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LA ESPOSA CIEGA QUE EL CEO NO QUIERE

LA ESPOSA CIEGA QUE EL CEO NO QUIERE

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio arreglado / Romance
Popularitas:16.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 5

El perfume del miedo es agudo, pero el de la anticipación es dulce, pesado y se pega a la parte posterior de la garganta. La mañana de la gala benéfica comenzó con el sonido de pasos desconocidos y el roce de telas costosas. Un modista enviado por Alexander, un hombre que olía a lavanda y cigarrillos de vainilla, se movía a mi alrededor como una sombra inquieta. Sus manos eran expertas, rápidas y frías mientras ajustaba el vestido sobre mi cuerpo.

—Es una obra de arte, señora Thorne —susurró el hombre—. Un terciopelo azul medianoche que hará que su piel parezca porcelana bajo las luces de la gala.

Pasé mis dedos por la tela. Era densa, suave, con una caída pesada que envolvía mis curvas como una segunda piel. No podía ver el color, pero podía sentir la elegancia en la textura. Era un vestido diseñado para impresionar, para gritarle al mundo que la esposa de Alexander Thorne era una posesión de lujo, no una carga.

Cuando el modista terminó y se marchó, me quedé sola frente al espejo del tocador, aunque para mí el espejo no fuera más que una superficie fría y lisa. Me sentía extraña. Los tacones me hacían sentir más alta, más expuesta. El cabello, recogido en un moño bajo, dejaba mi nuca al descubierto, dándome una sensación de vulnerabilidad que intenté sacudirme.

Escuché la puerta abrirse. No hubo necesidad de preguntar quién era. El aire de la habitación se cargó instantáneamente con ese aroma a sándalo y poder. Los pasos de Alexander eran rítmicos, lentos, cada uno marcando un territorio que ya le pertenecía. Se detuvo detrás de mí.

—El modista no mentía —su voz era un barítono bajo que resonó en el espacio vacío entre nosotros—. Estás... adecuada para el evento.

—¿Solo adecuada, Alexander? —pregunté, girándome con cuidado para encarar la dirección de su voz.

Escuché el sutil roce de su traje mientras daba un paso hacia mí. Podía sentir su mirada recorriendo cada centímetro de mi piel expuesta, desde el escote pronunciado hasta mis hombros desnudos. La tensión empezó a subir por mis piernas, una corriente cálida que me dificultaba mantener la respiración calmada.

—Estás peligrosa, Elina —corrigió él, y sentí que sus dedos rozaban mi hombro, bajando lentamente por mi brazo hasta detenerse en mi muñeca—. No quiero que te separes de mi lado ni un segundo. Hay personas en esa cena que buscarán cualquier debilidad para atacar.

—¿Hablas de mi ceguera o de nuestro matrimonio? —inquirí, sintiendo cómo su pulgar empezaba a trazar círculos en la delicada piel de mi muñeca, un gesto que parecía inconsciente pero que me hacía arder.

—En este mundo, son la misma cosa —respondió él con frialdad, aunque su tacto decía algo muy distinto.

Se inclinó hacia mí. Su aliento, que olía a café y menta, rozó mi mejilla. Me estremecí. No pude evitarlo. Su cercanía era un imán que me atraía hacia un abismo que sabía que debía evitar. Alexander deslizó su mano desde mi muñeca hasta mi nuca, sus dedos enredándose sutilmente en los cabellos sueltos que el modista había dejado a propósito. La presión de su mano fue firme, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás.

—Esta noche —susurró contra mis labios, tan cerca que podía sentir el calor de su boca—, vas a ser la esposa perfecta. No por el abuelo, no por el contrato. Vas a hacerlo porque nadie tiene derecho a mirar con lástima lo que me pertenece.

Sus labios rozaron los míos. Fue un contacto fugaz, apenas un roce de piel contra piel, pero la descarga de sensualidad fue tan potente que sentí que mis rodillas cedían. Fue un beso que no llegó a serlo, una promesa de fuego envuelta en una capa de hielo. Antes de que pudiera reaccionar, me soltó.

—El coche espera —dijo, su tono volviendo a ser el del CEO implacable que no permite distracciones.

El trayecto hacia el salón de eventos fue un ejercicio de autocontrol. El interior del coche olía a cuero y a la tensión palpable entre nosotros. Alexander no habló, pero sentí su mano cubrir la mía sobre el asiento. No fue un gesto de consuelo; fue una orden de silencio. Sus dedos eran largos y fuertes, apretando los míos con una firmeza que me recordaba que, bajo las luces de la ciudad, yo era su trofeo.

Llegamos. El sonido de los flashes de las cámaras fue lo primero que me golpeó. Era como un estallido constante de ruido blanco. La puerta se abrió y el aire de la noche, fresco y cargado de smog, entró en el vehículo.

—Sujétate de mi brazo —ordenó Alexander—. Y sonríe. Que crean que eres feliz en tu oscuridad.

