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Susurros Del Más Allá.

Susurros Del Más Allá.

Status: En proceso
Genre:Sirena / Terror / Pacto con el demonio / Maldición
Popularitas:582
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Huellas en la arena.

Apenas Christhian desapareció entre las callejuelas de Mar Azul, Lyssa se quedó inmóvil, con las palabras de él resonando en su mente como una advertencia helada. Sin embargo, lejos de asustarla, aquella advertencia solo avivó más su determinación. No había recorrido tantos kilómetros para echarse atrás ante una mirada dura o frases misteriosas. Su madre estaba aquí, lo sabía en el fondo de su corazón, y algo —o alguien— se la había llevado.

Esperó a que el sol empezara a descender, tiñendo el cielo de tonos violáceos y grisáceos, para bajar de nuevo hacia la playa. A esa hora, el pueblo parecía cerrarse en sí mismo; puertas y ventanas se cerraban con estrépito, como si todos se escondieran de algo que llegaba con la tarde. El viento soplaba con más fuerza ahora, trayendo consigo el olor intenso a sal, algas húmedas y algo más… un aroma dulce y embriagador, pero que ocultaba un peligro antiguo.

Caminó por la franja de arena oscura, pegada a las rocas altas que separaban el pueblo del acantilado. Los susurros seguían ahí, flotando en el aire, rozando sus oídos como dedos invisibles, pero ahora aprendió a ignorarlos, a concentrarse solo en lo que sus ojos podían ver. Su madre siempre le decía: “Las cosas que se esconden de día dejan sus huellas cuando cae la luz”.

Fue entonces, al doblar una saliente de roca cubierta de musgo, cuando vio el lugar. Era una pequeña caleta oculta, protegida del viento fuerte, donde la arena era más fina y oscura, casi negra. Allí, la marea baja había dejado al descubierto objetos que las aguas no habían podido llevarse.

Se arrodilló con cuidado, sintiendo el frío de la arena bajo sus rodillas. Entre conchas rotas, maderos carcomidos y restos de redes viejas, empezó a encontrar señales que le helaron la sangre, pero que al mismo tiempo le llenaron de una extraña esperanza.

Primero halló un broche metálico, oxidado por el tiempo y la sal, pero reconocible al instante. Era una pieza de plata antigua, con el grabado de una ola rodeada de espinas: el símbolo que su madre llevaba siempre, el adorno que jamás se quitaba, un regalo de su propia abuela. Lyssa lo tomó entre sus dedos, sintiendo cómo el metal frío le quemaba la piel. No cabía duda: ella había estado aquí.

Más adelante, semienterrada bajo un montón de algas, apareció una caja de madera pequeña, desgastada por el agua. Al abrirla con manos temblorosas, encontró restos de papeles mojados, casi ilegibles, pero entre ellos, una página aún legible, escrita con la caligrafía elegante y torcida que conocía tan bien:

“Lo que habita aquí no es un mito, Lyssa. Es real, es hermoso y es terrible. Me ha encontrado, igual que te encontrará a ti si bajas a esta orilla. Hay marcas en las piedras, símbolos que cuentan cómo empezó todo… y me temo que yo soy parte de ello. No vengas… pero sé que vendrás. Ten cuidado con las voces, hija mía, y más aún con quien parece querer protegerte. Nada es lo que parece en Mar Azul.”

Las letras se difuminaban al final, como si quien escribía hubiera tenido las manos mojadas o temblorosas. Junto al papel, había un dibujo incompleto: una figura femenina con cola de pez, de rasgos bellos pero ojos vacíos, y a su lado, una silueta masculina encadenada al agua.

Lyssa siguió buscando. Más allá, grabadas directamente en la roca plana que daba al mar, descubrió marcas talladas profundamente. Eran símbolos antiguos, circulares y enredados, idénticos a los que aparecían en los libros viejos que su madre guardaba bajo llave en casa, aquellos que hablaban de pactos, de sangre y de maldiciones que se heredaban de generación en generación. Las líneas estaban recién hechas; algunas piedras alrededor aún tenían polvo fresco, lo que significaba que no hacía mucho alguien había estado allí, trazando o repasando esas señales.

Los susurros crecieron de golpe, volviéndose urgentes, casi ansiosos: «Aquí estuvo… Aquí esperó… Ella la llamó… Y ella respondió… Pronto tú también…».

Se levantó de golpe, mirando hacia el agua negra que rompía con fuerza contra las rocas. ¿Había sido su madre quien talló esas marcas? ¿O fue la criatura de la que hablaban las leyendas la que la había arrastrado a las profundidades?

En la arena, cerca del borde donde llegaba la espuma del mar, vio otras huellas. No eran de pies humanos. Eran marcas largas, curvas, profundas y pesadas, como si algo con peso y fuerza descomunal se hubiera arrastrado desde el agua hasta la orilla. Y entre esas huellas, las pisadas pequeñas y claras de su madre, que avanzaban hacia el mar, sin retroceder, como si hubiera caminado voluntariamente hacia su destino… o como si algo la guiara con una fuerza irresistible.

—¿Qué te pasó, mamá? —susurró Lyssa, apretando el broche contra su pecho, mientras una mezcla de dolor y rabia le subía por la garganta.

Un crujido detrás de ella la hizo girar bruscamente, con el corazón golpeándole las costillas. Entre las sombras de las rocas, distinguió de nuevo la figura alta y oscura de Christhian. No se acercaba, solo observaba desde la distancia, con esa misma expresión de tristeza y advertencia.

—Encontraste lo que buscabas —dijo él, con voz grave que el viento llevó hasta ella—. Pero ahora ya no hay vuelta atrás. Esas huellas no son solo de tu madre… son el rastro de lo que se la llevó. Y ahora que las has visto, ahora que has tocado lo que ella dejó… la que habita en el agua ya sabe que estás aquí. Y no te dejará ir tan fácilmente.

Lyssa se puso de pie, limpiándose la arena de la ropa, y lo miró fijamente, desafiante.

—No me importa —respondió con firmeza, guardando el broche y el papel dentro de su bolsillo—. Vine por la verdad y por mi madre. Y aunque lo que haya aquí sea un monstruo, lo enfrentaré. Porque sea lo que sea lo que vive en este mar… tiene algo que me pertenece.

Christhian negó con la cabeza, y por un instante, Lyssa creyó ver en sus ojos no solo advertencia, sino también un rastro de lástima… o quizás reconocimiento.

—Entonces prepárate —murmuró él antes de perderse de nuevo entre las sombras—. Porque esta noche, cuando salga la luna, los susurros dejarán de ser solo palabras… y empezarán a ser llamadas. Y tú, Lyssa… tú eres la que mejor las escucha.

El viento aulló más fuerte, borrando poco a poco las huellas de la arena, como si el mar quisiera limpiar cualquier rastro, cualquier prueba, dejando solo el misterio y la certeza de que algo antiguo, poderoso y terriblemente peligroso despertaba bajo las aguas oscuras de Mar Azul.

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