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El Precio Del Mañana

El Precio Del Mañana

Status: En proceso
Genre:Terror / Aventura / Apocalipsis
Popularitas:329
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Medina

La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: El ECO DE LOS MUERTOS

Elías Vane sentía que su caja torácica era una jaula de astillas al rojo vivo. Cada vez que el aire entraba en sus pulmones, el roce del hueso fracturado contra la pleura le arrancaba un sudor frío que se filtraba por las costuras de su uniforme. No era la infección lo que lo estaba matando; era la física pura. El golpe del gigante acorazado en el mercado había sido un impacto seco, masivo, diseñado para quebrar a un hombre, y Elías, a pesar de su voluntad de hierro, seguía siendo de carne y hueso.

—Más despacio, Elías. Estás empezando a silbar al respirar

—susurró Jake, sosteniéndolo con un brazo firme bajo la axila.

Jake se movía con una cautela que no tenía hace dos días. Sus ojos barrían constantemente las sombras del puente Golden Gate, que se alzaba sobre ellos como el esqueleto de un monstruo prehistórico. El entorno era asfixiante. La bruma de esporas en esta zona era tan densa que la luz de la luna apenas lograba teñir el aire de un color violeta pútrido. El suelo estaba cubierto de una alfombra de micelio que crujía como cuero viejo bajo sus botas.

—No... nos detendremos

—logró decir Elías, apretando los dientes hasta que las encías le sangraron

— Si nos quedamos... en campo abierto... las Sombras de la Red nos encontrarán antes del alba.

Habían logrado descender del nivel superior del puente, buscando refugio en las pasarelas de mantenimiento inferiores. Elías sabía que el viaje a San Francisco, que inicialmente estaba previsto para dos días, se iba a alargar. Sus costillas fracturadas le impedían mantener un ritmo de marcha militar, y cada movimiento brusco amenazaba con perforar un pulmón. Eran presas lentas en un mundo de depredadores veloces.

De repente, Jake se detuvo en seco, obligando a Elías a apoyarse contra una viga de acero oxidado.

—¿Qué pasa?

—preguntó Elías, llevando su mano derecha, la única que podía mover con soltura, a la empuñadura de su pistola.

—Hay alguien...

—respondió Jake, su voz temblando por primera vez en horas

—Delante, en la intersección de la torre norte.

Elías forzó la vista.

A través de la neblina violeta, una figura emergió lentamente. Llevaba el uniforme de la Guardia Unificada de Aegis, el mismo que Elías portaba con orgullo. Pero no era un uniforme cualquiera. Tenía los galones de instructor y, sobre el pecho, la insignia de una unidad que solo una persona había liderado en la historia de la Ciudadela.

La figura se quitó la máscara de gas. El rostro que apareció bajo la luz mortecina era el de Marco.

Era su mandíbula cuadrada, su cicatriz en la ceja izquierda, sus ojos grises llenos de una severidad paternal. Pero había algo mal. Su piel tenía un tono grisáceo, casi translúcido, y sus ojos no parpadeaban. No había rastros de la putrefacción que debería tener un cadáver desaparecido hace años; se veía como un recuerdo congelado en el tiempo.

—Elías... Jake...

—la voz de la figura era una imitación perfecta, una réplica sónica que hizo que a Elías se le helara la sangre

— Han caminado mucho. Han sufrido demasiado. Es hora de dejar de luchar.

Jake dio un paso adelante, con el fusil de percusión mecánica temblando en sus manos.—¿Tío...? ¿Eres tú?

—¡No!

—rugió Elías, y el grito le provocó un espasmo de dolor que casi lo hace caer al vacío

—¡Jake, no lo escuches! Marco murió al principio de todo. Yo estuve allí. Ese... esa cosa no es él. ¡Es un truco de la Red!

La figura de Marco sonrió, pero la expresión no llegó a sus ojos. Era un movimiento muscular mecánico, carente de alma.

—Elías, siempre tan terco. El Profeta dice que tu resistencia es admirable, pero innecesaria. Kael te está esperando en la Catedral. Él ha encontrado la paz. Él ha encontrado el orden que Alexia tanto busca.

—Kael está muerto

—sentenció Elías, sacando su pistola y apuntando con mano temblorosa

—Le cayó el techo encima. Yo mismo vi cómo toneladas de hormigón lo convertían en polvo. No hay "paz" en una tumba de escombros. Quienquiera que te esté enviando, dile que su teatro es mediocre.

La figura del falso Marco inclinó la cabeza. De sus oídos empezó a brotar un hilo de savia negra, una señal de que el organismo que habitaba ese disfraz estaba perdiendo la cohesión.

—Si no vienen por voluntad propia, el camino se encargará de romperlos. El Profeta no necesita sus cuerpos intactos, solo su información.

