto antes?

—Varios años.

—¿Y cómo se conocieron?

—Por trabajo.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Lucía respiró.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Mateo alguna vez habló de mi abuelo?

Silencio.

Esta vez fue demasiado largo.

—Irene.

—No quiero mentirte.

—Entonces dime.

—Sí.

Lucía sintió un vacío.

—¿Cuándo?

—Una vez.

—¿Qué dijo?

—Que tu familia tenía una historia relacionada con los Ferrer.

Lucía cerró los ojos.

—¿Él lo sabía antes de conocerme?

Irene no respondió.

Y eso fue suficiente.

Lucía terminó la llamada.

Durante unos segundos no pudo moverse.

Había una posibilidad que ya no podía ignorar.

Mateo podía haber conocido parte de su historia antes de acercarse a ella.

Pero eso no demostraba que todo hubiera sido una trampa.

También podía significar que alguien le había pedido información.

Que él había investigado.

Que después se había enamorado realmente.

Que, con el tiempo, había intentado salir.

Y que finalmente había terminado atrapado.

La pregunta no era únicamente si Mateo la había buscado.

Era por qué.

A las diez de la mañana, Lucía recibió una llamada de Amelia.

Esta vez contestó sin esperar.

—Necesito respuestas.

Amelia suspiró.

—Lo sé.

—¿Mateo me conoció por mi familia?

Silencio.

—Sí.

Lucía sintió que el cuerpo se le enfriaba.

—¿Por qué?

—Porque alguien se lo pidió.

—¿Quién?

—Arturo.

Lucía cerró los ojos.

—No.

—Sí.

—¿Qué quería de mí?

—No exactamente de ti.

—Entonces ¿de qué?

—De tu familia.

—¿Por qué?

Amelia respiró.

—Porque Arturo creía que tu abuelo había dejado algo escondido.

Lucía sintió un vacío.

—¿La caja?

—Sí.

—¿Y Mateo tenía que encontrarla?

—Al principio.

—¿Y después?

Amelia guardó silencio.

—¿Qué pasó después?

—Mateo se enamoró de ti.

Lucía sintió las lágrimas.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo vi cambiar.

Lucía cerró los ojos.

La idea era insoportable.

Había comenzado como una mentira.

Pero quizá el amor había sido real.

Y eso hacía todo mucho peor.

—¿Cuándo cambió?

Amelia respondió:

—Cuando descubrió lo que Arturo hacía.

—¿Y qué hizo?

—Intentó alejarse.

—¿Pero ya era tarde?

—Sí.

—¿Y Valentina?

—Valentina no era el centro.

—Entonces ¿por qué estaba con ella?

Amelia suspiró.

—Porque Arturo utilizaba a personas para controlar a otras.

—No entiendo.

—No todas las relaciones de Mateo eran por amor.

Lucía sintió una mezcla extraña de alivio y dolor.

—Entonces la traición...

—Fue real.

Lucía cerró los ojos.

—Eso era lo que más quería saber.

—Sí.

—Aunque fuera parte del plan, me engañó.

—Sí.

—Y eso no lo cambia.

—No.

Lucía respiró.

—Gracias por decirme la verdad.

Amelia permaneció en silencio.

—Hay algo más.

Lucía esperó.

—La caja de tu abuelo no desapareció.

—¿Dónde está?

—Mateo la encontró.

Lucía sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué?

—La encontró antes de morir.

—¿Dónde?

Amelia respondió:

—En la casa de tu padre.

Lucía quedó inmóvil.

—Eso no es posible.

—Revisa las cosas que tu padre guardó después de la muerte de tu abuelo.

La llamada terminó.

Lucía miró a Roberto.

—Papá.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

—¿Dónde están las cosas del abuelo?

Roberto se quedó completamente quieto.

—¿Por qué?

—Necesito verlas.

—Lucía...

—Por favor.

Roberto respiró profundamente.

Luego se levantó.

Fue hasta una habitación pequeña que utilizaban como depósito.

Abrió un armario.

Sacó varias cajas.

Papeles.

Fotografías.

Ropa antigua.

Libros.

Lucía comenzó a revisar.

Una caja.

Otra.

Otra.

Nada.

Hasta que Roberto sacó una caja vieja.

La puso sobre la mesa.

—Esto lo guardo desde hace años.

Lucía la abrió.

Había fotografías.

Cartas.

Un reloj.

Una libreta.

Y debajo...

Una caja de madera.

Lucía quedó inmóvil.

Era la misma.

La misma que aparecía en sus recuerdos.

La misma que Mateo había encontrado.

La misma que su abuelo había escondido.

Lucía tocó la tapa.

No podía abrirla.

No tenía cerradura visible.

Solo una pequeña marca.

La misma marca que había visto en la puerta de la casa abandonada.

Lucía sintió que el corazón se aceleraba.

—Papá.

Roberto la miró.

—¿Qué?

—Mateo ya había encontrado esto.

—¿Cómo lo sabes?

Lucía señaló la marca.

—Porque la misma aparece en uno de sus documentos.

Roberto se quedó inmóvil.

