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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Sangre llama a sangre

El ascensor tardó demasiado en bajar.

Lía tenía el dibujo de Mateo hecho ceniza en la mano y el anillo frío contra el dedo, como si después del latido se hubiera apagado. Cada vez que cerraba los ojos veía lo mismo: Damián agarrando la cara del cascarón y deshaciéndolo. No con fuerza. Con autoridad. Como si la materia le obedeciera.

Y la frase de Malphas: “Tu mamá también firmó sin leer.”

En el lobby, los dos de traje que la siguieron antes ya no estaban. Había otro. Distinto. Capucha negra, manos en los bolsillos, mirando el piso. Cuando Lía pasó, levantó la cabeza.

No tenía ojos. Solo cuencas vacías que humeaban.

Lía corrió.

No al taxi. Al estacionamiento. Su instinto le dijo que afuera, en la calle, era peor.

El estacionamiento del Nocturne estaba casi vacío. Piso -3, luces blancas, eco. Su auto no estaba —nunca tuvo—, pero el ascensor privado sí. La tarjeta negra vibró en el bolsillo.

Corrió hacia él.

El tipo de la capucha apareció adelante. No caminó. Apareció. A tres metros.

—Señorita Vargas —dijo, y la voz sonó como muchas voces hablando encima—. El príncipe manda saludos.

Lía retrocedió hasta una columna. El anillo se calentó de golpe.

—Quedate donde estás.

El cascarón ladeó la cabeza. Las cuencas echaron humo más denso.

—Me dijeron que te marque. Nada más.

Dio un paso. El suelo crujió.

Y entonces algo cayó del techo.

Lilith.

Aterrizó entre Lía y el cascarón con una rodilla en el piso y la otra flexionada, el traje blanco impecable. No sudaba. Ni respiraba agitada.

—Tardecito, Malphas —dijo sin mirar a Lía—. ¿Mandás títeres a hacer el trabajo sucio?

El cascarón siseó.

Lilith sonrió con todos los dientes. Cuando lo hizo, los ojos verdes se pusieron verticales un segundo, como de gato.

—Niña, al ascensor. Ya.

Lía no discutió. Corrió. Pasó la tarjeta. Las puertas se abrieron.

Adentro, antes de que cerraran, vio a Lilith agarrar al cascarón del cuello con una mano y levantarlo del piso como si no pesara nada. El cascarón pataleó y empezó a derretirse. No a morir: a deshacerse, como cera.

Las puertas se cerraron.

Hospital Central – 23:02.

El pasillo de terapia intermedia estaba demasiado callado.

Lía fue directo a la 214. La cama de Mateo estaba vacía. Las sábanas arrugadas, la vía colgando.

El corazón se le paró.

—¡Enfermera!

Una chica de uniforme salió del control.

—¿Mateo Vargas?

—Lo llevaron a tomografía hace diez minutos. Doctor Elías Ruiz firmó la orden.

Lía se quedó fría.

—No hay ningún doctor Elías Ruiz en este hospital.

La enfermera frunció el ceño y revisó la tablet.

—Sí… acá está. Cardiología intervencionista. —Le mostró la pantalla.

La foto era del abogado del traje gris. El que le faltaba un diente.

Lía salió corriendo.

Estacionamiento subsuelo 1 – 23:14.

No había tomografía en subsuelo 1. Había morgue, lavandería y mantenimiento.

El anillo latía fuerte ahora. Pum. Pum. Pum.

Mateo estaba en una camilla junto a la puerta de mantenimiento. Dormido, no inconsciente: los ojos se movían bajo los párpados como si soñara. Tenía el dibujo del símbolo —el de las tres líneas— marcado en el antebrazo con birome, pero la tinta estaba roja y húmeda.

Y parado al lado, Malphas. Esta vez en un cuerpo distinto: enfermero, joven, sonriendo.

—Justo a tiempo —dijo—. Quería que vieras esto.

—¿Qué le hiciste?

—Nada. Todavía. —Levantó el brazo de Mateo con cuidado—. El anclaje se extendió, ¿viste? Si te mato a vos, Azazel se debilita. Pero si mato al chico… él se rompe. Y un príncipe roto es un príncipe que pierde.