Con una velocidad inhumana, el impostor se lanzó hacia atrás, desapareciendo en el abismo del puente antes de que Jake pudiera apretar el gatillo. El silencio que siguió fue más pesado que el ruido de una explosión.

—Elías... sabía cosas

—susurró Jake, bajando el arma lentamente

—Sabía cómo me llamabas de niño. ¿Cómo puede el hongo saber eso?

—No es el hongo, Jake

—respondió Elías, colapsando sobre sus rodillas mientras el dolor en sus costillas se volvía insoportable

—Es el que está detrás. Alguien ha hackeado los perfiles de la Guardia. Alguien está usando los cadáveres de nuestra memoria para cazarnos.

Elías escupió un hilo de sangre espesa. El esfuerzo de mantenerse erguido frente al "fantasma" de su amigo lo había dejado vacío.

—No vamos a llegar a San Francisco mañana, Jake. Mis costillas... se están desplazando. Necesitamos refugio. Ahora mismo.

Jake miró hacia atrás. La bruma se estaba cerrando, y de las profundidades de la ciudad empezaban a surgir aullidos que no eran humanos. El impostor no se había ido; había ido a llamar a la jauría.

—Hay un búnker de mantenimiento en la base de la torre

—dijo Jake, cargando de nuevo con el peso de Elías

—Es de la vieja red eléctrica. El acero es grueso. Podremos aguantar allí unos días.

Caminaron los metros más largos de sus vidas. Elías apenas sentía las piernas; solo sentía el fuego en su pecho y el sabor metálico en su boca. Jake, por su parte, caminaba con una furia silenciosa. La profanación de la imagen de su tío había despertado en él un odio que ninguna instrucción militar podría haberle enseñado.

Llegaron a la puerta del búnker, una pesada plancha de acero reforzado. Jake usó la culata de su fusil para destrozar el panel de acceso oxidado y forzar la palanca manual. Entraron y cerraron la esclusa justo cuando los primeros arañazos de garras empezaban a sonar contra el metal exterior.

El interior era pequeño, olía a aceite de motor viejo y a polvo seco. Elías se desplomó sobre un banco de madera, su respiración era un silbido agudo que indicaba que el aire apenas estaba llegando a sus pulmones.

—Tengo que... arreglar esto

—jadeó Elías, señalando su costado izquierdo

—Si las costillas perforan el pulmón... se acabó.

Jake abrió el kit médico que Alexia les había dado. Estaba casi vacío. El uso constante en el mercado de carne había agotado los suministros básicos.

—No hay analgésicos fuertes, Elías. Solo vendas y alcohol.

—Entonces hazlo a la antigua

—ordenó Elías, entregándole su propio cuchillo de Marco

—Rompe la tela. Aprieta el vendaje hasta que no pueda respirar. Tienes que inmovilizar la caja torácica. Hazlo ya, antes de que pierda el conocimiento.

Jake asintió. Con manos temblorosas pero decididas, rasgó la ropa de su maestro. La visión del torso de Elías era aterradora: un moretón negro y verdoso cubría todo su costado izquierdo, y la piel estaba tensa, señal de una hemorragia interna que el cuerpo estaba intentando contener.

Jake vertió alcohol sobre las manos y luego empezó a envolver el torso de Elías con tiras de tela reforzada. Elías gritó. Fue un sonido gutural, desgarrador, que resonó en las paredes de hormigón del búnker. Sus ojos se pusieron en blanco por el dolor, pero no se desmayó. Se mantuvo consciente, apretando la mano de Jake hasta que los nudillos del chico crujieron.

—Más... más fuerte

—suplicó Elías entre dientes.

Cuando Jake terminó, Elías era un bloque de carne y vendajes. Su respiración se estabilizó un poco, aunque seguía siendo superficial. El dolor se había convertido en un peso constante, una losa que lo mantendría atado a ese búnker durante los próximos días.

—Descansa, Elías

—dijo Jake, sentándose junto a la puerta con el fusil en el regazo

—Yo vigilaré. No dejaré que ningún fantasma entre aquí.

Elías cerró los ojos. San Francisco estaba allí, a menos de diez kilómetros, pero en su estado, podría estar en otro planeta. La misión de Alexia, la señal de Kael, el destino de Aegis... todo dependía ahora de que un hombre roto sanara y un aprendiz aprendiera a ser el muro entre la vida y la Red.

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Isabel Ortega
gracias por actualizar Escritor muy bueno.
Isabel Ortega
me equivoqué de nombre Celina
Isabel Ortega
Elías fiel a Alexia espero qué puedan escapar de Celia
T.gaitán
eso jake, aprende que no estás cultivando flores.
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