Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.
Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.
¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?
Espero que les guste. ¡Síganme para más!
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Capítulo 9: La calma antes de la tormenta
Los días siguientes al arresto de Laura fueron extrañamente tranquilos. La vida parecía haber recuperado un ritmo normal, aunque Ayzel sabía que era solo una ilusión. Las palabras de Laura resonaban en su mente como un eco siniestro: "Tengo aliados. Y ellos harán justicia."
Alexander había reforzado la seguridad en la mansión y en el apartamento de Charlottenburg. Cámaras adicionales, alarmas más sofisticadas, y un escolta personal que acompañaba a Ayzel a todas partes. Ella protestó al principio, diciendo que no necesitaba una niñera, pero Alexander fue inflexible.
—Hasta que sepamos quiénes son esos aliados, no voy a arriesgarme a perderte —dijo, con esa firmeza que no admitía discusión.
Ayzel cedió, aunque en el fondo agradecía su preocupación.
El trabajo también había vuelto a la normalidad. Alexander había decidido que Ayzel trabajara directamente desde su oficina ejecutiva, en un escritorio adicional que mandó instalar. Al principio, los empleados murmuraron, pero nadie se atrevió a hacer comentarios en voz alta. Después de todo, ella seguía siendo la mejor en su área, y Alexander era el dueño de la empresa.
Una tarde, mientras revisaban unos informes juntos, la secretaria Frau Keller anunció una visita inesperada.
—Señor Woodgreen, el señor Axel está aquí. Dice que necesita hablar con usted urgentemente.
Alexander y Ayzel intercambiaron una mirada. Desde el incidente en la oficina, Axel no había dado señales de vida. ¿Qué podía querer ahora?
—Hazlo pasar —dijo Alexander, con voz tensa.
Axel entró con paso vacilante, la cabeza gacha. Lucía ojeroso, desaliñado, como si no hubiera dormido en días. Cuando vio a Ayzel sentada junto a su padre, una sombra de dolor cruzó su rostro, pero la disimuló rápidamente.
—Papá... Ayzel. —Su voz era apenas un susurro—. Gracias por recibirme.
—Si has venido a causar problemas, será mejor que te vayas ahora mismo —dijo Alexander, sin rodeos.
—No. He venido a... disculparme. —Axel tragó saliva, visiblemente incómodo—. Por todo. Por lo de Laura, por lo de los correos falsos, por haberte gritado en el café. He sido un idiota.
Ayzel lo miró, escéptica. ¿Era esto real o solo otra manipulación?
—¿Y qué te hace cambiar de opinión ahora? —preguntó ella.
—Laura. Cuando la arrestaron, la policía encontró su teléfono. Había mensajes con otros hombres, planeando extorsionar a más personas. Yo era solo uno más para ella. —Se pasó una mano por el cabello, nervioso—. Me utilizó. Y yo, cegado por los celos y la rabia, caí en su juego.
—¿Y esperas que te creamos así nomás? —Alexander arqueó una ceja.
—No. No espero que me crean. Pero quería decirlo. Y también quería decirles que... que me voy de Berlín. Me han ofrecido un puesto en la sucursal de Londres. Quiero empezar de cero. Alejarme de todo esto.
Ayzel sintió una mezcla de sorpresa y alivio. ¿Axel, el niño mimado que siempre había vivido a la sombra de su padre, dispuesto a independizarse?
—¿Es en serio? —preguntó ella.
—Sí. —La miró directamente—. Y quería pedirte perdón, Ayzel. Por haberte engañado, por haberte hecho daño, por haberte arrastrado a esta pesadilla. No merecías nada de eso. Tú siempre fuiste buena conmigo, y yo te pagué con mentiras.
Ayzel sintió un nudo en la garganta. Las palabras de Axel, aunque tardías, sonaban sinceras.
—Te perdono —dijo, en voz baja—. Pero no voy a olvidar.
—No te pido que olvides. Solo quería que supieras que lo siento.
Hubo un silencio incómodo. Luego, Alexander se levantó y extendió la mano hacia su hijo.
—Te deseo suerte, Axel. De verdad.
Axel estrechó la mano de su padre, y por un instante, hubo un atisbo de reconciliación entre ellos.
—Gracias, papá. Y cuídala. —Miró a Ayzel una última vez—. Se merece ser feliz.
Dio media vuelta y salió de la oficina, dejando tras de sí un silencio cargado de emociones.
Ayzel exhaló, sintiendo cómo un peso se desprendía de sus hombros.
—¿Crees que lo dice en serio? —preguntó.
—No lo sé. Pero espero que sí. —Alexander se sentó a su lado, tomándole la mano—. Todos merecemos una segunda oportunidad.
—¿Incluso yo? —preguntó ella, con una sonrisa irónica.
—Tú más que nadie. —Él la besó suavemente—. Porque tú ya has demostrado que mereces la tuya.
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Esa noche, celebraron la partida de Axel con una cena íntima en la mansión. Alexander cocinó, algo que rara vez hacía, y Ayzel lo ayudó entre risas y besos robados. La velada fue perfecta, como un respiro en medio de la tormenta.
Después de cenar, se acurrucaron en el sofá frente a la chimenea, una copa de vino en la mano.
—¿Crees que Laura volverá a intentar algo? —preguntó Ayzel, apoyando la cabeza en el hombro de Alexander.
—No lo creo. Está detenida, y con los antecedentes que tiene, pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ver la luz del sol.
—Pero dijo que tenía aliados.
—Puede que sí, puede que no. A veces los chantajistas dicen esas cosas para sembrar miedo. —La acarició el cabello—. Pero no voy a bajar la guardia. Mientras tú estés a salvo, yo estaré tranquilo.
Ayzel sonrió, sintiéndose protegida. Quizás, después de todo, las cosas estaban empezando a mejorar.
Pero en las sombras, alguien observaba. Alguien que había estado esperando el momento adecuado para actuar. Y ese momento estaba cada vez más cerca.
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A la mañana siguiente, Ayzel despertó con una sensación extraña. Algo no estaba bien. Se levantó y fue a la cocina, donde Alexander ya estaba preparando café.
—Buenos días, dormilona —la saludó con una sonrisa.
—Buenos días. —Se acercó y lo besó—. ¿Has dormido bien?
—Como un bebé. ¿Y tú?
—Regular. Tuve un sueño raro. Algo sobre Laura.
—Ya te dije, no debes preocuparte por ella. Está tras las rejas.
—Lo sé. Pero no puedo evitar sentir que algo se avecina.
Alexander la abrazó, envolviéndola en su calor.
—Pase lo que pase, lo enfrentaremos juntos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Pero las palabras de Ayzel resultaron proféticas. Esa misma tarde, cuando revisaban el correo electrónico, encontraron un mensaje anónimo.
"¿Creíste que habías ganado, querida Ayzel? Esto apenas comienza. Pronto descubrirás que Laura era solo la pieza más pequeña del tablero. La reina aún no ha entrado en juego."
No había firma. Solo un remitente cifrado que era imposible rastrear.
Ayzel sintió que la sangre se le helaba.
—Alexander... mira esto.
Él leyó el mensaje y apretó la mandíbula.
—Esto no se acabó —dijo, con voz grave—. Pero sea quien sea, no va a salirse con la suya.
Ayzel asintió, pero en su interior, el miedo volvía a germinar. La calma había terminado. La tormenta verdadera estaba a punto de desatarse.
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