Lía buscó algo alrededor. Un extintor. Lo agarró.

—No te acerques.

Malphas se rió.

—Con eso no.

Levantó la mano. Los dedos se alargaron. No uñas: garras negras.

Lía tiró el extintor. Malphas lo esquivó sin moverse mucho. El extintor golpeó la pared y soltó polvo blanco. Malphas tosió —teatral— y en ese segundo Lía corrió a la camilla.

Cuando tocó el brazo de Mateo, el símbolo en su piel y el anillo en su dedo se encendieron a la vez. Luz roja, caliente.

Mateo abrió los ojos de golpe. No eran sus ojos. Eran negros completos con un punto rojo.

Y habló con voz que no era suya.

“Suficiente.”

Malphas retrocedió un paso.

—No…

Del techo del estacionamiento cayeron las luces. Todas. Un segundo de oscuridad total.

Y cuando volvieron, Damián estaba ahí.

Sin máscara. Traje negro, camisa desabrochada, pelo revuelto. Los ojos completamente negros con el rojo encendido. Y detrás de él, la sombra ya no era sombra: eran alas abiertas hechas de humo y cuernos curvados que rasguñaban el techo.

No dijo nada. Cruzó los cinco metros en un parpadeo, agarró a Malphas del cuello y lo estampó contra la pared. El concreto se rajó.

—Te dije que la casa era mía —dijo Damián, y la voz tenía eco, como dos voces al mismo tiempo.

Malphas sonrió con la boca llena de sangre negra.

—Y yo te dije que el trono está frío. —Miró a Lía—. Cuídala, hermano. Es la única que te va a llorar cuando te arranquen el corazón.

Damián apretó. El cuerpo del enfermero se quebró, el cuello sonó y la luz de los ojos se apagó. El cascarón se deshizo en ceniza.

Silencio.

Mateo jadeó y volvió en sí. Los ojos otra vez marrones.

—¿Lía? ¿Qué pasó?

—Nada —Lía lo abrazó fuerte—. Nada, Mati.

Damián se giró. Tenía un corte en la mejilla que sangraba negro. No rojo. Negro espeso como petróleo.

Lía lo miró.

—Te cortó.

—Se cura. —Se tocó la cara. La herida no cerraba—. Mierda.

Se apoyó en la camilla. Por primera vez, parecía cansado.

Lía, sin pensar, le puso la mano en la mejilla. El anillo tocó la sangre negra.

El símbolo en su dedo y el corte en su cara brillaron al mismo tiempo.

La herida se cerró. Lenta. Como si la piel recordara cómo hacerlo.

Damián la miró fijo. El rojo de los ojos bajó de intensidad.

—No hagas eso —dijo bajo.

—¿Por qué?

—Porque el contrato cobra cada vez que lo usás para otra cosa que no sea obedecer. —Le agarró la muñeca con cuidado—. Y la próxima vez que te salve, va a pedir algo a cambio.

Lía no sacó la mano.

—¿Qué va a pedir?

—A vos.

Se quedaron así un segundo. Después Lilith apareció en la puerta, impecable, limpiándose las uñas.

—Qué romántico. ¿Terminaron de sangrar o necesito una manguera?

Damián se separó.

—Llevá al chico arriba. Que no salga del piso.

—Ya está hecho —dijo Lilith—. Y la próxima vez que me dejás limpiar tus cascarones, te cobro.

Se fue empujando la camilla.

Damián se quedó con Lía en el estacionamiento vacío. Las luces volvían a zumbar.

—Gracias —dijo Lía.

—No me agradezcas. Te marqué. Ahora sos mía en todos los sentidos que importan.

—¿Y eso qué significa?

—Que si te morís, yo me voy con vos. Y no me gusta la idea.

Se dio vuelta y caminó al ascensor. Antes de entrar, se detuvo.

—Lía.

—¿Qué?

—Tu mamá no firmó por plata. Firmó para que vos nacieras viva. Yo era el precio.

Las puertas se cerraron.

Lía se quedó con el anillo tibio y la certeza de que el contrato no era por un año.

Era por todo.

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