—Entonces...

Lucía abrió lentamente la caja.

Dentro no había dinero.

No había armas.

No había joyas.

Había un pequeño paquete envuelto en tela.

Y una fotografía.

Lucía tomó la fotografía.

Era de 1987.

Aparecían tres hombres.

Uno era su abuelo.

Otro era Arturo Ferrer.

El tercero era un hombre que Lucía no conocía.

Al reverso había una fecha.

17 de junio de 1987.

Lucía sintió un escalofrío.

La misma fecha de su primer encuentro con Mateo.

No podía ser casualidad.

Debajo de la fotografía había una frase escrita a mano:

“El dinero nunca fue lo importante.”

Lucía levantó la mirada.

—¿Qué significa esto?

Roberto no respondió.

Porque en ese momento ambos escucharon un golpe fuerte en la puerta principal.

Uno.

Después otro.

Y luego una voz.

—¡Lucía!

Ella se quedó paralizada.

Reconoció la voz.

Era Sergio.

Roberto cerró la caja inmediatamente.

—Guárdala.

Lucía tomó el paquete.

—¿Dónde?

—En tu habitación.

—Van a entrar.

—Entonces llévala contigo.

El golpe volvió a sonar.

Más fuerte.

—¡Sabemos que están ahí!

Lucía sintió el corazón acelerado.

Ya no había tiempo.

Tomó la caja.

Roberto abrió una puerta trasera.

—Por aquí.

—¿Y mamá?

—Está con la vecina.

Lucía respiró aliviada.

Corrieron.

Salieron por detrás.

Mientras avanzaban, escucharon cómo la puerta principal comenzaba a ceder.

Llegaron a una calle lateral.

Lucía sostenía la caja contra el pecho.

No sabía qué contenía.

Pero ahora entendía que podía ser más importante que la memoria.

Porque había una conexión entre tres fechas:

17 de junio de 1987.

17 de junio de hacía seis años.

Y la fecha actual.

El mismo día de junio.

Lucía comenzó a comprender que quizá el primer encuentro con Mateo había sido elegido.

Pero también que el destino había convertido aquella manipulación en algo que nadie había previsto.

Porque el hombre enviado a acercarse a ella terminó enamorándose.

Y luego intentó protegerla.

Y murió.

Cuando finalmente estuvieron a salvo, Lucía abrió la caja nuevamente.

Sacó el paquete.

Lo desenvolvió.

Dentro había un pequeño cuaderno.

Las primeras páginas estaban escritas por su abuelo.

Lucía comenzó a leer.

La primera frase decía:

“Si algún día alguien de mi familia encuentra esto, significa que Ferrer ha regresado.”

Lucía dejó de respirar.

Pasó la página.

“No confíen en el hombre que promete protegerlos.”

Otra.

“Arturo nunca trabajó solo.”

Otra.

“Y el dinero que todos buscan no es dinero.”

Lucía sintió un escalofrío.

El misterio acababa de cambiar nuevamente.

No era solo una fortuna.

No era solo una operación financiera.

Era algo que su abuelo había considerado tan peligroso que había construido un secreto alrededor de ello.

Y debajo de la última frase había una anotación:

“La respuesta está en la persona que todos creen muerta.”

Lucía levantó lentamente la mirada.

Pensó en Arturo.

Pensó en Esteban.

Pensó en Mateo.

Y entonces recordó las palabras de Amelia:

“Tu abuelo sabía dónde estaba el dinero original.”

Pero su abuelo había escrito:

“El dinero que todos buscan no es dinero.”

Lucía sintió un escalofrío.

—Entonces ¿qué es?

Nadie respondió.

Pero aquella pregunta acababa de abrir una nueva etapa de su vida.

Ya no buscaba únicamente quién había traicionado a Mateo.

Ya no buscaba únicamente quién había falsificado sus documentos.

Ahora necesitaba descubrir qué había protegido su abuelo durante décadas.

Y por qué tantas personas estaban dispuestas a matar para recuperarlo.

Esa noche, Lucía escribió en el cuaderno:

“1987 no es el pasado.”

Debajo:

“Es el principio.”

Y finalmente:

“Y alguien de mi propia familia conoce la verdad completa.”

Cerró el cuaderno.

No sabía todavía que aquella persona estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.

Porque el secreto no había desaparecido con su abuelo.

Había pasado de una generación a otra.

De su abuelo a Roberto.

De Roberto a Mateo.

Y ahora había llegado a ella.

La tragedia que había comenzado con una boda destruida estaba dejando de ser una historia de amor.

Se estaba convirtiendo en una historia de secretos familiares, dinero oculto, traiciones antiguas y personas dispuestas a perseguir a una mujer que nunca pidió formar parte de aquella guerra.

Pero Lucía ya no era la mujer que al comienzo de la historia esperaba que alguien le dijera qué hacer.

Había aprendido a buscar.

Había aprendido a observar.

Y ahora empezaba a comprender que, para sobrevivir, tendría que conocer la verdad completa.

Aunque esa verdad destruyera la última imagen que todavía conservaba de su propia familia.

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