Bajé del coche, sintiendo el vértigo de no saber exactamente dónde terminaba el asfalto y empezaba la alfombra roja. Pero entonces, su brazo se tensó bajo mi mano. El tejido de su chaqueta era caro, impecable. Me aferré a él como a un naufrago, dejando que su paso seguro guiara el mío.

—¡Señor Thorne! ¡Señora Thorne! —los gritos de los reporteros eran ensordecedores.

—Mantén la cabeza alta —me susurró Alexander al oído, su cuerpo rozando el mío mientras caminábamos—. No dejes que vean que estás contando los pasos.

Entramos al salón y el ruido cambió. Ahora era el murmullo de la élite, el tintineo de copas de cristal y una orquesta tocando música clásica de fondo. El aire olía a perfumes caros, comida gourmet y falsedad. Alexander se movía por la sala con una gracia depredadora, saludando a socios y rivales con la misma cortesía gélida. Yo me mantenía a su lado, una extensión silenciosa de su poder.

Sentía las miradas. Eran como pequeñas agujas clavándose en mi piel. Sabía lo que pensaban: *“Es hermosa, qué pena que no pueda verlo”*, *“Thorne se casó con ella por lástima”*, *“¿Cuánto durará este capricho?”*.

—Alexander, querido, ¡qué sorpresa verte aquí con... ella! —una voz femenina, cargada de veneno envuelto en azúcar, nos detuvo.

Sentí que el brazo de Alexander se ponía rígido como el acero.

—Vanessa —dijo él, su voz un látigo de indiferencia—. Pensé que estarías en París esta semana.

—Oh, no podía perderme esta gala. Y menos la oportunidad de ver cómo te adaptas a tu nueva... situación —podía escuchar la sonrisa de superioridad en su voz—. Hola, Elina. ¿Te gusta la música? Supongo que es lo único que puedes disfrutar realmente aquí, ¿no?

Sentí una oleada de rabia recorriéndome. No iba a ser su objeto de burla. Apreté el brazo de Alexander, no pidiendo ayuda, sino reclamando mi lugar.

—La música es fascinante, Vanessa —respondí con una calma glacial—, pero lo que más disfruto es el sonido de las personas que intentan ocultar su envidia tras una falsa preocupación. Es un tono muy agudo, casi chirriante. ¿No te parece, Alexander?

Escuché una risa baja proveniente de mi marido. Un sonido genuino, oscuro y lleno de una satisfacción que me sorprendió.

—Tienes razón, Elina —dijo él, y sentí cómo me atraía más hacia su costado, su mano cubriendo la mía sobre su brazo—. El ruido de fondo a veces se vuelve insoportable. Si nos disculpas, Vanessa, tenemos mejores cosas que escuchar.

Caminamos hacia el centro del salón. Por un momento, me sentí invencible. Alexander no me había defendido por lástima, lo había hecho porque yo le había dado la munición necesaria.

—No estuvo mal —murmuró él, y por primera vez en toda la noche, sentí que su mano en mi cintura se relajaba un poco, volviéndose más cálida—. Tienes la lengua tan afilada como tus otros sentidos.

La cena transcurrió entre platos que apenas probé y conversaciones superficiales que Alexander cortaba con precisión quirúrgica. Pero cuando la orquesta empezó a tocar un vals lento, sentí que él se tensaba de nuevo.

—Baila conmigo —no fue una pregunta.

—Alexander, no puedo bailar en medio de una pista llena de gente. No sé dónde están los demás.

—Yo sí lo sé —respondió, y antes de que pudiera protestar, me guio hacia el centro de la pista—. Solo confía en mis manos. No dejes que tus pies busquen el suelo, deja que mi cuerpo te diga hacia dónde ir.

Me tomó de la mano y puso la otra en mi espalda baja, justo donde terminaba la tela del vestido y empezaba mi piel desnuda. El contacto fue como una quemadura. Nos movimos. Al principio, mis pasos eran torpes, temerosos de chocar con alguien, pero Alexander me sostenía con una fuerza que no permitía errores. Sus movimientos eran fluidos, seguros. Estábamos tan cerca que mi pecho rozaba el suyo con cada giro.

La sensualidad del baile me envolvió. Era una comunicación pura, sin palabras. Sus dedos presionaban mi espalda, indicándome el giro; su cuerpo se inclinaba hacia el mío, marcando el ritmo. En ese momento, no había ceguera, no había contrato, no había odio. Solo éramos dos ritmos cardíacos tratando de encontrarse en la oscuridad de la pista de baile.

—Lo estás haciendo bien —susurró él, y sentí su nariz rozando mi sien—. Estás brillando, Elina. Y eso está volviendo locos a todos en esta habitación.

—¿Y a ti? —pregunté, envalentonada por la música y su cercanía—. ¿A ti también te vuelve loco?

