Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 5 — El hombre del antifaz negro
Lían salió del escenario sin mirar al público.
Sofía la esperaba detrás del telón con una bata negra abierta. Se la echó por encima de los hombros, le tomó la mano y la sacó del salón por la puerta lateral antes de que nadie pudiera acercarse.
—No mires atrás —le dijo Sofía en voz baja—. Camina.
Lían no necesitaba que se lo dijeran. Once años de palacio le habían enseñado a salir de un salón sin mirar lo que dejaba detrás.
Subieron las escaleras hasta la oficina del segundo piso. Sofía cerró la puerta con llave. Hasta ese momento, Lían no se había dado cuenta de que tenía las manos temblando.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sofía, me preguntaste cinco veces hoy si estaba segura. Si me lo preguntás una más juro que te abofeteo.
Sofía se rió. Pero la miró raro un momento, como si la abofeteada fuera una posibilidad real y no una broma.
Lían se sentó frente al tocador. Se quitó el antifaz despacio y lo dejó sobre la madera. Se miró las manos. Le seguían temblando.
No es miedo, vieja. Es otra cosa.
Era poder. Era la sensación de haberse parado en un escenario y haber hecho callar a cien hijos de puta sin decir una sola palabra. Mil años atrás había gobernado un imperio sin que nadie la viera. Esta noche había gobernado un salón solo con los brazos.
Le gustaba demasiado.
—Vale.
—Dime.
—Tienes que ver esto.
Sofía le pasó el teléfono.
Lían lo agarró con cuidado. El cuerpo de Valentina sabía usarlo. Los dedos se movieron solos.
La pantalla estaba llena de mensajes.
—¿Qué es esto?
—La cuenta del Lotus. Mensajes que llegaron en los últimos veinte minutos. Mientras bailabas.
Lían leyó.
Quiero reservar a la bailarina para una noche. Pago lo que sea.
¿Cuánto cobra la del antifaz por privado?
Soy abogado, busco contrato exclusivo con la artista.
Le ofrezco cien mil por una hora.
Doscientos mil.
Tres millones por una semana en mi yate.
Lían levantó la vista. Sofía tenía los brazos cruzados, una ceja levantada.
—Tres millones —dijo Sofía.
—Tres millones.
—Hijos de puta con plata.
—Hijos de puta con mucha plata.
Las dos se quedaron mirando la pantalla. Después Sofía empezó a reírse. Una risa que le salió del estómago, que la dobló contra la pared. Lían tardó tres segundos más en sumarse, pero cuando se sumó no podía parar.
—El del yate —logró decir Sofía, secándose los ojos—. El del yate, Vale. Me lo imagino mareado.
—Le doy una semana y se tira él mismo al agua.
—¡Por favor!
Tardaron cinco minutos en calmarse.
Cuando lo hicieron, Lían se quedó mirando la pantalla otra vez. Después le devolvió el teléfono.
—Responde a todos lo mismo, Sofía. Una sola frase. La Dama del Fénix no se vende, no se reserva, no se toca. Baila los viernes. Punto.
—¿En serio?
—En serio.
—Vale, podríamos sacarle plata a esto. Plata de verdad.
—Ya tenemos plata. Lo que necesitamos es otra cosa.
—¿Qué cosa?
Lían se levantó del tocador. Se quitó la corona de jade del cabello, una horquilla a la vez, despacio.
—Que la deseen. Que no la tengan. Que vuelvan cada viernes a verla porque saben que no van a poder tenerla nunca. Eso, Sofía, es lo único que pone a un hombre rico de rodillas.
Sofía la miró fijo.
—Vale.
—Dime.
—A veces me das un poquito de miedo.
—A veces yo también.
Pasaron seis días.
Días de leer el periódico, que era como Lían se estaba poniendo al día con el mundo. Cada mañana, Sofía le subía un café horrible y los diarios. Lían leía todo, hasta los obituarios. Le interesaba quién se moría rico y quién se quedaba con la herencia. El mundo no cambia, pensaba. Sigue siendo de los que saben esperar.
El viernes amaneció lloviendo.
A las cinco de la tarde, Sofía subió al cuarto de Lían con cara de problema.
—Hay lista de espera.
—¿Lista de espera para qué?
—Para entrar esta noche. Hace tres días que la gente reserva mesa solo para verte. Tenemos el salón al doble de capacidad. Andrés está rechazando gente en la puerta.
Lían dejó el periódico sobre la cama.
—¿Cuánta gente?
—Como cien. Ofrecen cualquier cosa por entrar.
—¿Cualquier cosa?
