Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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Capítulo 10: Confesión
Pasó un mes desde que llegamos a la casa de Gael.
Tomás de 13 ya tenía amigos en el colegio. Luna de 11 llenó su pieza celeste de dibujos y muñecas. Yo ayudaba a Gael todos los días. Cocinar, limpiar, ordenar. Era mi forma de decir gracias sin palabras.
Los hombres del traje negro no volvieron. Gael dijo que todo estaba arreglado. No pregunté más. A los 17 aprendí que algunas preguntas son más peligrosas que el silencio.
Esa noche estábamos los cuatro en el living. Lluvia golpeando las ventanas. Luna de 11 dormida en mis piernas con un libro abierto en la cara. Tomás de 13 jugando en su celular. Gael de 19 leyendo en el sillón de al lado.
Por primera vez en mucho tiempo, todo se sentía en calma.
"Isaac", dijo Gael sin mirar el libro. "¿Puedes venir un segundo?"
Me senté a su lado. "¿Qué pasó?"
Cerró el libro despacio. "Necesito decirte algo. Y quiero que me escuches hasta el final, ¿ya?"
Tomás de 13 levantó la vista. "¿Está todo bien?"
"Sí", dijo Gael. Miró a Tomás y a Luna. "Ustedes dos, a su pieza 15 minutos. Necesito hablar con Isaac a solas".
Tomás de 13 puso cara de sospecha, pero tomó la mano de Luna de 11. "Ya. Vamos, Luna".
Cuando la puerta se cerró, el silencio se puso pesado.
"¿Qué pasa?" pregunté.
"Lo de esos hombres", dijo Gael. "Está resuelto. Ustedes están seguros. Yo me encargo". Hizo una pausa. "Lo que no está resuelto... eres tú".
Se me apretó el estómago. "¿Yo?"
"Isaac, tienes 17 años. Tomás tiene 13. Luna tiene 11. Yo tengo 19". Me miró directo. "Sé que solo nos llevamos 2 años. Pero igual me daba miedo decirlo".
Me quedé callado. El corazón me latía muy fuerte.
"Desde la noche que te encontré en esa calle", siguió Gael, "no te veo como un niño que rescaté. Te veo como... alguien importante. Alguien en quien pienso cuando no debería".
Respiré hondo. "Gael..."
"No te pido nada", dijo rápido. "No un beso. No una promesa. Nada". Se acercó un poco. "Solo quiero que sepas que me importas. Mucho. A ti, a Tomás de 13 y a Luna de 11. Los tres".
Lo miré. A los 17, yo también sentía cosas que no sabía nombrar. Rabia cuando Valentina apareció. Miedo cuando la mafia lo buscó. Paz cuando volvía a casa y él estaba en la cocina.
"Yo también te importo", dije bajito. "No sé qué es esto. Pero sí me importas".
Gael cerró los ojos un segundo. Como si le sacaran un peso de encima. "Gracias por ser honesto". Me tomó la mano. Un segundo. Nada más. "No voy a apurarte. No voy a cruzar líneas. Lo prometo".
Luna de 11 golpeó la puerta. "¡Isaac! ¡Tengo frío!"
Nos separamos altiro. Me paré con la cara roja. "Ya voy, Luna".
Antes de abrir la puerta, Gael dijo: "Lo que pase después... lo decidimos juntos. ¿Ya?"
Asentí. Y salí.
Esa noche no dormí. Pensaba en los 2 años de diferencia.