Alexander no respondió de inmediato. Me hizo girar y me atrajo de nuevo hacia su pecho con una brusquedad que me hizo soltar un jadeo. Sus ojos debían de estar clavados en los míos, porque sentí una presión casi física en mi mirada vacía.

—Tú eres un problema que no sé cómo resolver —dijo, y su voz estaba cargada de un deseo que ya no intentaba ocultar.

La música terminó, pero él no me soltó. Nos quedamos allí, en medio de la pista, mientras los aplausos estallaban a nuestro alrededor. Para mí, el mundo se había reducido a la mano de Alexander en mi espalda y al latido acelerado de mi propio corazón.

Regresamos a la mansión en un silencio absoluto, pero esta vez el silencio era diferente. Estaba preñado de algo que se había desatado en la pista de baile. Al entrar en el vestíbulo, la señora Hudson nos esperaba con una expresión de pocos amigos, pero Alexander la despachó con un gesto impaciente.

Me guio hacia mi habitación, pero al llegar a la puerta, no se detuvo. Entró conmigo. El olor a azucenas frescas seguía ahí, pero ahora se mezclaba con el aroma del éxito y el deseo.

—¿Alexander? —pregunté, sintiendo que mi espalda chocaba contra la puerta que él acababa de cerrar.

Él no dijo nada. Escuché el sonido de su chaqueta cayendo al suelo. Luego, sentí sus manos en mis hombros, bajando lentamente por los tirantes del vestido. Sus dedos rozaron mi piel con una reverencia que me dejó sin aliento.

—Esta noche —dijo, su voz rasposa cerca de mi cuello—, he visto cómo todos te deseaban. He visto cómo Vanessa intentaba romperte y cómo tú te hacías más fuerte. Y me he dado cuenta de algo, Elina.

—¿De qué? —mi voz era apenas un suspiro.

—De que odio que seas ciega —susurró, y sentí sus labios en la curva de mi hombro—, porque no puedes ver la forma en que te estoy mirando ahora mismo. No puedes ver que este contrato se está convirtiendo en mi propia condena.

Se inclinó y, esta vez, el beso no fue un roce. Fue una invasión. Sus labios reclamaron los míos con una desesperación que me hizo vibrar desde los dedos de los pies hasta la raíz del cabello. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra su cuerpo, recordándome que él era el CEO que no me quería, pero también el hombre que no podía dejar de tocarme.

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Clarita Gonzalez
estás istorias ya se están volviendo aburridoras asi
Clarita Gonzalez
😭😭😭😭😭
Clarita Gonzalez
Huy no está buena pero cuando terminara está istoria y como será el final no será esperar cuando pongan los otros capítulos q rrabia
Clarita Gonzalez
bueno escritora hasta cuándo esperamos los últimos capitulos ya muchas semanas y nada no deje las novelas a medias
Sonia Nalbandian
Holaa.. tendrías q buscar y utilizar otro término,ya q en infinidades de oportunidades repetis😭 SEXUALIDAD!!!
Clarita Gonzalez
🤭🤭😭😭😭
Clarita Gonzalez: q rrabia no termina las novelas completas y uno espere y espere semanas y nada
total 1 replies
Clarita Gonzalez
😭🤭
Melanny Guevara
no entendí, no la habían operado antes?
Clarita Gonzalez
😭😭
Clarita Gonzalez
hay q pereza lo dejan a uno en ascuas y la escritora no deja BN los capitulos ni los termina😭
Clarita Gonzalez
escritora lleva cuatro semanas q no escribe los capitulos de la novela porfavor son varias q se quedan así por falta de escritura
Clarita Gonzalez
cuando sube los otros capítulos escritora 👏
Clarita Gonzalez
hay escritora porq tan corto este capítulo porfavor no nos deje así en ascuas siga la lectura de la historia porfavor gracias eee dejado de leer varias novelas pensando q terminaban así 👏🥰
Clarita Gonzalez
faltan más capitulos escritora porfavor espero q estés BN para q termines los capitulos dios te bendiga grandemente tus manos para q sigas escribiendo 🥰
Luisana Carmona
me gusta el contraste de las palabras y la secuencia de la narración extensa que te atrapa y sigues leyendo cada palabra sin parar Hasta el final
Luisana Carmona
está novela oh es muy nueva o solo no comentan ☺️
Clarita Gonzalez
hay escritora q termine BN está istoria muy traumática para ellos pero el muy lindo como la proteje🥰
Betty Saavedra Alvarado
Elina te obligaron a casarte con Alexander tu le vas a dar guerra
Cliente anónimo
Por que en cada capítulo colocas al sensualidad ?
Clarita Gonzalez
escritora y como termina esta historia no hay final o sigue la otra parte y cuando
Clarita Gonzalez: si me gustó y mucho pero le falta para saber en qué termina esta maravillosa historieta 👏
total 1 replies
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