—Una vieja le ofreció a Andrés su anillo de matrimonio. El anillo era de verdad, Vale. Yo lo vi.
Lían se rió.
—Esta ciudad está perdida.
—Esta ciudad estaba perdida antes de ti, Vale. Vos solo le pusiste un escenario.
La segunda noche del Fénix.
A la una en punto, las luces bajaron.
Sofía hizo el anuncio. Empezó la flauta. Lían salió.
Esta vez no le temblaron las manos.
El traje era distinto al de la semana anterior —Sofía había conseguido tres, todos auténticos, en una casa de subastas de arte oriental—. Esta noche era seda negra con bordados plateados. El antifaz era el mismo, dorado. Y Lían bailaba con más calma. Sabía lo que estaba haciendo.
Mientras bailaba, registró a los importantes.
Dante en la mesa del fondo a la izquierda, donde se había sentado la semana anterior. Esta vez tenía un trago intacto delante. Volvió, pensó Lían, y siguió bailando sin perder un movimiento.
Las chicas del Lotus en el balcón superior, viendo el espectáculo. Hasta Mei estaba ahí, y a Mei no le interesaba nada. Esta noche miraba.
Y en el reservado de la derecha, en la sombra, había un hombre que Lían no había visto la semana pasada.
Antifaz negro veneciano. Traje oscuro. Solo.
Lían lo notó porque algo en la postura no le cuadraba. Los hombres ricos se sentaban de una manera —relajados, abiertos, ocupando espacio—. Este se sentaba apretado, con los hombros adelantados, como si estuviera escondiendo algo.
Hizo un giro. Aprovechó para mirarlo bien.
Reloj. Reloj de oro pesado, con un detalle en el bisel que Lían había visto demasiadas veces apoyado sobre su cama. Lo conocía mejor que la cara de su propia madre.
Marcelo.
Lían siguió bailando sin perder un solo movimiento.
Por dentro, le subió una carcajada que tuvo que aguantar mordiéndose la lengua.
El hijo de puta vino disfrazado. El. Hijo. De. Puta. Vino. Disfrazado.
Marcelo Alarcón. El hombre que durante doce años había manejado a Valentina como un títere. El hombre que había mandado un mensaje pidiendo discreción mientras ella se desangraba. El hombre que llevaba veinte días tocando la puerta del Lotus de rodillas pidiendo verla. Ahora estaba sentado en su salón con un antifaz veneciano que parecía comprado en una tienda de carnaval, persiguiendo a una bailarina sin saber que era la mujer que dejó morir.
Hijo de puta. Estás en mi casa. Llevas mi anillo en el bolsillo. Y te volviste loco por una mujer que no existe.
Hizo el siguiente giro lento. Más lento que el de la semana anterior. Movió los brazos largos. Cuando se detuvo en pose, se giró apenas hacia el reservado de la derecha.
Lo miró a través del antifaz.
Marcelo no respiró durante diez segundos. Lían lo contó.
El baile terminó.
Lían bajó la cabeza en una reverencia que solo se usaba para los emperadores. Nadie en el salón sabía que era una reverencia imperial. Y a ella le gustaba que no supieran. Era un secreto suyo, dedicado al único hijo de puta que se merecía esa burla.
Salió del escenario.
Sofía la recibió en bambalinas.
—Vale, estuviste…
—Marcelo.
—¿Qué?
—Disfrazado. Reservado de la derecha. Antifaz negro. Yo lo reconocí por el reloj.
Sofía se quedó muda.
—Hijo de puta.
—Eso mismo.
—Vale.
—Dime.
—¿Lo sacamos?
Lían se quitó el antifaz dorado. Se miró en el espejo del pasillo. La cara de Valentina le devolvió la mirada con una sonrisa que no era de Valentina.
—No —dijo—. Que se vuelva loco. Que vuelva la semana que viene con un disfraz peor.
—Eres mala.
—Soy paciente, Sofía. Es distinto.
Esa noche, mientras se quitaba las horquillas frente al tocador, Lían pensó en Marcelo.
El hijo de puta iba a volver. Eso lo daba por hecho. La semana que viene aparecería con otro disfraz, igual de obsesionado, igual de patético. Y mientras él se enredaba en una mujer que no existía, ella le iba a ir arruinando la vida por debajo de la mesa sin que se diera cuenta.
Esa era la venganza que Valentina le había pedido.
Y esa era la venganza que iba a tener.
Se metió en la cama. Antes de apagar la luz, miró el antifaz dorado sobre el tocador. Le sonrió como se le sonríe a un cómplice viejo.
—Buenas noches, vieja —dijo en mandarín antiguo.
Y se durmió rápido.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