En un valle oculto por la magia de las hadas, una loba blanca destinada a un matrimonio impuesto encuentra a un lobo negro moribundo cuyo olor despierta en ella la certeza de haber hallado a su verdadero amor. Juntos desafiarán a un tirano, unirán dos manadas separadas por siglos de mentiras y demostrarán que ni la distancia, ni la guerra, ni la muerte pueden contra el poder de los destinados por la Diosa Luna.
Una historia de amor imposible, magia ancestral, pasión y rebeldía que te hará creer en el destino.
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capitulo 18
El primer día lo pasaron en la cueva.
No hablaron de la guerra, ni de los lobos grises, ni de la partida inminente. Solo estuvieron juntos, acurrucados entre las pieles, escuchando el murmullo eterno de la cascada. Night recorrió el cuerpo de Luna con sus dedos como si quisiera memorizar cada centímetro, cada curva, cada lunar.
—No quiero irme
susurró en la penumbra.
—Lo sé
respondió ella, acariciándole el pelo.
—Pero tienes que hacerlo. Por nosotros. Por todos.
—¿Y si no vuelvo?
Luna se incorporó y lo miró fijamente.
—Volverás. Porque yo te estaré esperando. Porque tenemos un futuro juntos. Porque la Diosa Luna no nos habría unido para separarnos tan pronto.
Night sonrió con tristeza.
—Eres tan fuerte.
—Tú me hiciste fuerte.
Se besaron con desesperación, como si el mundo fuera a terminarse al día siguiente.
El segundo día lo pasaron con sus familias.
Por la mañana, desayunaron con los padres de Luna. Su madre había preparado su comida favorita: pan caliente con miel y frutas del bosque. Su padre, normalmente tan serio, contó historias de cuando Luna era pequeña, de sus primeras transformaciones, de las travesuras que hacía en el bosque.
—Una vez se perdió tres días
dijo su madre, riendo.
—Todo el poblado la buscaba. Y cuando la encontramos, estaba jugando con las hadas.
—Las hadas siempre me cuidaban
dijo Luna, sonriendo al recuerdo.
—Y te siguen cuidando
dijo Luma, apareciendo de la nada.
—No creas que nos olvidamos de ti, loba blanca.
Night observó a las hadas con respeto.
—¿Vendran conmigo?
preguntó
—En el viaje.
Luma negó con la cabeza.
—No podemos irnos del valle. Nuestra magia está ligada a este lugar. Pero los protegeremos desde aquí. Enviaremos mensajes con los pájaros. Estaremos en contacto.
—Es mejor que nada
dijo Night.
Por la tarde, visitaron al Alfa Negro. El viejo lobo los recibió en su tienda con una comida sencilla pero abundante. Hablaron de estrategias, de rutas, de posibles aliados. Pero también hablaron de cosas más personales.
—Tu madre
dijo el Alfa Negro, mirando a Night.
—estaría orgullosa de ti.
Night bajó la mirada.
—¿Cómo era?
preguntó Luna en voz baja.
El Alfa Negro sonrió con nostalgia.
—Era como tú. Fuerte, valiente, testaruda. Murió defendiendo la manada cuando Night era apenas un cachorro. Le prometí que lo cuidaría, que lo educaría, que lo prepararía para ser un gran líder. Y ahora... ahora ha encontrado a su destinada. Ahora es más hombre de lo que yo nunca fui.
—No digas eso, padre
protestó Night.
—Es la verdad. Yo nunca me atreví a buscar a mi destinada después de que ella muriera. Me quedé solo, con mi dolor, con mi cargo. Tú has sido más valiente. Has cruzado el mundo para encontrar el amor. Y lo has encontrado.
Luna sintió que los ojos le picaban.
—La cuidaré
dijo.
—Cuando usted no esté, cuando Night no esté, yo la cuidaré. Se lo prometo.
El Alfa Negro la miró con gratitud.
—Lo sé, muchacha. Lo sé.
El tercer día lo pasaron paseando por el valle.
Visitaron todos los lugares importantes para Luna: el claro donde se conocieron, el arroyo donde solía beber agua cuando era pequeña, el árbol donde su abuela le contaba historias antes de morir.
—Mi abuela
dijo Luna, apoyada en el tronco.
—fue la única que me habló de la Diosa Luna. La única que me dijo que los destinados existían. Todos los demás creían que eran cuentos.
—Tu abuela era sabia.
—Murió hace dos años. Me dejó sola. Con sus historias y mi esperanza.
Night la abrazó por detrás.
—No estabas sola. Yo estaba en camino. Sin saberlo, estaba en camino hacia ti.
Luna sonrió y se volvió para besarlo.
—Te amo Night.
—Y yo a ti. Más que a nada en este mundo.
Se sentaron bajo el árbol a ver caer la tarde. El sol se ponía tras las montañas, pintando el cielo de tonos naranjas y rojos. Pronto llegarían las estrellas. Pronto llegaría la noche. Pronto llegaría la despedida.
—Canta algo
pidió Night de repente.
—¿Qué?
—Tu madre dijo que cantabas. Cuando eras pequeña. ¿Todavía cantas?
Luna se sonrojó.
—Hace mucho que no...
—Por favor. Para mí.
Ella dudó un momento. Luego, en voz baja, comenzó a entonar una canción que le había enseñado su abuela. Una canción antigua, de lobas esperando a sus amados. Una canción de amor y esperanza.
"Luna que brillas en el cielo,
guía a mi amor de vuelta a mí.
Que cruce montes, que cruce ríos,
que siempre vuelva junto a mí."
Night la escuchó en silencio, con los ojos cerrados, grabando cada nota en su memoria.
Cuando terminó, abrió los ojos y la miró.
—Prométeme que cantarás esa canción cada noche hasta que vuelva.
—Te lo prometo.
—Y prométeme que no llorarás cuando me vaya.
—Eso no puedo prometértelo.
Night sonrió.
—Entonces prométeme que llorarás, pero que luego te secarás las lágrimas y serás fuerte. Por mí. Por nosotros. Por todos.
Luna asintió, con los ojos brillantes.
—Te lo prometo.
Se abrazaron mientras la noche caía sobre el valle.
El último abrazo antes de la guerra.
Continuará...