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La Chica De La Cuidad Y El Chico De Campo

La Chica De La Cuidad Y El Chico De Campo

Status: Terminada
Genre:Apoyo mutuo / Aventura Urbana / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24: Lo que Sarita me contó

Narra Lilibeth

Eran como las diez de la mañana y la finca estaba completamente alborotada.

Ese día era el cumpleaños de Miguel Ángel y todo el mundo estaba ocupado organizando algo.

Habían mesas por acomodar.

Globos por inflar.

Sillas por mover.

Y comida por preparar.

Miguel Ángel corría de un lado para otro emocionado porque por fin había llegado su día.

—¡Hoy es mi cumpleaños!

—Sí, Miguel Ángel, ya sabemos —le respondió Felipe riéndose.

—¿Y ya llegaron mis regalos?

—Todavía no.

—¿Y la torta?

—También está por llegar.

—¿Y los invitados?

—Tranquilo que todavía falta mucho.

Todos comenzaron a reír.

Yo estaba sentada observando cuando vi a Sara organizando unas decoraciones cerca del corredor de la casa.

Tenía varias bolsas llenas de globos y adornos.

Así que decidí acercarme.

—¿Le ayudo, Sarita?

—Claro, mija.

—¿Qué hago?

—Ayúdeme a inflar estos globos porque sola me voy a enloquecer.

Las dos nos sentamos.

Y comenzamos a trabajar.

Mientras acomodábamos las decoraciones hablábamos de muchas cosas.

De Armenia.

De la universidad.

De la vida en la finca.

Y de lo feliz que estaba Miguel Ángel.

—Ese niño llevaba un mes esperando este día —dijo Sara.

—Se nota.

—Anoche casi no nos dejó dormir preguntando por la fiesta.

Las dos nos reímos.

Después de unos minutos me quedé observando hacia los corrales.

A lo lejos vi a Hernán.

Estaba trabajando.

Como siempre.

Parecía que nunca descansaba.

Mientras todos estaban organizando la fiesta él seguía ocupado haciendo labores.

No sé por qué.

Pero me dio un poco de tristeza.

Porque desde que había llegado apenas habíamos hablado.

Seguía sintiéndolo distante.

Como si algo estuviera pasando por su cabeza.

Finalmente reuní valor.

—Sarita.

—¿Sí?

—Le quiero preguntar algo.

—Claro.

—¿Usted conoce bien a Hernán?

Sara soltó una carcajada.

—Llevo años conociéndolo.

—Entonces quiero preguntarle una cosa.

—Diga.

—¿Por qué está tan raro conmigo?

Ella dejó un globo sobre la mesa.

Y me miró.

—¿Todavía sigue así?

—Sí.

—Mmm.

—¿Qué?

—Nada malo.

—Entonces.

Sara suspiró.

—La verdad es que Hernán siempre ha sido complicado.

—¿Complicado?

—Mucho.

—Pero conmigo hablaba bastante.

—Por teléfono sí.

—¿Y en persona no?

—Cuando algo le importa demasiado se vuelve raro.

Yo me quedé escuchando.

—No entiendo.

—Mire, Lili.

—Sí.

—Usted conoce al Hernán enamorado.

—Ajá.

—Al que le escribía todos los días.

—Sí.

—Al que le hacía videollamadas.

—Sí.

—Al que vivía pendiente del celular.

Yo sonreí.

—Sí.

—Pero también existe otro Hernán.

—¿Cuál?

—El que piensa demasiado.

Eso me recordó inmediatamente las palabras de la mamá de Hernán.

—Ella también me dijo eso.

—Porque es verdad.

—¿Tan pensador es?

—Demasiado.

Las dos nos reímos.

Sara continuó.

—A veces piensa tanto las cosas que termina haciéndose daño él mismo.

—¿Por qué?

—Porque siempre tiene miedo de equivocarse.

—¿Y cree que eso es lo que pasa ahora?

—Yo diría que sí.

Guardé silencio.

—¿No cree que se arrepintió?

Sara abrió los ojos.

—¿Arrepentirse de usted?

—Sí.

—Ni por equivocación.

—¿Segura?

—Completamente segura.

—¿Por qué?

Sara soltó una risa.

—Porque yo fui testigo.

—¿De qué?

—De todos los años que pasó hablando de usted.

Sentí calor en las mejillas.

—Ay no.

—Ay sí.

—Qué vergüenza.

—Ninguna vergüenza.

Las dos comenzamos a reír.

—Usted no tiene idea de cuánto hablaba de usted.

—¿Tanto así?

—Demasiado.

—¿Qué decía?

—Que usted era bonita.

—Ay Dios.

—Que era inteligente.

—Sarita.

—Y que algún día quería conocerla.

Yo sonreí sin poder evitarlo.

Sara acomodó algunos adornos.

Y continuó hablando.

—La verdad, Lili, yo creo que él está intentando acostumbrarse.

—¿A qué?

—A que usted ya está aquí.

—¿Cómo así?

—Durante años usted era una llamada.

—Sí.

—Una videollamada.

—Sí.

—Un mensaje.

—Sí.

—Y ahora está sentada en la mesa de la casa.

Eso me hizo pensar.

Porque nunca lo había visto de esa manera.

—Tal vez tenga razón.

—Claro que la tengo.

—Entonces ¿qué hago?

—Tener paciencia.

—¿Paciencia?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Hernán es bueno.

—Eso lo sé.

—Pero también es terco.

Yo solté una carcajada.

—Eso también lo estoy descubriendo.

—Bienvenida a la familia entonces.

Las dos nos reímos nuevamente.

En ese momento Miguel Ángel apareció corriendo.

—¡Mamá!

—¿Qué pasó?

—¿Ya casi empieza mi fiesta?

—Todavía falta.

—¿Mucho?

—Sí.

—Ay no.

Todos comenzamos a reírnos.

Y mientras observaba al pequeño correr nuevamente por el patio, sentí algo de tranquilidad.

Porque durante las últimas horas había tenido muchas dudas.

Pero tanto Sara como la mamá de Hernán me habían dicho exactamente lo mismo.

Que él me quería.

Que llevaba años hablando de mí.

Y que simplemente necesitaba tiempo.

Miré nuevamente hacia donde estaba trabajando.

Seguía ocupado.

Con sus botas embarradas.

Su gorra.

Y esa forma tan particular que tenía de concentrarse en lo que hacía.

Y aunque todavía quería respuestas, por primera vez desde que llegué a la finca sentí que comenzaba a entender un poco mejor al hombre del que me había enamorado.

1
Kayra Villavicencio
Y el papá
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